El vestido verde Capítulo 6
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Capítulo 6

La Nochebuena la hacemos en casa desde que murió mi padre, porque mi madre dice que en la suya le sobra mesa, y viene ella, y vienen mis suegros, y viene mi cuñado Luis con su mujer y los gemelos, que tienen siete años y una energía que debería estudiarla el CERN.

Yo cociné, Andrés ofició de sumiller y de retirador de gemelos de encima del árbol, y todo transcurrió por el guion de todos los años: mi suegra elogiando el cordero con esa sintaxis suya en la que cabe una enmienda ("riquísimo, hija, yo le pongo menos ajo, pero riquísimo"), Luis hablando de la hipoteca, mi madre mirándome de reojo cada vez que yo me levantaba a por algo, que es su manera de preguntarme si soy feliz.

El único bache llegó a los postres, cuando mi suegra le preguntó a Julia por las notas.

—Muy bien —dijo Julia, con la cortina de pelo a medio cerrar—. Todo nueves.

—¿Todo? —Mi suegra tiene radar—. ¿Todo todo?

Vi a mi hija apretar la cuchara del flan y me oí intervenir antes de decidirlo:

—Ha suspendido una, biología. —Silencio en la mesa. Mi suegra abriendo la boca—. Y no pasa nada. Se recupera en febrero y punto. En esta familia también se suspende, no somos de la NASA.

Julia me miró un segundo por entre el pelo. No dijo nada. Pero cogió otro trozo de turrón, y llevaba toda la cena sin comer casi, y yo apunté ese turrón en la columna de las victorias, que las madres llevamos una contabilidad que no sale en ningún máster.

Mi madre, en la puerta, al despedirse, me retuvo la mano un momento de más.

—Estás guapa —me dijo. En mi familia "estás guapa" es un idioma entero—. ¿Estás bien?

—Estoy bien, mamá.

—Ya. —Me colocó un mechón detrás de la oreja, cosa que no me hacía desde los cuarenta años menos uno—. Bueno. Tú sabrás cuando no, que para eso están las madres.

Y se fue calle abajo con su abrigo bueno, dejándome en el descansillo con la sospecha de siempre: que esta mujer me lee el pensamiento y tiene la elegancia de fingir que no.

* * *

El viernes 26 tocaba El Trasgu, edición navideña, que es igual que la normal pero con el local lleno de cuñados y Bea con un jersey de renos que se pone irónicamente desde hace tantos años que ya no es irónico.

Marga llegó de verde esmeralda, escotada como un ocho de marzo, y traía crónica: el arquitecto de las vigas vistas había intentado regalarle por Navidad "una experiencia de spa para dos", y Marga le había devuelto la experiencia y de paso al arquitecto.

—¿Por un spa? —se escandalizó Bea.

—Por el "para dos", cariño. Para dos ya tengo yo mis planes. Un spa para dos es un anillo con albornoz. —Se sirvió vino—. Le vi la intención como se ve venir un camión.

Rocío venía de trabajar el día de Navidad, con las ojeras en modo diciembre, y nos hizo el parte del hospital, que en Navidades es un género literario en sí mismo: el señor que se atragantó con un polvorón por hacer la gracia de comérselo sin beber agua, la familia entera intoxicada por unos langostinos de dudosa biografía.

Sonia llegó puntual por primera vez en la historia, cosa rara, y estuvo rara toda la cena: reía medio segundo tarde, se estiraba el jersey por las muñecas al doble de frecuencia habitual, y a la tercera copa, que Sonia jamás pasa de la segunda, se le escapó la costura.

—Qué suerte tenéis —dijo, mirando su copa—, las que os quejáis de que los maridos están mucho en casa.

Se hizo un silencio de medio palmo. Nadie se había quejado de eso, pero nadie lo señaló.

—El mío entre el hospital y los congresos... —Se rió sin ganas, agitó la mano como quien espanta el tema—. Nada, tonterías mías. Que son fechas muy intensas, ¿a que sí? Muy intensas.

Y volvió a ponerse el jersey de persona perfecta, y Bea la rescató sacando fotos de su sobrina, y yo me quedé un rato mirando a Sonia por el rabillo, con una ternura nueva y con un pensamiento innoble del que no estoy orgullosa: que su casa de catálogo también crujía, y que saberlo me aliviaba en un sitio pequeño y feo que no sabía que tenía.

En el perchero, poniéndonos los abrigos, Marga me acorraló con la técnica de siempre, que es no acorralar nada, solo acercarse oliendo a su perfume y decir las cosas mirando a otra parte.

—¿Y el cretino guapo? ¿Sabemos algo?

—Ni lo he vuelto a ver.

Mentira número dos. La primera fue "de comprar" y esta fue "ni lo he vuelto a ver", y las dos salieron solas, redondas, sin esfuerzo, con una facilidad que me asustó más que las mentiras mismas. Marga me subió la cremallera del abrigo hasta arriba, maternal como un sargento.

—Mejor —dijo—. Porque tienes una cara últimamente, Elenita, que no me la explico solo con las facturas.

* * *

La pregunta la estrené el domingo 28, en una cena de diario, sopa y tortilla, elegida a propósito por su falta total de solemnidad.

Me había pasado el día ensayándola y aun así me salió con voz de examen oral:

—Se me ha ocurrido una cosa. Un juego, o no sé si es un juego. Cada uno dice en qué se ha equivocado esta semana. —Andrés levantó la vista de la tortilla con la cara del que oye llover dentro de casa—. Empiezo yo.

Y conté lo del pedido de los manguitos. Que es una historia idiota y por eso la elegí: en noviembre validé un pedido de trescientos manguitos del calibre equivocado, por ir deprisa, por no repasar, y el error durmió en el almacén hasta diciembre, cuando el cliente montó la mundial, y me tocó llamar, tragar y rehacer, y estuve dos días con el estómago cerrado sin contárselo a nadie.

Lo conté entero. Con el estómago incluido.

—¿Trescientos? —dijo Julia.

—Trescientos.

—¿Y qué pasó?

—Que pedí perdón, lo arreglamos, y el cliente sigue siendo cliente. Y que ahora reviso los calibres dos veces, que para eso sirvió.

Silencio. Andrés masticaba mirándome como se mira una obra en la casa del vecino: con interés y con miedo de que se te contagie.

—Te toca —le dije.

—¿A mí? —Se limpió con la servilleta, ganando tiempo—. Pues no sé... Yo esta semana... A ver, si acaso, que soy demasiado confiado con la gente, eso sí.

—Papá. —Julia, sin levantar la vista del plato, con la media sonrisa asomando por la cortina—. Eso es lo que se dice en las entrevistas de trabajo.

Me reí. Se me escapó, de verdad, con sopa y todo, y Andrés nos miró a las dos, ofendidísimo durante tres segundos exactos, y luego se rindió, y hay que reconocerle esto: cuando se rinde, se rinde bien.

Se quitó las gafas, cosa que hace para pensar, y contó lo de Valladolid.

Que la reunión famosa de octubre había salido regular por su culpa, porque dio por hecho un plazo sin confirmarlo por escrito, de veterano, de confiado, y el proveedor se agarró a eso, y llevaba desde entonces arrastrando el marrón y sin contarlo en casa "para no dar la murga".

—¿Y por qué no lo habías contado? —preguntó Julia.

—Pues... —Andrés miró su tortilla como si la respuesta estuviera allí—. No sé, hija. Porque queda mal, supongo. Un padre contando que la ha fastidiado.

—Qué va —dijo Julia. Bajito, pero lo dijo—. Queda mejor.

Y entonces le tocaba a ella, y yo me puse a recoger un plato que no hacía falta recoger, para quitarle mis ojos de encima, y mi hija estuvo un rato callada dándole vueltas al vaso de agua, y luego habló.

Cinco minutos. Puede que seis. De los exámenes de Lastra, de la pregunta cinco y la pregunta seis, del momento exacto en que la cabeza se le pone blanca, "como cuando la tele antigua de la abuela perdía el canal, ¿sabes?

", de que en el fondo no es que no sepa, es que le da pánico ponerlo mal y que él lo lea, y de que le da más pánico todavía porque es el profesor que más le gusta cómo enseña, "y no quiero que piense que soy tonta, y ya sé que es una tontería, no hace falta que me lo digáis".

No se lo dijimos. Andrés, que estará dormido en muchas cosas pero en las importantes despierta, no le soltó ni un consejo, ni un "tú tranquila", ni un "eso se pasa": le contó que él en los exámenes orales de la carrera sudaba tanto que llevaba dos camisas, una puesta y otra en la mochila.

Julia se rió. Mi hija se rió en la mesa, de noche, con nosotros, y yo seguí recogiendo platos limpios para que nadie me viera la cara, y pensé, con una mezcla de gratitud y de rabia que no le desearía a nadie, que aquella cena nos la había recetado un hombre por cuya culpa yo llevaba ya dos mentiras dichas a los míos, sin que él lo supiera ni fuera a saberlo nunca.

La pregunta se quedó. Aviso para quien pruebe: engancha. La hicimos el lunes, y el viernes, y Julia empezó a llegar a la mesa con los errores preparados, como quien trae deberes que le gustan.

* * *

Alba se instaló en casa la semana de fin de año, en régimen de casi pensión completa, porque Rocío encadenaba turnos y la abuela estaba peor y yo le dije que aquí una silla más ni se nota.

Se nota. Alba se nota entera, con su flequillo nuevo cortado por ella misma la noche de Navidad, "un poco homenaje a mi madre, un poco accidente", y su costumbre de comentar en voz alta todo lo que pasa por su campo visual.

Pero con Alba dentro, la puerta del cuarto de Julia se queda abierta, y por esa puerta abierta salía una banda sonora que yo llevaba meses sin oír: mi hija hablando. Hablando mucho. Riéndose.

El 30 por la tarde pasé por el pasillo con la ropa doblada y Alba me interceptó desde dentro:

—¡Elena, ven! ¿A que no has visto el cuaderno? —Y a Julia, que protestaba—: ¿Cómo que no? Si es buenísimo, hija, qué vergüenza ni qué nada. Enséñaselo.

El cuaderno era una libreta gorda de tapas negras, con la goma dada de sí de tanto uso. Julia me la tendió sin mirarme, con ese gesto de quien entrega algo al fuego, y yo me senté en su cama y la abrí despacio.