Capítulo 10
En mayo dejé de llevar la cuenta.
No fue una decisión, o no una que se tome un día concreto delante de un espejo: fue más bien como cuando dejas de hacer régimen sin anunciarlo, que simplemente un martes te descubres comiendo pan y ya.
Un día me descubrí pensando en él sin vigilante en la puerta, sin contador, sin avispas, y en lugar de la alarma de siempre me vino un razonamiento nuevo, muy sensato, con su corbata y su maletín, que decía así: quedan seis semanas de curso.
En junio ese hombre desaparece de tu vida.
Bueno —y aquí el razonamiento carraspeaba, porque era sensato pero honrado—, de tu vida no puede desaparecer porque no está en ella: está en tu cabeza, que es distinto, en tu vida no ha estado nunca, dos reuniones y tres notas a lápiz no son una vida.
Pues eso, concluía el razonamiento: en junio se acaba el colegio, se acaban las notas a lápiz, se acaba el canal entero, y estas fantasías, sin nada que las alimente, se morirán solas, como se mueren las plantas de quien se va de vacaciones.
Déjalas estar mientras tanto. Total, seis semanas. Total, nadie las ve.
Era un buen razonamiento. Lo compré entero, con corbata y maletín, y durante semanas viví instalada en él con una comodidad que debería haberme dado más miedo: pensaba en Gabriel Lastra como quien tiene un vicio con fecha de caducidad, un paquete de tabaco al que le quedan seis cigarros y no piensas comprar otro.
Se fuma distinto el tabaco que se acaba.
Se piensa distinto un hombre que se acaba.
Con más calma. Con más detalle. Sin culpa casi, porque la culpa, lista como es, también sabía leer el calendario.
* * *
Se me quedó atrás una cosa de abril que merece su párrafo, y es que este cuaderno lo escribo como puedo y las cosas importantes a veces se me cuelan por detrás de las otras: las notas de la segunda evaluación habían llegado el viernes antes de Semana Santa.
Biología, un nueve. Todo lo demás, entre el nueve y el diez.
El boletín entero parecía una errata al revés, la corrección de aquella errata de diciembre, y Andrés lo leyó en la mesa de la cocina, lo dejó, lo volvió a coger, y dijo, con una solemnidad de notario emocionado:
—Esto hay que enmarcarlo.
—Papá, no.
—Enmarcarlo igual no —concedió—, pero a la nevera va.
Y a la nevera fue, con un imán de Cangas de Onís, y allí seguía en mayo, al lado de un dibujo pequeño de un pulpo con gafas que se había ido sumando después, porque la nevera de casa había empezado a poblarse aquella primavera, despacio, como se puebla una costa: primero el boletín, luego el pulpo, luego una medusa diminuta a rotulador en la esquina de la lista de la compra, que yo no borré, y la lista entera lleva ahí desde entonces, comprada hace semanas, porque hay papeles que ya no son la lista de la compra.
* * *
La lámina la entregó el 8 de mayo, viernes, último día de plazo, y no porque la acabara tarde: la acabó diez días antes y se pasó los diez días encontrándole defectos, quitándoselos, poniéndoselos otra vez.
El ciclo de la medusa, a lápiz y tinta, sobre papel del bueno de la caja de Reyes: la colonia de pólipos agarrada a la roca abajo, en la penumbra, y las medusas jóvenes soltándose hacia arriba en capas, "como platos, mamá, se llama estrobilación", cada una más libre y más luminosa que la anterior, hasta la última, arriba del todo, ya con el tentáculo largo, nadando sola hacia el borde del papel como quien se sale del cuadro porque el cuadro se le ha quedado pequeño.
La miré mucho rato la noche antes de la entrega, extendida en la mesa del salón con dos libros en las esquinas para que no se curvara.
—Es la niña —dijo Andrés detrás de mí, bajito, con las manos en los bolsillos.
—¿Tú también lo ves?
—Hombre. —Se balanceó un poco sobre los talones, que es su manera de emocionarse sin dar el espectáculo—. La roca somos nosotros, ¿no?
—La roca somos nosotros.
—Bueno. —Carraspeó—. Pues muy honrada la roca.
Y por cosas así sigue una casada veinte años, que conste en este cuaderno también, que aquí no todo van a ser baños de empresa.
* * *
En el trabajo, por esas semanas, Nuria me soltó lo suyo. Fue un miércoles cualquiera, trayéndome la firma de unos pedidos, y se quedó de pie al lado de mi mesa un segundo de más, estudiándome con el descaro alegre de sus treinta y un años.
—Jefa, ¿te puedo decir una cosa de no-trabajo?
—Depende de la cosa.
—Estás muy guapa últimamente. O sea, siempre, pero últimamente tipo... —movió la mano buscando el símil, que Nuria sin símil no funciona— tipo anuncio de yogur griego. Toda luminosa. Da gusto y da rabia a la vez.
—Será la primavera.
—Pues patenta la primavera —dijo, recogiendo sus pedidos—, que nos forramos.
Y se fue tan contenta, y yo me quedé con la firma en la mano pensando que ya eran dos las que me veían la luz por fuera, Nuria y Marga, cada una con sus instrumentos, y que la luz tenía una fuente que no podía enseñarle a nadie, una central eléctrica clandestina funcionando día y noche en un país interior sin aduanas, y que había algo profundamente injusto en que lo mejor de mi cara aquella primavera fuera, de todas las cosas del mundo, un secreto.
* * *
El certamen se falló el sábado 30 de mayo, con entrega de premios en el centro cultural de la Consejería, y fuimos los cuatro: nosotros tres y Alba, que se había autoinvitado en calidad de directora artística y llevaba para la ocasión una camisa "seria", según ella, con limones estampados.
Las láminas finalistas colgaban de paneles en el vestíbulo, unas cuarenta, con cartelas blancas, y la de Julia estaba en el segundo panel, con su cartela, "El ciclo de vida de Aurelia aurita — Julia Riera Ferrero, 4º ESO", y verla allí colgada, con luz de museo y gente parada delante, gente desconocida parada delante mirando las medusas de mi hija, me hizo una cosa en el pecho que no me había hecho ningún boletín de notas en quince años.
A Julia le dieron el segundo premio de su categoría.
Dijeron su nombre por megafonía, y mi hija cruzó el escenario con el pelo recogido —recogido, ella, en público— y recogió el diploma, y cuando la mujer del jurado, una ilustradora de verdad, de las que tienen libros, le preguntó por el micrófono cómo había conseguido la textura del agua, Julia se quedó un segundo en blanco, un segundo solo, lo vi venir y me clavé las uñas en la palma, y luego contestó.
Con su voz. Que se la oyó entera, en una sala con doscientas personas: que era tinta muy aguada en capas, que había que esperar a que secara cada capa, que se tardaba muchísimo "pero es que el agua de verdad también se hace despacio", y la sala se rió con ella, con ella y no de ella, y la ilustradora dijo por el micrófono "pues fichadla, porque esto no se enseña", y Andrés me apretó la mano tan fuerte que me la dejó blanca, y Alba gritó "¡ESA ES MI AMIGA!
" con toda la potencia de sus limones, y yo lloré, claro, como una tonta, para eso están estos saraos.
En el coche, de vuelta, Julia iba en el asiento de atrás con el diploma en el regazo y el móvil en la mano, tecleando y borrando.
—¿A quién escribes? —preguntó Andrés por el retrovisor.
—A Lastra. Es que no sé si poner el segundo premio o mandarle la foto o qué.
—Mándale la foto de la lámina colgada —dije yo, con una voz de madre serena que me salió de no sé qué armario— y dile el premio. Y ya.
Lo mandó. Y a los diez minutos, cuando ya entrábamos en casa, le sonó el móvil y lo leyó en el recibidor, y se le puso la sonrisa esa que le hemos ido conociendo esta primavera, y nos lo enseñó, porque ahora las cosas buenas las enseña:
Segundo premio y hablando por un micrófono. Ahora ya lo has oído en voz alta. Enhorabuena, Riera.
—Me llama Riera —explicó, encantada—. A los que les cae bien los llama por el apellido.
Se fue a su cuarto a colgar el diploma. Andrés fue a abrir un vino para celebrarlo.
Y yo me quedé un momento sola en el recibidor con el abrigo a medio quitar, releyendo mentalmente un mensaje que no era para mí, que no tenía ni una palabra para mí, y encontrándole de todas formas, en alguna parte entre las líneas, en ese en voz alta que venía de su otro mensaje como un hilo que solo yo había seguido, algo que me guardé sin permiso, porque el país sin aduanas también tiene contrabando y aquella noche entró un cargamento.
* * *
El café con Marga fue el último sábado de mayo, y esta vez lo pedí yo, que también es una información, y Marga la registró levantando una ceja cuando me vio entrar en el de la plaza.
Le conté el certamen. Todo: los paneles, el micrófono, el agua que se hace despacio, la ilustradora, Alba y sus limones.
Marga escuchó como escucha ella las cosas de Julia, que es de las pocas cosas que escucha sin interrumpir, porque a esa niña la quiere desde la incubadora, y cuando terminé pidió otros dos cafés y me miró de una manera nueva, sin tasar, casi con cuidado.
—¿Y él fue? Al certamen.
—No. Eso no es lo suyo, me imagino. —Removí el café—. Le mandó un mensaje a la niña por la noche. Bonito. Seco y bonito, como todo lo... —me oí a tiempo— como todo lo que escribe.
—Ya. —Dejó pasar un momento, mirando la plaza—. ¿Cuánto queda de curso?
—Tres semanas y pico.
—¿Y cómo estamos? —Lo preguntó sin teatro ninguno, con la voz de debajo del perfume—. ¿De celebración o de luto?
Y esta es la parte de aquel café que me llevé a casa: que no le dije que de qué me hablaba, ni que no había nada que celebrar ni que llorar, ni ninguna de las frases de madre seria que tengo en el cajón de arriba, siempre planchadas.
Me quedé mirando al señor de las palomas, que estaba, siempre está, en contra de la ordenanza y de toda prudencia, y le dije la verdad, que era corta:
—Las dos cosas.
Marga asintió despacio. No sonrió, que se lo agradecí. Le hizo un gesto a Manolo, dos de churros, y antes de que llegaran dijo, sin mirarme, como quien comenta el tiempo:
—Junio como frontera está muy sobrevalorado, te lo digo yo, que he cruzado muchas. Los cursos se acaban solos, eso es verdad. —Cogió su café—. Lo otro no se me ha acabado solo nunca. Pero oye, igual tú tienes más suerte.
Y pidió los churros, y hablamos del dentista viudo, que había ascendido a "el dentista" a secas, mala señal o buena, con Marga nunca se sabe, y yo volví a casa dando el rodeo del parque, con el sol ya caliente de finales de mayo, haciendo el cálculo que llevaba toda la primavera haciendo y que por primera vez me salió con el signo cambiado: tres semanas y pico.
Ya no sabía si era una cuenta atrás o un plazo que se me acababa.