Capítulo 7
—¿Llevas de todo? ¿Bolígrafos de sobra?
—Mamá.
—¿Agua?
—Mamá. —Se colgó la mochila. Y ya en la puerta, con la mano en el picaporte, hizo su cuarto de vuelta de todas las mañanas, pero esta vez con palabras dentro—: Si me quedo en blanco, escribo lo que sea. Aunque esté mal. ¿No?
—Aunque esté mal —dije yo, con el corazón en la boca del estómago—. Equivocarse también enseña.
Me miró un segundo, extrañada, porque esa gramática no era mía y las hijas conocen la gramática de sus madres.
No dijo nada. Se fue. Y yo me quedé con el vaso de zumo en la mano, dándome cuenta de que acababa de traducir a mi manera una pizarra que mi hija veía todos los días y yo había visto dos veces, y de que aquella frase de tiza vivía ya en mi casa, instalada, con las zapatillas puestas, como viven las frases de la gente que importa.
Por la tarde entró como un vendaval pequeño.
—He contestado todo. —Mochila al suelo, nevera, yogur—. Todo todo. La última no sé si bien, puse lo que me parecía y expliqué por qué me lo parecía, a lo mejor es una burrada. Pero lo puse.
—¿Y cómo te has quedado?
Se lo pensó, con la cucharilla en la boca.
—Cansada —dijo—. Pero de otra manera.
La nota llegó el miércoles siguiente por la aplicación: 6,9.
Y el examen llegó el viernes en la mochila, y Julia me lo plantó en la encimera con una chulería nuevecita, estrenada, que me encantó verle puesta.
Lo leí entero. Las preguntas de razonar contestadas de arriba abajo, con tachones, con flechas, con una fe de erratas de ella misma en el margen —"esto creo que lo estoy liando pero sigo"—, y la última a medias entre el acierto y la burrada anunciada.
Y debajo de la nota, a lápiz, con una letra inclinada y rápida que no había visto nunca y que reconocí al instante, porque hay cosas que se reconocen sin haberlas visto:
Esto es lo que quería. Sigue.
Tres palabras y media. Me quedé mirándolas más tiempo del que un examen de biología justifica.
Pasé el pulgar por encima, no sé por qué, el lápiz no se nota al tacto, ya lo sabía yo antes de pasar el pulgar, y aun así lo pasé.
Luego Julia se llevó su examen a su cuarto, a la caja donde guarda lo que importa, y yo me puse a hacer la cena con las manos, mientras la cabeza se me iba sola a un aula con un flexo, a un hombre corrigiendo con lápiz una montaña de exámenes, deteniéndose en el de mi hija, escribiendo sigue, y me descubrí queriendo saber si había pensado en algo al escribirlo, en la niña, en la reunión, en la madre que parpadeó para negarle unas lágrimas, y me dije en voz alta, en mi cocina, sola: "Elena, por favor".
Y salió la voz de mi madre. Menos mal que a la freidora de aire le da todo igual.
* * *
En el trabajo, febrero fue mi primer incendio como coordinadora y lo apagué bien, para qué voy a ser modesta a estas alturas del cuaderno.
Un cliente gordo, un pedido urgente que el sistema dio por enviado y que estaba criando polvo en una estantería del almacén por un error de etiquetado.
La versión corta: dos días de teléfonos, un transportista convencido a base de labia y de prometerle café para toda la ruta, y el pedido en su destino cuarenta minutos antes del límite.
Cuando colgué la última llamada, el almacén entero me miraba, y Braulio, el jefe de almacén, que lleva allí desde los tiempos del fax y no ha dado la razón a nadie desde entonces, dijo en voz alta:
—Sagrario lo habría hecho igual. —Pausa—. En tres días.
Y aquello, en la escala de Braulio, era la Legión de Honor. Nuria me trajo el café de la victoria y se sentó en la esquina de mi mesa, que es su despacho oficial.
—Estás distinta —me dijo, mirándome por encima del vaso.
—Estoy coordinadora.
—No. —Nuria lee caras, ya lo he dicho—. Bueno, sí, pero no. Es otra cosa. Llevas un mes como... —buscó la palabra con la mano— encendida. No sé. Me gusta. Da un poco de miedo, pero me gusta.
Encendida. Me lo llevé a casa también, como el "guay de otra manera" de Alba, solo que este no me duró caliente: este me duró inquieto.
Porque Nuria no sabía nada, no había nada que saber, y aun así había visto la lucecita.
Y si la veía Nuria, con treinta y un años y dos cafés, la vería Marga con cuarenta y cuatro y radar de largo alcance.
La vio.
* * *
La cena de febrero fue el viernes 27 y empezó torcida de puro bien: resulta que las chicas habían decidido, por el grupo aparte que ellas creen que no sé que existe, que mi ascenso no se había celebrado como Dios manda, y cuando llegué a El Trasgu había un cartel hecho por Bea con rotulador dorado, "FELICIDADES JEFA", una botella de algo con burbuja ya abierta, y Marga poniéndome una copa en la mano antes del abrigo siquiera.
—Hoy paga la coordinadora —dijo— pero bebe la Elena. Son dos personas distintas y esta noche viene la segunda.
Y vino, esa es la verdad. Vino la segunda.
Bebí más de lo mío, que tampoco es una plusmarca porque lo mío son dos copas contadas, pero aquella noche fueron...
fueron más, dejémoslo en más, con burbuja primero y tinto después y un licor de hierbas al final que invitó la casa.
Y estuvo bien. Estuvo de las mejores en años: Rocío imitando a Braulio sin conocerlo, solo de mis descripciones, y clavándolo; Bea confesando que el jersey de renos le gusta de verdad, sin ironía, desde el primer día, "y llevo ocho años haciendo teatro, idiotas"; Sonia riéndose con la cabeza echada hacia atrás, suelta como hacía siglos, porque su marido estaba de congreso y ella había decidido, textual, "estar de congreso también".
Y luego la conversación fue a donde va siempre pasada cierta hora y cierta copa, que es a la cama, porque la lleva Marga, que es del gremio.
—A ver, mesa redonda. —Marga encendió un cigarrillo imaginario, porque lo dejó pero conserva la liturgia—. ¿Cuánto hace? Cada una. Sin trampas. Bea.
—¡Marga!
—Bea.
—Pues... —Bea se puso del color del vino—. Normal. Lo normal. En Nochevieja, por ejemplo.
—Nochevieja cuenta si fue después de las uvas, no antes de la cena. Sonia.
—Yo paso.
—Pasar es responder, cariño. Rocío.
—Yo entre el hospital, mi madre y los niños, si un día me tocan el hombro me disloco. —Rocío levantó su copa—. Por el barbecho. Tierra descansada, ya vendrán las lluvias.
—Elena.
Y ahí estaba yo, con el licor de hierbas en la mano y cuatro caras enfrente, y me oí decir, con una ligereza fabricada que me salió carísima:
—Lo normal. Como Bea.
—Lo normal —repitió Marga. Me miró un momento, solo un momento, con esos ojos suyos de tasadora, y tuvo la piedad de no seguir, que Marga sabe exactamente cuándo no seguir, y por eso mismo su piedad da más miedo que su insistencia. Levantó la copa—: Por lo normal, señoras. Que Dios nos libre de él.
Nos libró un rato, al menos. Pedimos otra ronda.
Y en algún momento de esa ronda, en la barra, hubo un hombre.
Cincuenta y pocos, de buen ver sin escándalo, que primero mandó con el camarero unos chupitos "para la mesa que celebra" y luego vino él, educado, sin babas, y resultó que celebrábamos un ascenso, "¿de cuál de ustedes?
", y las cuatro brujas me señalaron a la vez, y el hombre me miró a mí y me dijo, con una sonrisa muy correcta, que la coordinación estaba claramente en buenas manos, y unas cuantas cosas más, ninguna memorable, no era ingenioso el pobre, era solo agradable, pero me estuvo mirando a mí, a mí entre las cinco, con Marga de verde en la misma mesa, a mí, y yo tenía cuarenta y tres años y más copas de la cuenta y hacía tanto, tanto tiempo, que alguien me sostenía la mirada de esa manera que...
Que nada. Que le di las gracias por los chupitos, que Marga se lo llevó puesto a los diez minutos con una facilidad de cetrera, que Bea pidió la cuenta y agua para todas, y que yo me subí a un taxi a la una y cuarto mandando un audio al grupo con la lengua un pelín gorda, "os quiero, brujas, gracias por el cartel", y apoyé la sien en la ventanilla fría y vi pasar las farolas naranjas y me sentí, exactamente como había dicho Nuria, encendida.
Todo el mes encendida y aquella noche con el viento a favor.
El taxi olía a pino artificial. Deben de comprarlo todos en el mismo sitio.
* * *
La casa estaba a oscuras y calentita, con ese silencio espeso de las dos respiraciones dormidas.
Bebí un vaso de agua en la cocina, a oscuras, agarrada a la encimera.
Me lavé los dientes sin encender la luz del todo.
Me metí en la cama con cuidado, y Andrés, de espaldas, emitió un murmullo de acuse de recibo y siguió a lo suyo, que era dormir como duerme él, con una fe absoluta en el día siguiente.
Y yo me quedé bocarriba, con el techo dando esas vueltas cortas del vino, el cuerpo caliente y desvelado, lleno de la noche, de las risas, de los chupitos del señor agradable, de por lo normal, que Dios nos libre de él, y en ese duermevela encendido empecé a pensar en nada, en cosas sueltas, la mirada del hombre de la barra, qué fácil parecía todo en la barra, y de la barra, sin transición, sin pedirme permiso, como entra en una habitación alguien que tiene llave, entró el aula.
El flexo. La pila de exámenes. Las gafas plegándose despacio, patilla, patilla, los ojos ya en mí. La esperaba.
Paré. Quiero que conste que paré, que abrí los ojos y miré el techo y pensé en otra cosa a propósito, pensé en Andrés, aquí al lado, veinte años, el arroz con bogavante, la mano dormida buscando la mía, e intenté quedarme ahí, en lo mío, en lo legal, como quien intenta leer con la tele puesta.
Pero la tele era la voz. La voz diciendo Elena después de leerlo en un papel, y diciendo siéntese, por favor, y diciendo sigue, con lápiz, con esa letra rápida, y ya no era el examen de Julia donde lo escribía, y los antebrazos ya no estaban sobre la mesa, y aquella manera suya de darme tiempo, de mirarme dándome tiempo, ahora el tiempo era otro y era para otra cosa, y yo tenía el vino, y la mano, y cuarenta y tres años, y el resto no lo voy a contar porque hay puertas que se cierran incluso en un cuaderno, pero se cerró la puerta y no paré.
No paré, y fue breve, y fue callado, y fue —esta es la palabra que estuve evitando semanas y la escribo ahora de una vez— fue mucho.
Mucho como hacía años que no. Con el pulso en los oídos y la boca apretada contra mi propio hombro y mi marido respirando a cuarenta centímetros su fe en el día siguiente.
Después me quedé muy quieta.
Se quedó todo muy quieto, el cuarto, el techo, las farolas por la persiana.
El vino se había ido de golpe, con la eficacia con la que se va el vino cuando ya no lo necesitas, y en su sitio fue subiendo, despacio, minuciosa, la marea de después: qué he hecho.
Qué acabo de hacer. Dónde. Con qué cara.
Miré a Andrés, la espalda de Andrés, la camiseta de dormir de Andrés, veinte años de esa espalda, y me vino una vergüenza tan física que me tapó hasta la barbilla, y encima de la vergüenza, en fina capa, como la nata mala, otra cosa peor: la evidencia.
Porque una fantasía a lo mejor se elige, no sé, dicen que se eligen.
Pero lo que yo acababa de sentir no lo había elegido, había venido solo, llevaba meses viniendo solo, con llave propia, y ya no había manera honrada de llamarlo furia.
Me levanté al baño. Bebí agua del grifo con la mano. Me miré en el espejo con la luz pequeña, la de los sustos, y la mujer del espejo tenía las mejillas coloradas y el rímel de la celebración corrido y los ojos bocazas de mi madre, y le dije bajito, moviendo solo los labios:
—¿Tú qué estás haciendo?
No contestó. Nunca contesta. La apagué.
Volví a la cama, me tumbé en mi mitad exacta, sin invadir, como una buena vecina, y me quedé esperando el sueño con las manos cruzadas sobre el pecho, faraona otra vez, oyendo respirar a mi marido y el motor de la nevera y un coche muy de vez en cuando, y pensé que mañana era sábado.
Que había que ir al mercado. Que Julia quería no sé qué de una tinta.
Que la vida, gracias a Dios, está llena de cosas pequeñas y legales con las que llenar las manos.
Me dormí tarde. Soñé, y por la mañana no me acordaba de qué, y no hice ni un solo esfuerzo por acordarme.