El vestido verde Capítulo 9
63%

Capítulo 9

Lo leí dos veces. La segunda no hacía falta y la hice igual.

Tiene el mejor lápiz que ha pasado por mis clases.

Aquel hombre escribía como corregía, a lápiz, rápido, sin una palabra de sobra, y de pronto en medio del formulario administrativo te dejaba una frase que era un regalo envuelto, y luego "atentamente", y la inicial, G.

, como si el nombre entero fuera un despilfarro.

Me quedé con el móvil en la mano más tiempo del razonable, y me sorprendí pensando en qué momento del día lo habría escrito, si en el aula con el flexo o en su casa, y cómo sería su casa, y ya está, ahí lo dejé, porque por ese camino había señales que yo ya conocía.

Julia lo leyó en la cocina, de pie, con el móvil recién desenchufado. La vi leer. Vi la cara entera del proceso: la sorpresa, el orgullo subiéndole por el cuello, y detrás, puntual como un recibo, el miedo.

—Un certamen es que te miran —dijo—. O sea, que va gente. Que lo cuelgan. Que hay un jurado.

—Eso es, más o menos.

—¿Y si hago el ridículo?

Y aquí quiero apuntarme una cosa, aunque esté feo que yo la cuente: no le dije "tú no haces el ridículo nunca", que era lo que me pedía el cuerpo de madre y lo que le habría dicho en septiembre. Le dije:

—Puede. Igual no ganas nada y la lámina se queda en un pasillo entre otras cuarenta. ¿Y qué haríamos entonces?

Julia me miró. Le funcionó la cabeza detrás de los ojos, se le vio funcionar, con esa gramática nueva que llevábamos meses hablando en aquella casa sin llamarla por su nombre.

—Pues... otra lámina —dijo despacio—. Sería dato.

—Sería dato.

—Vale. —Respiró—. Dile que sí. No, espera. —Me quitó suavemente el móvil de la idea—. Le digo yo que sí. Que la decisión es mía, lo pone ahí.

Y contestó ella, desde su móvil, allí mismo, mordiéndose el labio, y no me dejó ver qué había escrito, y a mí me quedó el resto de la noche una envidia diminuta y absurda que no le confesaría ni al cuaderno si el cuaderno no fuera esto: mi hija podía escribirle.

Mi hija tenía un canal abierto, legítimo, luminoso, y yo tenía el formulario de "Familia de" y un atentamente.

Semana Santa pasó como pasa, con dos días en el pueblo de Andrés, lluvia y torrijas de mi suegra, y a la vuelta la casa entró en régimen de certamen.

Julia eligió tema con una seriedad de opositora: medusas, naturalmente, "el ciclo de vida de la medusa, que es rarísimo, mamá, tienen una fase que es un pólipo pegado a una roca y luego se van soltando en capas, como platos", y me lo explicó entero una tarde con los brazos, con las manos, con el pelo fuera de la cara, y yo asentía y pensaba que ese ciclo de irse soltando de la roca en capas lo estaba viendo yo en mi cocina en tiempo real.

Alba se instaló de nuevo, en calidad de directora artística autoproclamada.

Las tardes de abril sonaban así, desde el pasillo: "esa arteria del tentáculo te ha quedado brutal", "no es una arteria, Alba, las medusas no tienen", "pues lo que sea, brutal", y risas, y el altavoz pequeño con esa música suya que es toda igual y toda distinta, y yo pasaba con la ropa doblada y la puerta estaba abierta, la puerta ya estaba siempre abierta.

Una tarde las pillé a las dos delante del espejo del baño, Julia con el pelo recogido en un moño alto hecho por Alba, protestando a medias, "se me ve toda la cara", y Alba sentenciando, con dos horquillas en la boca:

—Pues claro, boba. Si es que hay cara. Es lo que yo digo siempre, tanto flequillo y tanta cortina y luego resulta que había cara.

Julia se dejó el moño toda la tarde. A la hora de la cena se lo deshizo, todavía no estaba el mundo preparado, pero se lo dejó toda la tarde, y Andrés, que en las cosas importantes despierta, no dijo ni una palabra, solo le sirvió la ensalada como si aquella hija con toda la cara fuera la de todos los días.

Todo esto era la superficie, y la superficie era estupenda, la mejor primavera de esta familia en años, que conste en acta.

Debajo estaba yo.

Debajo, aquellas semanas, yo iba notando una cosa que no sabía nombrar y que voy a intentar nombrar ahora, porque para eso pago este cuaderno con mi vergüenza: se me estaba yendo el enfado.

El enfado había sido siempre mi parapeto, mi trinchera cómoda, llevaba desde octubre haciéndole el mantenimiento —recordarme la arrogancia, el "no" a palo seco, el apellido leído en un papel— y de pronto el mantenimiento no funcionaba.

Pensaba en la reunión de diciembre y ya no me subía la furia: me subía otra cosa.

Pensaba cretino y la palabra llegaba desactivada, como una avispa sin aguijón.

Y en el hueco que dejaba el enfado se instalaban, con una desfachatez de okupas, los detalles: los antebrazos con la camisa remangada, las manos grandes ordenando exámenes, las gafas plegándose, patilla, patilla, y los ojos ya en mí, aquella manera de mirarme entera sin bajar de los ojos, que era lo más raro de todo, porque me miraba solo a los ojos y yo en el recuerdo me sentía —esta es la palabra, la escribo y me aguanto— desnuda.

Vestida de madre seria de arriba abajo y desnuda.

En casa disimulaba bien. Esto se me da bien, he descubierto, y no sé si es un talento o un síntoma.

Cenaba, reía, preguntaba por las medusas, veía la serie con Andrés los jueves, le rascaba la cabeza en el sofá y él ronroneaba como un electrodoméstico grande y querido.

Nadie notaba nada porque no había nada que notar: todo pasaba en un país interior sin aduanas, del que yo era la única habitante y también la policía entera, y la policía, todo hay que decirlo, cada vez patrullaba con menos ganas.

Hasta el jueves 23 de abril, que la policía no se presentó a trabajar.

Fue en la oficina, a media tarde, y no hubo detonante, esa es la parte que más me inquietó después: no hubo copas, ni nota a lápiz, ni mensaje.

Hubo una tarde normal de abril, el sol entrando bajo por la ventana de los camiones, un informe de proveedores en la pantalla, y yo leyendo el mismo párrafo por tercera vez porque entre el párrafo y yo se había sentado él.

Así, sin más. Con una nitidez de proyector: el aula en penumbra de diciembre, el flexo, siéntese, por favor, y mi cabeza, mi propia cabeza traidora, empezó a continuar la escena por donde la escena no había ido, a corregirla, a versionarla, qué habría pasado si en vez de levantarme yo, si en vez de abrirme la puerta él, y noté el calor de siempre subir por el cuello pero seguir subiendo, y bajar también, y las manos me sobraban encima del teclado, y el corazón me iba a una velocidad que no correspondía a ningún proveedor.

Me levanté. Crucé la oficina con mi paso de coordinadora, saludé a alguien con la cabeza, no sé a quién, y me encerré en el baño del fondo, el de la ventana esmerilada, el que nadie usa porque pilla lejos.

Y allí, de pie, con el pestillo echado y la frente apoyada en la puerta fría, mantuve una negociación rapidísima conmigo misma que perdí por goleada.

No voy a contar más que esto: fue de pie, fue rápido, fue con la boca cerrada y los ojos cerrados y el bolso todavía colgado del hombro, que es el detalle que después no podía quitarme de la cabeza, el bolso colgado, ni tiempo de dejar el bolso, cuarenta y tres años y un jueves y un baño de empresa y ni tiempo de dejar el bolso.

Y fue con él. Enteramente con él, sin coartadas, sin señor agradable de ninguna barra por delante, con su voz y sus manos y aquella manera de darme tiempo, y cuando acabó —cuando acabé, mía fue la mano y mía la obra, no voy a esconderme en los verbos— el silencio del baño se quedó zumbando como se queda un plato que ha estado a punto de caerse.

Me lavé las manos mucho rato. Me miré en el espejo, que era pequeño y con mala luz, gemelo de todos los espejos de mis sustos, y la mujer de enfrente tenía las mejillas encendidas y un mechón fuera de sitio y los ojos bocazas más bocazas que nunca, y esta vez no le pregunté qué estaba haciendo, porque ya lo sabíamos las dos.

—Esto se acaba en junio —le dije en cambio, bajito, moviendo solo los labios—. En junio se acaba el curso y se acabó.

Ella me sostuvo la mirada, la muy insolente, y no firmó nada.

Volví a mi mesa. Firmé lo que había que firmar, contesté lo que había que contestar, y a las seis y media pasó Nuria a despedirse, con la mochila al hombro y el casco de la bici en la mano.

—Hasta mañana, jefa. —Y ya en la puerta, volviéndose a medias, con esa sonrisa suya de ventanal—: Por cierto, te ha sentado bien levantarte a estirar las piernas antes. Tenías cara de informe de proveedores y has vuelto como nueva.

—Es que no hay nada como estirar las piernas —dije.

Y mi voz sonó perfectamente normal, perfectamente mía, y eso, camino de casa, fue lo que más miedo me dio de todo el día.