Capítulo 6 #2
No sé qué esperaba. Dibujos de quinceañera, supongo.
Lo que había era un mundo. Medusas, muchas, medusas con los tentáculos convertidos en raíces de árbol, en pelo de mujer, en cables.
Manos. La cocina de casa desde la puerta, con un realismo que dolía: la lavadora, el trapo en su barra, mi delantal colgado con mi forma dentro, vacío de mí.
Un retrato de Alba muerta de risa que era más Alba que Alba.
Y hacia el final, uno a doble página: un aula, en sombra, con una pecera iluminada en la esquina y un pulpo sentado encima, y ni un solo alumno, y en la pizarra, pequeñísima, una frase que yo conocía y que no pensaba encontrarme allí, y que me cerró la garganta un momento por razones que no venían al caso o que eran todo el caso.
—Julia. —Elegí las palabras como quien pisa un río por las piedras—. Esto es muy bueno. No te lo digo de madre. Te lo digo de persona que está viendo esto.
Mi hija se encogió de hombros con las orejas rojas de felicidad, y Alba dijo "¿ves?, ¿ves?, es lo que yo le digo", y luego, porque es Alba, remató mirándome:
—Qué guay eres, Elena. Mi madre los cuadernos me los mira para ver si escondo algo.
—Tu madre te mira los cuadernos porque te quiere y trabaja doce horas.
—Ya, ya. —Se tiró en la cama—. Pero tú eres guay de otra manera.
Guay de otra manera. Me lo llevé al salón como quien se lleva una copa a escondidas, y me duró caliente toda la tarde, y no le conté a nadie que una niña de quince años con el flequillo torcido me había dicho la cosa más bonita del trimestre.
En Reyes, a Julia le trajeron —les trajimos, los Reyes somos dos y discutimos en el pasillo de una papelería técnica, donde Andrés quería "el maletín grande, que abulta más" y yo el criterio de la dependienta, que dibujaba— una caja de madera con lápices de verdad, grafito de todas las durezas, tinta, plumillas, y un cuaderno de papel grueso "del que no traspasa".
La abrió en el salón, delante de todos, y la estuvo tocando en silencio, lápiz por lápiz, tanto rato que los gemelos de Luis perdieron el interés, y luego vino, me abrazó a mí, abrazó a su padre, y se llevó la caja a su cuarto como se llevan las cosas sagradas, sin correr.
—¿Hemos acertado? —me preguntó Andrés, bajito, en el sofá.
—Hemos acertado.
—Menos mal, porque el maletín grande abultaba más.
Veinte años de este hombre. Le puse la mano en la rodilla y la dejé ahí un rato, y él puso la suya encima, y así estuvimos, viendo a los gemelos destrozar el papel de regalo, y fue un buen momento, quiero que conste, fue un momento francamente bueno.
* * *
La vuelta al trabajo fue el 7 de enero, y el 9 le hicimos la despedida a Sagrario: canapés de mercadona en la sala de reuniones, un pergamino de broma que redactó Nuria ("a la mujer que sobrevivió a cuatro gerentes y dos programas informáticos"), y Sagrario llorando a su manera, que es regañando, "no me hagáis esto, que se me corre el rímel, desgraciados".
Me dio dos besos y me retuvo por los codos.
—Te dejo el chiringuito. —Me miró por encima de las gafas—. Tú vales más que este sitio, Elena. Yo también valía. No te quedes las horas que me quedé yo, que no las paga nadie y no las devuelve nadie.
El lunes 12 me senté en su mesa, que ahora era la mía, junto a la ventana que da al patio de carga, y me pasé la primera semana descubriendo que coordinar es que todo el mundo llame a tu extensión.
Me gustó. Me gustaba llegar y que hubiera cosas que solo podía decidir yo, y me gustaba mi ventana de camiones, y me gustaba Nuria entrando con dos cafés y el parte del día, "jefa, tenemos un lío bonito en devoluciones", como quien anuncia un plan estupendo.
Una tarde de esa semana, ya de noche en casa, con Andrés dormido y la casa apagada, me pasó una cosa que también prometí contar.
Estaba en la cama con el móvil, repasando tonterías, y el pulgar me llevó solo al buscador, y en el buscador, sin que yo firmara la orden en ningún momento, aparecieron escritas cuatro palabras: gabriel lastra biología marina.
Y el buscador, que no tiene madre, me lo trajo todo en medio segundo: un artículo antiguo de un periódico regional, "Investigadores asturianos estudian la migración de la medusa luminiscente", de hacía doce años, con una foto de un grupo en la cubierta de un barco oceanográfico, y allí estaba, el segundo por la izquierda, más joven, sin canas, moreno de meses de mar, riéndose de algo con la cabeza echada hacia atrás, con una risa que yo no le había visto ni le vería nunca, porque a mí me tocaba el otro, el de tierra adentro, el de las gafas plegadas despacio.
Miré la foto el tiempo exacto que se puede mirar una foto antes de que cuente como mirarla.
Lo pasé. Leí dos líneas del artículo, las medusas hacían no sé qué cuando el agua se calentaba.
Cerré el navegador, borré el historial —borré el historial, cuarenta y tres años y borrando historiales—, dejé el móvil en la mesilla boca abajo y me quedé mirando el techo con las manos cruzadas sobre el pecho como una faraona enfadada.
Medusas. La niña llenaba cuadernos de medusas.
Me dormí tarde, hecha un lío, y el lío tenía una parte buena y no pensaba mirarla, y una parte mala y no pensaba mirarla tampoco, y así, sin mirar nada, con los ojos cerrados a oscuras, que es la técnica que mejor me ha funcionado siempre, esperé enero a que llegara febrero.
Febrero llegó. Febrero siempre llega.