El vestido verde Capítulo 12
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Capítulo 12

A las once y cuarto salió de su cuarto con el móvil en la mano, en pijama, con el flequillo aplastado de la almohada, y se quedó parada en medio del pasillo.

—Mamá.

—¿Qué?

—Todo dieces.

—¿Todo?

—Todo. —Levantó la vista del móvil, con una cara de no encontrarle sitio a la noticia—. Hasta en Educación Física, mamá, que yo en Educación Física me escondo detrás de las colchonetas.

Y ahí, en el pasillo, en pijama, mi hija se echó a reír, una risa de asombro, de propietaria reciente, y yo la abracé oliéndole el pelo dormido y por encima de su hombro vi el pasillo entero, y el pasillo, me di cuenta en ese momento, ya no era el mismo pasillo: en algún momento de la primavera la casa se había ido llenando de ella.

El boletín de la segunda evaluación seguía en la nevera con su imán de Cangas, ya medio tapado por el pulpo con gafas y por la medusa de la lista de la compra.

En el corcho de la cocina, donde antes había un calendario del butano, había un boceto del mural, "Pasillo de ciencias — versión 3, la buena".

En el mueble del salón, apoyada contra los libros, la foto que nos hicimos en el certamen, y al lado, enmarcada —la enmarcó Andrés, en secreto, un sábado que dijo que iba a por tornillos—, una lámina pequeña de la cocina de casa, la del delantal con mi forma dentro, que yo le pedí a Julia sin explicarle por qué la quería y ella me la dio sin preguntar.

La casa entera se había vuelto una exposición discreta, y nosotros vivíamos dentro, que es lo más parecido que conozco a que te vaya bien la vida.

Aquella noche, Andrés durmiéndose delante de la tele, Julia bajó a la cocina a por agua a la una y me encontró a mí con una manzanilla, porque el verano me desordena el sueño, y en vez de coger su vaso e irse, cosa que habría hecho cualquier Julia de cualquier año anterior, se sentó enfrente.

—¿No duermes?

—El calor.

—Ya. —Le dio vueltas al vaso, herencia mía, ese gesto—. Mamá, ¿tú de joven qué querías ser?

—¿Yo? —Me pilló tan desprevenida que contesté la verdad—. Quería trabajar en un periódico. En la parte de cerrar los textos, corregirlos, ordenarlos. Me gustaba poner orden en las palabras de otros.

—¿Y qué pasó?

—Pues que salió la plaza de Vega, y era buen sueldo para entonces, y tu padre y yo estábamos ahorrando para dar la entrada del piso, y me dije "un año o dos". —Soplé la manzanilla—. De eso hace veintitrés.

Julia estuvo un rato callada, mirándome de una manera nueva, reordenándome por dentro, y yo la dejé hacer, porque me estaba ganando a pulso ese inventario.

—¿Y te arrepientes?

Y mira tú por dónde, la lista de Marga, servida en mi cocina a la una de la mañana por una niña en pijama.

—No lo sé, cariño —dije, y también era verdad—. Hay días que sí y días que no. Lo que sé es que a ti no te voy a dejar que digas "un año o dos". Tú, lo del lápiz, agárralo fuerte.

—Ya. —Se levantó, me besó la coronilla, cosa que no hacía desde los diez años, y ya en la puerta se volvió—: Pues a lo mejor los días que sí, todavía estás a tiempo. Digo. Los periódicos siguen existiendo.

Y se fue a dormir tan tranquila, dejándome con la manzanilla y con la casa en silencio y con esa manía que tienen ahora en esta familia de decirme las cosas grandes en el marco de las puertas.

* * *

Lo de las vacaciones lo cuadré en dos llamadas y un correo.

En verano Vega baja el pistón —los talleres cierran, los pedidos se espacian—, así que me cogí del 6 al 26 de julio sin que don Ernesto levantara la vista del papel más de lo imprescindible, "arreglado, que la cubra la chica", y "la chica", que es Nuria, se frotó las manos con la regencia: "vete tranquila, jefa, que cuando vuelvas esto es una startup".

Andrés tenía su parte hablada desde junio: le quedaba un último servicio antes de cerrar, dos días en Pamplona por la compra de una empresa de allí, miércoles y jueves, "papeleo y cenas de esas de mirarse los cuñados", y el viernes ya libre, y el lunes 6, carretera y apartamento.

Todo cuadraba. Todo estaba ordenado, confirmado, pagado. Yo soy buena en esto, en la logística de la felicidad, llevo veinte años coordinando este área también.

Lo único que no se dejaba coordinar eran las noches.

Tres noches seguidas, y lo escribo con los dedos fríos: tres noches seguidas soñé con él.

No sueños de los míos, que mis sueños de siempre son de perder trenes y de exámenes sin estudiar: sueños de los otros, de los que una no sabía que fabricaba todavía, largos, detallados, con tacto y con peso y con temperatura, de los que se despierta una de golpe en la oscuridad con el corazón en las sienes y la certeza física de que había alguien, comprobando con la mano la sábana de al lado y encontrando a Andrés, su espalda de siempre, su respiración de fe en el día siguiente, mientras lo otro se retira despacio, como baja la marea, dejándolo todo mojado.

No voy a contar aquí lo que pasaba en esos sueños.

Los tengo contados, los tengo numerados, me los sé —esa es la palabra exacta y la más grave: me los sé, como se sabe una un poema—, y lo que hacía en ellos aquel hombre conmigo no lo ha hecho nadie despierto, y a la tercera noche dejé de fingir que era casualidad y me quedé mirando el techo del amanecer haciéndome la pregunta administrativa que me quedaba: bueno, ¿y ahora esto dónde se archiva?

Porque enfadarme ya no me salía. Lo intenté, conste.

Probé el repertorio entero: el "no" a palo seco, el apellido leído en el papel, la arrogancia de despachar madres la víspera de Nochebuena.

Materiales de primera, madera seca, y la cerilla encendía y la llama salía tibia.

Salía caliente, mejor dicho, que es distinto: donde todo el curso hubo rabia ahora había calor, el mismo sitio, otra cosa, como esas casas que fueron colegio y ahora son hotel.

* * *

Andrés se fue el miércoles 1 a las siete y media, con su trolley y su americana de las adquisiciones, dándome un beso en la sien, exacto, en el sitio de siempre, "el jueves ceno allí, el viernes como aquí", y Julia se fue a mediodía a casa de Alba con una mochila para dos días, porque habían decidido, cito, "cerrar el curso viendo la saga entera del anillo ese, Elena, que Julia no la ha visto, es que no me lo explico", y la casa se quedó sola conmigo dentro, grande, con eco, oliendo a verano por las ventanas abiertas.

Y yo cené con Marga.

Fue en su terraza, que Marga en verano no pisa un restaurante, "para aglomeraciones ya tengo el trabajo": ensalada de esas suyas con cosas, vino frío, la ciudad abajo encendiéndose.

Hablamos de todo lo de siempre en el orden de siempre.

Del dentista, que seguía ascendido a "el dentista" a secas y ya llevaba cepillo propio en su baño, "no me mires así, es higiene, no es amor".

De Rocío, que había vuelto a quedar con el fisio, "dos veces, y la tercera cayendo, y me alegro, mira, que se arrepienta de cosas hechas para variar".

De Julia y los dieces, que Marga celebró con un orgullo de tía soltera que no le cabía en la terraza.

Y a los postres, con la sandía, lo dijo. Sin mirarme, cortando su triángulo con el tenedor, en el tono exacto de comentar el tiempo:

—¿Y al profesor le habéis dado las gracias?

—Julia le escribió cuando el certamen, ya te conté...

—Julia. —Cortó otro triángulo—. Julia le ha dado las gracias por lo de Julia.

Yo pregunto por lo vuestro. Por lo de tu casa.

La cena esa de los errores, la nevera llena de dibujos, la niña nueva que tenéis.

Eso no se lo ha agradecido nadie, ¿a que no?

—Levantó la vista, por fin—. Pues son cosas distintas, Elena.

Y las gracias por escrito son de empresa. Firma usted atentamente y a otra cosa.

—¿Y qué propones, que me presente en el colegio?

—Yo no propongo. —Se limpió las manos con la servilleta, sin prisa—.

Yo constato: que el curso se acabó, que ese señor te ha arreglado la casa sin entrar en ella, y que tú eres una mujer que paga sus deudas.

Siempre lo has sido. Es de las cosas que más me gustan de ti.

—Se sirvió más vino, me sirvió a mí—. Y constato también, ya que estamos, que los capítulos que no se cierran en persona se quedan abiertos para siempre, dando golpes toda la vida, como una contraventana.

Eso lo sé yo por experiencia y no te voy a contar de cuál.

—Marga.

—¿Qué?

—¿Tú qué crees que va a pasar si voy?

Y Marga entonces me miró de verdad, con la ciudad encendida detrás, y por una vez en su vida no hizo teatro ninguno.

—Nada, cariño —dijo—. No va a pasar nada, porque tú eres tú.

Vas a ir, le vas a dar las gracias, vas a estar veinte minutos sentada delante de un hombre que te gusta, con todo puesto y sin tocar nada, que es una cosa que tú sabes hacer y yo no, y vas a volver a tu casa y a tu marido y a tu vida, que son buenos, los tres.

—Cogió su copa—. Pero habrás ido. Y esa, señora coordinadora, es la diferencia entre las dos listas.

Volví a casa andando, que había noche para eso, media hora larga por las calles calientes, y no fui pensando nada concreto: fui dejando que la cabeza hiciera sus cuentas sola, como se deja la lavadora puesta.

La casa vacía, las once y media. Me serví un vaso de agua.

Abrí la aplicación del colegio, la de toda la vida, la del tonito institucional, y allí estaba el aviso publicado desde el lunes, que yo había leído el lunes y guardado donde se guardan las cosas que una finge no haber leído: "Período de revisión y reclamación de calificaciones: del 30 de junio al 2 de julio.

Las familias que deseen tutoría de cierre de curso pueden reservar cita en los horarios disponibles".

Horarios disponibles. Pulsé. Tutor: G. Lastra. Los huecos del martes, pasados. Los del miércoles, pasados. Quedaba el jueves 2, y del jueves quedaba un hueco, uno solo, el último de la lista, el último del curso, como guardado: 18:00.

Me quedé mirando la pantalla con el vaso de agua en la mano.

En el campo "motivo de la consulta" el formulario pedía un texto breve.

Escribí "Reclamación", lo borré. Escribí "Revisión de expediente", lo borré también, porque a un boletín de dieces no hay expediente que revisarle y él sería el primero en saberlo.

Al final escribí la verdad, o la parte de la verdad que cabía en un formulario:

Darle las gracias.

Y le di a confirmar antes de que la otra Elena, la de los contadores y las avispas, volviera de donde estuviera aquella noche, que no estaba en casa.

La aplicación emitió su tonito. "Cita confirmada: jueves 2 de julio, 18:00 h. Aula de 4ºB."

Me terminé el agua. Fregué el vaso, lo sequé, lo guardé. Y me fui a la cama de mi cuarto vacío sabiendo dos cosas con total claridad: que no iba a pasar nada, exactamente como había dicho Marga.

Y que iba a ir.