Capítulo 11
La tercera evaluación es la más corta del curso, todo el mundo lo sabe, y a mí se me hizo la más larga de mi vida, y las dos cosas eran verdad a la vez, que junio vino así, con todo doble.
Y por otro lado estaba mi cuerpo, que no había leído el prospecto.
Mi cuerpo aquel junio iba por libre. Se despertaba antes que yo, con los cinco sentidos ya puestos, y me hacía notar cosas que llevaba años sin notar: el agua de la ducha, la costura de la ropa, el calor de la calle a mediodía, el propio hecho de tener cuerpo, que es una información que una archiva a los treinta y tantos y no vuelve a consultar.
Andaba distinto, me di cuenta un día por los escaparates, andaba con las cosas en su sitio y algo en la manera de pisar.
Cantaba en el coche. Me sorprendí un martes eligiendo la ropa interior por gusto y no por rotación de cajón, y el cajón entero me pareció de pronto un inventario de una época anterior, todo beis, todo correcto, todo de coordinadora de área en todos los sentidos.
Así que hice lo que hacemos las mujeres cuando el cuerpo pide algo que no se le puede dar: le di otras cosas.
Pedí hora en la peluquería y no dije "lo de siempre". Rosa, que me peina desde hace diez años y conoce mi cabeza mejor que yo, se quedó con las tijeras en alto cuando le dije que quería un cambio, algo más suelto, más capas, no sé, tú sabrás.
—¿Tú sabrás? —repitió, mirándome por el espejo—. Diez años esperando un "tú sabrás". ¿Qué celebramos?
—Nada. Me han hecho coordinadora en el trabajo. Tengo que cuidarme más la imagen.
—Claro que sí, mi amor. —Rosa lleva treinta años de barra de bar con secador, a Rosa no se la cuela nadie—. La imagen.
Y me hizo un corte estupendo, con la melena más viva y un movimiento al andar que no venía de los pies, y a la semana siguiente, ya puestos, ya que estamos, pedí cita en el centro de estética del centro comercial y me depilé.
Entera. Lo escribo así, sin adornos, porque así lo decidí yo, en frío, con cita previa: entera.
La chica me preguntó "¿todo?" con la naturalidad de quien pregunta si con o sin gas, y yo dije "todo" con una voz firmísima que no me correspondía, y estuve cuarenta minutos en aquella camilla dándole explicaciones mentales a nadie —que es verano, que el bikini, que ahora se lleva, que hay estudios de higiene—, cuarenta minutos de coartadas para un jurado que no existía, porque el único jurado era yo y yo sabía perfectamente que aquello no era por el bikini.
No era por él tampoco, cuidado. Él no iba a verlo, no iba a verlo nadie nuevo, no había plan, no había nada.
Era peor y era más raro: era por mí. Era querer estar entera debajo de la ropa, lista para una vida que no estaba pasando, como quien plancha sábanas para un invitado que no vendrá.
Salí del centro comercial andando raro y sintiéndome, en proporciones exactas, ridícula y magnífica.
En casa lo notaron por capas. Julia me miró el pelo y dictaminó "te queda guay", que en su moneda es mucho.
Y Andrés, un sábado, viéndome salir de la ducha, se quedó un momento parado con el cepillo de dientes en la mano, con una cara de estar recibiendo una información antigua por un canal nuevo, y dijo:
—Estás muy guapa últimamente. —Y luego, porque veinte años son veinte años—: ¿Hay cena de empresa o algo?
—Es por el trabajo, en general. La coordinación. Una tiene que dar otra imagen.
—Ah. —Se metió el cepillo en la boca, tranquilizado por la existencia de un motivo con membrete—. Puesh lo eshtash bordando.
* * *
El diez llegó a mediados de junio, en el último examen del curso, y me enteré antes por Alba que por Julia, porque Alba vino aquella tarde con la noticia puesta, como quien trae el periódico.
—¡Un diez! ¡Le ha puesto un diez! —Directa desde la puerta, mochila aún puesta—.
Elena, tú no lo entiendes porque no es tu clase, pero es que Lastra no pone dieces.
No pone. Dice que el diez es del que hace algo que él no habría hecho.
En todo el curso ha puesto... —contó con los dedos, teatral— este. Uno. El de Julia.
Julia venía detrás, haciéndose la digna, con el examen asomándole de la carpeta.
—Tampoco es para tanto.
—Dice la del único diez de Lastra en la historia de 4ºB —dijo Alba, abriendo mi nevera.
Me enseñó el examen después de cenar, ella y yo solas en la cocina, y era, en efecto, un examen para no haberlo hecho su madre: la última pregunta, la de razonar, contestada con un esquema que se salía a los márgenes, con flechas, con una medusa pequeñita dibujada como apoyo de un argumento, mi hija usando el dibujo dentro de un examen, en la zona de riesgo, con toda la cara. Y abajo, el diez, en lápiz, redondo.
Y nada más.
Ni una línea. Ni un "sigue". Ni un "también en casa".
El diez y el silencio, y yo me quedé mirando aquel hueco debajo de la nota más tiempo del que confesaré nunca, buscando un lápiz que no estaba, y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo —una mujer de cuarenta y tres años registrando el examen de su hija en busca de un mensaje para ella— cerré la carpeta con más energía de la necesaria y me puse a ordenar una cocina que estaba ordenada.
Luego lo entendí, o quise entenderlo: no había nota porque ya no hacía falta.
Las notas a lápiz eran las instrucciones, y las instrucciones se acaban cuando el mueble está montado.
Aquel diez sin posdata era su manera de decir: ya está, ya funciona sola. Trabajo terminado.
Trabajo terminado. Me fui a la cama con esas dos palabras y no les encontré postura.
* * *
Lo de Carlota fue el fenómeno sociológico del mes.
Carlota, la hija de Sonia, la de "el tutor es el mejor profesor que he tenido", que llevaba todo el curso en la misma clase que Julia sin que se cruzaran más allá del buenos días, apareció una tarde de junio en mi casa, en el cuarto de Julia, integrada en el equipo con una naturalidad de haber estado siempre.
—Es por el mural —me explicó Alba en la cocina, en calidad de portavoz—.
Lastra les ha encargado a los de plástica y a nosotros un mural para el pasillo de ciencias, para dejarlo pintado antes de que acabe el curso, y Julia es la directora del diseño.
La ha elegido la clase. —Pausa para el yogur—.
Bueno, la clase. Levantó la mano Carlota y dijo "Julia, obvio", y todo el mundo dijo obvio.
Obvio. Mi hija, la de la cortina de pelo, elegida por obviedad.
Las tres pasaron aquella semana de tardes en el suelo del cuarto, entre bocetos, con Carlota que resultó ser mucho más que la hija perfecta de Sonia —una cría lista y cansada de que la comparen, que en mi casa comía pan con chocolate "porque en la mía hay fruta"—, y una tarde las oí a las tres reírse de algo con esa risa en cascada de los quince años, y me quedé en el pasillo con la ropa doblada contra el pecho, oyendo, robando, porque hace un año en ese cuarto no entraba ni la luz.
Y el viernes antes de la última semana, Julia vino a mi habitación, se plantó delante de mi espejo, se apartó la cortina con las dos manos, se miró, y dijo:
—Mamá. ¿Tu peluquería coge a menores?
Rosa nos dio hora el sábado a las diez. Le enseñó dos fotos del móvil, "algo así pero sin pasarse", y Rosa, que a mí me conoce la cabeza pero a las adolescentes les conoce el alma, cortó un flequillo abierto, despuntó dos palmos de cortina y le dejó una melena por debajo del hombro que ya no daba para esconderse: por mucho que agachara la cabeza, la cara se quedaba fuera, en el mundo, disponible.
Julia se miró al espejo un rato largo, muy seria, girando la cabeza a un lado y a otro, comprobando que efectivamente ya no había donde meterse.
—¿Y bien? —preguntó Rosa.
—Es que se me ve toda la cara —dijo Julia.
—¿Y eso es bueno o malo?
Mi hija se miró un poco más. Le salió la sonrisa despacio, de abajo arriba, como sale el sol.
—Aún no lo sé —dijo—. Pero ya no me lo pienso tapar.
Rosa me miró por el espejo, por encima de la cabeza de mi hija, y no dijo nada, y le dejé una propina de las históricas.
* * *
La última cena antes de las vacaciones fue el viernes 26, en El Trasgu, con la terraza ya abierta y ese ambiente de fin de curso que se les pone a las madres en junio, que es idéntico al de los alumnos pero con vino.
Estábamos las cinco, Marga incluida desde el principio, cosa rara, y fue una cena estupenda hasta los postres, y en los postres Rocío dejó la cuchara, se sirvió vino hasta arriba, dijo "bueno", y por el "bueno" ya supimos todas que venía algo, porque Rocío no dice "bueno" así ni gratis.
—Me he liado con uno del trabajo.
Silencio sideral. Bea con la cucharilla a medio camino. Sonia parpadeando. Marga inclinándose hacia delante como los girasoles hacia el sol.
—El fisio nuevo de la planta. Cuarenta y un años.
Divorciado. —Rocío lo fue soltando a plazos, mirando el mantel—.
Fue hace dos semanas, después de un turno de los de morirse, me acompañó al coche, y no sé, pasó.
Una vez. —Levantó la vista—. Y os lo cuento porque si no reviento, y porque como alguna me venga con un sermón le juro que me levanto.
—¿Y qué tal? —preguntó Marga, que jamás en su vida ha confundido el orden de las preguntas importantes.
Rocío se rió por primera vez, con la cara entera, y de pronto se le fueron diez años de ojeras.
—Pues mira. Muy bien. Espectacularmente bien, ya que preguntas.
—Y en seguida se le volvió a poner el gesto de guardia—.
Pero no quiero nada más. No puedo querer nada más, esa es la verdad: tengo dos hijos, una madre que no sabe qué día es y turnos rotatorios, en mi vida no cabe un hombre ni doblado.
Fue una vez y ya está. El problema... —le dio una vuelta al vino— el problema es que él me mira como si no hubiera sido una vez.
Me trae cafés. Me pregunta cosas. Y a mí me da miedo, chicas, me da miedo de verdad, porque una cosa sé llevarla y la otra no me la puedo permitir.
Bea le cogió la mano y no soltó ningún sermón, todo hay que decirlo, solo un "ay, Rocío" que era puro cariño.
Sonia dijo, bajito, "yo te entiendo más de lo que te crees", y nadie le preguntó por qué, que en ese grupo hemos aprendido cuándo no preguntar.
Y Marga esperó a que pasara la ola, se encendió su cigarrillo imaginario, y dictó sentencia con la copa en la mano:
—Mira, Rocío. Tú haz lo que te quepa en la vida, que en eso la lista eres tú.
Pero el miedo que se te quite, porque te voy a decir una cosa que sé de buena tinta.
—Y aquí hizo una pausa, y giró la copa despacio, y no miró a Rocío—.
Cuando estés a punto de morirte, de las cosas que hiciste te vas a arrepentir poco o nada.
Se arrepiente una de las que no hizo. De todas las que no hizo, una a una, con su nombre y su cara. Esa lista es la que pesa.
Lo dijo mirándome a mí.
No un vistazo, no una pasada: me lo dijo a mí, con los ojos quietos en los míos el tiempo justo de que nadie más lo notara y de que yo no pudiera fingir que no, y luego levantó la copa hacia Rocío, "por el fisio, que buenas manos por lo menos tiene garantizadas", y la mesa se rió y la cena siguió y se habló de las vacaciones de cada una, y yo me reí donde tocaba y opiné de apartamentos y de fechas con una soltura perfecta, mientras por dentro, en el país sin aduanas, la frase de Marga cruzaba la frontera sin que nadie le pidiera papeles y se instalaba en el centro mismo de la capital, con vistas, para quedarse.
Volví en taxi, con la ventanilla bajada y el aire caliente de la primera noche de verano dándome en la cara, sin oír al taxista, sin mirar el taxímetro, ocupada entera en una sola cosa: en la lista de las cosas que una no hizo, y en si tenía ya algún nombre apuntado, y en cuál.