El vestido verde Capítulo 8
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Capítulo 8

Los días siguientes fueron de una normalidad sospechosa, de esa normalidad que solo fabricamos los culpables.

El sábado madrugué sin necesidad, hice el mercado entero con lista y sin lista, compré flores, que no compro nunca, "porque alegran", le dije a Andrés, y Andrés miró las flores y me miró a mí y dijo que muy bonitas, y las puso él mismo en agua, en el jarrón bueno, con esa disposición suya para celebrar cualquier cosa que yo decida sin preguntar de dónde viene.

El domingo propuse vermú y paseo, los tres, como cuando Julia era pequeña, y Julia vino, que eso sí fue noticia, y anduvimos por el paseo del río con sol frío de marzo, y yo fui todo el rato dando conversación, animadísima, insoportable seguramente, como una guía turística de mi propia familia.

Y por dentro llevaba la cuenta.

Esto no se lo he dicho a nadie: llevaba la cuenta de los días.

Como los carteles de las obras, "días sin accidentes".

El sábado fue el día uno. No pensar en él.

Bueno, no: pensar en él está permitido si es en calidad de tutor, me concedí, porque una tiene una hija en su clase y hay logística.

Lo prohibido era lo otro. La voz. Las gafas.

El resto. El domingo, día dos, se coló una vez a media mañana, en el paseo, sin venir a cuento —fue un hombre alto de espaldas, ni siquiera se parecía—, y lo eché como se echa a una avispa de la mesa, con aspavientos por dentro y sonriendo por fuera.

Decidí que las avispas no puntúan. Día dos válido.

El lunes, día tres, evité el espejo grande del baño y me relacioné exclusivamente con el pequeño, el de los sustos, que para pintarse una raya llega y no da conversación.

El martes, día cuatro, en el trabajo, Nuria me preguntó si estaba bien, "estás como apagada, jefa", y tuve ganas de contestarle que apagada era exactamente el objetivo, que llevaba cuatro días desenchufando una cosa, pero dije que era el cansancio acumulado de febrero y firmé tres albaranes seguidos con una decisión ejemplar.

El miércoles, día cinco, Julia tenía examen.

El primero de la segunda evaluación. Salió del colegio y me mandó un mensaje, cosa rarísima en ella, dos palabras y un dibujito de un pulpo: "creo q bien 🐙".

Lo leí en mi mesa de coordinadora, delante de la ventana de los camiones, y me duró la sonrisa hasta media tarde, y era una sonrisa limpia, legal, de madre, y pensé: ves, Elena, así. Así se puede vivir perfectamente.

El examen corregido llegó el viernes.

Un nueve.

Julia me lo enseñó ella, directamente, sacándolo de la mochila en la cocina antes que el propio bocadillo, y era un nueve peleado, precioso, con las preguntas de razonar contestadas de arriba abajo, dos tachones grandes como soles y una flecha que decía "esto mejor así".

Lo leí entero con ella al lado, comiéndose por fin el bocadillo, vigilándome la cara con disimulo, y cuando llegué al final, debajo de la nota, estaba otra vez el lápiz.

La letra rápida, inclinada, tres líneas esta vez:

Los tachones valen más que el nueve. Buen trabajo. También en casa.

También en casa.

—¿Qué pone? —dijo Julia, con la boca llena, como si no lo supiera de memoria.

—Que los tachones valen más que el nueve.

—Ya. —Se encogió de hombros, roja de orgullo hasta las orejas—. Es que él es así.

Él es así. Mi hija lo dijo masticando, con esa naturalidad de quien lleva meses traduciéndome a un hombre sin que ninguna de las dos lo sepa, y se llevó su examen a la caja de las cosas sagradas, y yo me quedé sola en la cocina con el trapo en la mano y la cuenta hecha pedazos por el suelo.

Porque también en casa era para mí.

Podía disimular todo lo que quisiera, podía llamarlo mensaje a las familias, plural institucional, podía.

Pero aquel hombre corregía con lápiz una montaña de exámenes y al llegar al de mi hija había pensado en la cocina de mi casa, en la pregunta de los errores, en lo que yo le dije y en lo que no le dije, en mí en alguna medida imposible de calcular pero mayor que cero, y había decidido escribirlo, y sabía —eso lo sabía seguro, no me cabía duda, era demasiado listo para no saberlo— que yo lo iba a leer.

Siete días justos. Eso había durado la cuenta.

Aquella noche volvió la voz, y esta vez no hice aspavientos. La dejé estar un rato, como se deja la radio de fondo, diciéndome que oír no es escuchar, y me dormí tarde, y no cuento más del viernes porque el cuaderno es mío y los descuentos me los aplico yo.

* * *

El café con Marga fue el sábado, y no lo pedí yo: me convocó ella, que es distinto y es peor.

"Cafe tu y yo. Solas. 11 en el de la plaza.

No es pregunta", decía el mensaje, con esa ortografía suya de no perder el tiempo.

El de la plaza es nuestro sitio de las cosas serias desde hace veinte años: allí me contó su divorcio, allí le conté lo de la operación de mi padre, allí nos hemos repartido la vida en mesas de mármol frío.

Llegué puntual. Ella ya estaba, cosa inaudita, con el abrigo puesto todavía y dos cafés pedidos, el mío como me gusta.

Mala señal, los cafés pedidos.

—¿Me vas a decir qué pasa —pregunté, sentándome— o tengo que adivinarlo?

—Pasa que en tu cena de celebración te vi una cara que no me gustó.

—Marga no pierde el tiempo ni en los preámbulos—.

Bebiendo como bebiste, que tú no bebes. Escurriendo la pregunta del cuánto hace, que te la escurriste, no te creas que no me di cuenta.

Y con el señor aquel de la barra, que era un muermo con americana y tú lo mirabas como si te hubieran encendido la luz. Así que dime tú a mí qué pasa.

—No pasa nada, Marga.

—Ya. —Bebió café, sin prisa—. ¿Sigue siendo el tutor de la niña el imbécil aquel de octubre?

—Sigue.

—¿Y sigues sin haberlo vuelto a ver?

Lo preguntó igual que todo lo demás, en el mismo tono, mirándome con toda tranquilidad por encima de la taza, y ahí supe que la pregunta era una trampa y que la trampa era vieja: me la había puesto en Navidad, en el perchero, y yo había contestado "ni lo he vuelto a ver" con una facilidad que ahora tocaba pagar.

Podía repetir la mentira. La tenía hecha, rodada, lista para servir.

Y no me salió. En la mesa de mármol de las cosas serias, delante de la única persona del mundo entrenada para pillarme, me quedé callada un segundo de más, que con Marga es como firmar.

—Lo vi en diciembre —dije—. Por el suspenso de la niña. Una reunión de madre, veinte minutos, en su aula, con la puerta abierta. No te montes películas.

—O sea, que en Navidad me mentiste.

—Te... simplifiqué.

—Me mentiste. —No estaba enfadada. Estaba encantada, que es mucho peor—. Elena Ferrero. Cuarenta y tres años. Mintiéndole a su Marga en un perchero. —Se recostó en la silla, saboreándolo—. ¿Y por qué ibas a mentirme tú a mí por una reunión de madre de veinte minutos, a ver?

—Porque sabía que harías esto.

—¿El qué?

—Esto. Lo que estás haciendo.

—Yo estoy tomando un café con churros, que ahora los pido. —Levantó la mano hacia la barra sin dejar de mirarme—. ¡Manolo! ¡Dos de churros! —Y a mí, bajando apenas la voz—: ¿Es guapo?

—¿Qué más da?

—Contesta.

Miré la plaza. Un señor daba pan a las palomas junto a la fuente, en contra de la ordenanza y de toda prudencia.

—Sí —dije—. Es guapo. ¿Contenta? Es guapo de una manera antipática. Va por la vida como si ser así fuera lo normal, ni lo usa, ni le importa. Y es un prepotente, eso no ha cambiado. Y está ayudando a mi hija más que nadie en muchos años, eso también, para que veas que soy justa.

Marga se rió. De verdad, echando la cabeza atrás, con esa risa suya de fumadora antigua que hace volverse a media cafetería.

—"Guapo de una manera antipática" —repitió, saboreándolo como el primer churro—.

Veinte años esperando oírte una frase así de un hombre y me la das un sábado a las once.

—Mojó el churro, lo señaló hacia mí—. ¿Y sabes qué te digo?

Que ya me cuadra octubre. Porque me llamaste hecha una fiera por una reunión de veinte minutos y estuviste casi media hora contándomela.

Con detalles. Con las frases del señor, una a una.

Y yo colgué y pensé: aquí las cuentas no salen.

Nadie le hace el inventario tan completo a alguien que le da igual.

—Estaba furiosa.

—Furiosa se cuenta en cinco minutos, cariño. Lo tuyo era otra cosa.

—Estoy casada, Marga.

—¿Y quién te ha dicho nada? —Abrió las manos, la inocencia en persona—.

¿He dicho yo algo? Yo constato. Es guapo, te saca de quicio, le ha arreglado el curso a tu hija y tú llevas desde octubre con un cutis estupendo.

Datos. Las conclusiones que las saque cada una en su casa.

—Y mojó otro churro, y añadió, sin mirarme, con la vista en la plaza—: Pensar es gratis, de todas formas.

Por si te lo estabas preguntando. A pensar no ha llegado ni Hacienda.

—No me estaba preguntando nada.

—Pues eso. —Sonrió a las palomas—. Ni yo he dicho nada.

Y no dijo nada más, esa es la verdad. Ni un consejo, ni una advertencia, ni un empujón, que Marga no empuja: a Marga le basta con saber, que para ella la información es lo que para otras el oro, y aquella mañana se llevó un lingote.

Hablamos de sus desgracias, que eran más divertidas: un dentista viudo con perro, "el perro bien, él regular".

Nos reímos. Pagué yo, que por lo visto ahora pago siempre, la coordinación tiene estas cosas.

Volví andando a casa dando el rodeo del parque, con el sol de marzo en la cara, haciendo cuentas de lo que acababa de pasar.

No era grave. Decir que un hombre es guapo lo hace cualquiera: lo dice Sonia de los padres del colegio, lo dice Bea hasta del panadero.

Y sin embargo yo sabía, con esa precisión incómoda con que una se sabe a sí misma, que había una diferencia entre pensarlo a solas desde hacía meses y haberlo dicho en voz alta en la mesa de las cosas serias: que las cosas, al decirlas, se estrenan.

Ya estaba dicho. Ya existía fuera de mí, con testigo, archivado en la cabeza de Marga con fecha del sábado.

El lunes volví a poner el contador a cero.

Llegué a dos.