El vestido verde Capítulo 14
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Capítulo 14

El apartamento es el de siempre, tercero sin ascensor, a dos calles de la playa, con la vajilla desparejada y el sofá que le come la espalda a Andrés, y este año nos parece un palacio, porque los sitios son según se llega a ellos y nosotros hemos llegado bien.

Andrés está en su salsa. Las vacaciones son el único territorio del mundo donde mi marido improvisa, y su manera de improvisar es organizarlo todo con dos días de antelación: que si mañana marea baja a las once y media, ideal para andar por la orilla, que si el jueves sardinada en el puerto, que ya ha apuntado los nombres, que si el faro se ve mejor con la bajamar.

Lleva una gorra que le regaló Julia hace mil años, verde, horrorosa, y unas chanclas nuevas idénticas a las viejas, y cada mañana baja a por el pan y el periódico y vuelve silbando, y hay que quererlo, y da la casualidad de que yo lo quiero.

Julia se trajo la caja de madera entera, todas las durezas de grafito, y Alba se nos unió el segundo fin de semana, porque Rocío encadenaba turnos —y porque, sospecho, quería sus propios fines de semana con el fisio, que ya van cuatro y contando, y me alegro, mira, con todas las letras—.

Así que tengo dos adolescentes tostándose en la playa y una banda sonora de risas en el cuarto pequeño, y tengo a mi hija dibujando otras cosas: se le acabaron las medusas, por lo visto, o no se le acabaron, pero les salieron vecinas.

Dibuja el puerto con sus barcas. Dibuja señoras mayores en la orilla, con esos bañadores de flores y esa dignidad de estatua, "es que son buenísimas, mamá, mira cómo ponen las manos".

Dibujó a su padre dormido en el sofá con el periódico en la cara y la gorra puesta, y el retrato es tan exacto que Andrés lo ha pegado en la nevera del apartamento con cinta, "para que conste mi mejor perfil".

Y a veces, por la noche, en la terraza, abre el cuaderno y nos va enseñando, ella misma, sin que nadie se lo pida, pasando las hojas despacio, y Alba comenta cada lámina como una subastadora, y yo miro los dibujos y miro a mi hija enseñándolos y pienso que este curso, sea lo que sea lo que me haya pasado a mí por dentro, ha sido el mejor negocio de mi vida.

Los sueños no han vuelto.

Lo digo así, con esta sencillez, porque así fue: la primera noche de vacaciones dormí once horas seguidas, sin visitas, y la segunda igual, y a la tercera entendí que se habían ido, que aquella reunión de veinte minutos con las sillas que se van las últimas había sido, sin que yo lo supiera al reservarla, el trámite de cierre.

Un capítulo cerrado en persona, como dijo quien lo dijo, que de contraventanas sabe un rato.

Lo que no se fue —y esto también lo escribo con sencillez, que para vergüenzas ya no estamos— fue el fuego.

El fuego se quedó. Se conoce que el cuerpo, una vez despierto, no mira el calendario escolar: yo seguía encendida, seguía andando con las cosas en su sitio, seguía notándome la piel, solo que ahora todo aquello ya no tenía dirección postal, se había quedado sin destinatario, dando vueltas por casa como un gato.

Y el gato, la primera semana de playa, se subió a mi cama.

No voy a hacer literatura de esto, o la justa: una noche, después de la sardinada y el vino blanco, con las niñas en el paseo y la ventana abierta y el ruido del mar, fui yo.

Fui yo la que cruzó los treinta centímetros de cama que llevaban años siendo los más anchos del mundo, y Andrés tardó un momento en entender qué estaba pasando, un momento de verdad, con su cara de recibir información antigua por un canal nuevo, y luego lo entendió muy bien.

Y tres noches después, otra vez, y también fui yo, y esa segunda vez, en lo oscuro, mi marido se rió bajito, de pura sorpresa feliz, y dijo "pero bueno, ¿y esto?

", y yo le dije "el mar, que me sienta bien", y no era mentira, o era una mentira con casi todo verdad dentro, que son las únicas que me permito ya.

Dos veces en una semana. Sé que dicho así, en frío, parece el marcador de un partido de tercera regional.

Pero en esta casa, con nuestros números de los últimos años, aquello fue una goleada histórica, y lo que importa no es la cifra: es que Andrés se pasó esos días de un buen humor de estreno, silbando más, cocinando más, mirándome al pasar como se mira algo que creías archivado y resulta que sigue en uso, y que yo descubrí que el fuego, puesto a arder en la chimenea de casa, calienta igual.

Arde distinto, no voy a mentir en la última página.

Pero calienta igual, y no quema a nadie, y de las dos cosas que sé hacer con lo que me pasó este año, esta es la que elijo.

A Marga la llamé desde el paseo marítimo, la segunda tarde, con las niñas bañándose y Andrés en su silla plegable con el periódico del día siguiente, que es un decir.

—Cuéntame —dijo, que es como contesta ella siempre.

—Fui.

Silencio al otro lado. Un silencio de ponerse cómoda.

—El jueves antes de venirnos. A darle las gracias.

—Miré el mar—. Veinte minutos. Estaba recogiendo el aula en cajas.

Le di las gracias, le pedí perdón por lo de octubre, me dijo que era su trabajo, me deseó buen verano y me dio la mano.

Y me vine. Y no pasó nada, Marga. Nada de nada.

Y estoy... —busqué la palabra con calma, porque se la debía exacta— estoy en paz.

Todo genial, de verdad. Duermo de un tirón.

Estamos todos muy bien. Mejor que en años.

Marga estuvo callada un poco más, y en ese poco más cupo todo lo que las dos sabíamos y ninguna iba a decir en voz alta jamás: el vestido, que no le conté nunca y que olió desde el primer día; el trayecto en coche, que es mío y se viene conmigo a la tumba; la diferencia entre no pasó nada y no pasó nada de puertas afuera.

Todo eso cruzó la línea telefónica en un silencio de seis segundos, ida y vuelta, con acuse de recibo.

—Me alegro, cariño —dijo por fin, y le salió la voz de debajo del perfume—. De verdad que me alegro.

—Ya lo sé.

—Una cosa te digo. —Y ahí volvió la Marga de siempre, la oí recolocarse el teatro—: La lista te ha quedado corta, pero apuntado tienes. Tú ya no te mueres en blanco.

Y colgó antes de que yo pudiera contestarle, que es su manera de ganar todas las conversaciones, y yo me quedé riéndome sola en el paseo marítimo como una señora a la que le da el aire, y una señora que pasaba me sonrió, y yo le sonreí, que en verano estas cosas se permiten.

* * *

Y ya está. Esto se acaba aquí, y se acaba esta tarde.

Estoy en la playa, sola, a la hora en que la playa se queda para los de las cosas serias: los del baño largo, los del perro, los de mirar.

Andrés y las niñas han subido a ducharse, hemos quedado para cenar a las nueve.

El sol se está poniendo por detrás del espigón y lo pinta todo de ese naranja que no se puede contar, y pasa gente por la orilla, parejas, una familia con un niño que no quiere irse, y a unos cien metros, hacia las rocas, unos chicos han montado una hoguera grande, de fiesta, con música baja todavía y alguien afinando una guitarra, esas hogueras de julio que se encienden porque sí, porque es verano y hay madera y veinte años.

Tengo el cuaderno en el regazo. Este cuaderno.

Lo compré hace tres días en el bazar de la calle del apartamento, entre las palas y las colchonetas, uno gordo, cuadriculado, de tapas duras, y llevo tres tardes escribiéndolo a esta misma hora, en esta misma arena, poniendo en orden un curso entero, de octubre a julio, tal como me lo sé.

Lo empecé sin saber del todo para qué y lo he sabido esta tarde, al llegar a estas últimas hojas: lo empecé para poder acabarlo.

Aquí dentro está todo. La mujer que doblaba sábanas contando las que le quedaban.

Las dos reuniones y las tres notas a lápiz.

Los contadores, las avispas, el país sin aduanas.

El vestido verde, que ha venido de vacaciones, por cierto, y se ha estrenado en público en una cena, con sujetador de trampa cosido por mí, y Andrés casi tira la copa.

Los sueños numerados que ya no vienen pero que me sé.

El trayecto en coche que no le contaré a nadie nunca.

Un hombre al que vi tres veces en mi vida y que me la cambió sin tocarme, sin saberlo, sin quererlo seguramente, arreglándole el curso a mi hija y desordenándome a mí entera, y al que le debo, todo junto y a partes iguales, la niña nueva que tengo, la mujer nueva que soy y el año más difícil y más vivo que recuerdo.

No me arrepiento de nada. Ni de lo que hice ni de lo que no hice, que esa lista, por una vez, la cierro yo.

Y no lo olvidaré. Eso es lo último que quiero dejar escrito, la frase entera, para que quede: pase lo que pase, dure lo que dure esta vida buena que tengo y que pienso cuidar, nunca lo olvidaré.

Cierro el cuaderno.

Me levanto, sacudo la arena de la falda, y echo a andar por la orilla hacia las rocas, con las chanclas en la mano y el agua fría comiéndome los tobillos.

La hoguera está ya alta, crepitando, y los chicos se ríen de algo alrededor, dorados de fuego, guapísimos como es guapo todo el mundo a esa luz y a esa edad.

Nadie me mira llegar. Una señora en la playa, a la puesta de sol.

Me acerco por el lado del viento. El calor me da en la cara como una puerta que se abre.

Y lo lanzo.

El cuaderno cae en el centro, levanta un enjambre de chispas hacia el cielo violeta, se dobla, se enciende entero.

Uno de los chicos levanta su lata hacia mí, brindando por la locura de las señoras, y yo le sonrío, y me quedo justo el tiempo de ver cómo las hojas se van poniendo naranjas y luego negras y luego nada, octubre, diciembre, abril, todo camino del cielo en pavesas.

Y me voy caminando por la orilla, hacia la cena de las nueve, hacia los míos, con las chanclas en la mano.

Sin mirar atrás. Sabiéndomelo todo de memoria.