El vestido verde Capítulo 4
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Capítulo 4

La nota del trabajo llegó la primera semana de noviembre, un jueves, por la aplicación del colegio. Un nueve.

Un nueve para los cuatro.

Lo miré en la pantalla del móvil, en la cola de la charcutería, y se me debió de poner una cara importante, porque la charcutera me preguntó si me encontraba bien.

Un nueve para mi hija, que se había dejado tres semanas de sueño, y un nueve para Covadonga, para Lucía y para el del pulgar hacia arriba. Idéntico. Democrático. Precioso.

Aquella tarde estuve tres cuartos de hora con el móvil en la mano y el chat de madres del colegio abierto.

Tenía el mensaje redactado. Lo tenía bueno, además: sereno, elegante, con la palabra "equitativo" puesta en un sitio donde hacía daño.

Solo había que darle a enviar y dejar que la naturaleza siguiera su curso, que en un grupo de cuarenta y dos madres el curso de la naturaleza es rapidísimo.

No lo envié.

Y quiero dejar constancia de por qué no lo envié, porque me costó admitírmelo a mí misma: no fue por prudencia, ni por elegancia, ni por proteger a Julia de un lío.

Fue porque en el momento exacto de darle a enviar oí la voz de aquel cretino diciendo no monte un grupo de WhatsApp, con aquella calma suya de estar de vuelta de todo, y comprendí que si lo enviaba, y él se enteraba, que se enteraría, aquello sería darle la razón en algo.

No supe explicarme en qué. Pero borré el mensaje letra a letra, cabreadísima, sintiendo con total claridad que no le hacía caso a él, que era una decisión mía, absolutamente mía, y sabiendo con la misma claridad que eso era mentira.

Con Julia lo intenté de frente, esa noche, mientras ella secaba los platos.

—He visto la nota del trabajo. Un nueve, muy bien.

—Ya.

—¿Y no te fastidia? —No pude evitarlo—. Que ellos tengan lo mismo.

Mi hija estuvo un rato callada, dándole vueltas al trapo por dentro de un vaso, mucho más rato del que necesita un vaso.

—Sí —dijo al final. Y luego, tan bajito que casi me lo pierdo—: Pero es que la que no dijo nada fui yo.

Y se fue a su cuarto con su cortina de pelo por delante, dejándome en la cocina con el corazón encogido, porque aquella frase era la más larga que me había dedicado en semanas y porque, maldita sea, era exactamente lo que había dicho él.

No sabe reclamar lo suyo. Mi hija acababa de decirlo con otras palabras, secando un vaso, y a mí nadie me había preparado para que las dos personas que más rabia me daban del mundo estuvieran de acuerdo.

* * *

Lo del ascenso fue el lunes siguiente y fue, como todo lo importante en Suministros Vega, profundamente antiestético.

Don Ernesto, el gerente, me llamó a su despacho a las nueve y diez, que es su hora de dar disgustos, así que entré haciendo memoria de qué podía haber cuadrado mal.

El despacho de don Ernesto huele a puro de los años noventa aunque ya no fuma, y tiene en la pared un calendario de un proveedor de rodamientos con una foto de los Picos de Europa.

Me senté donde me dijo. Setenta años mal llevados con americana marrón, don Ernesto, y una manera de hablar mirando los papeles que hace que una nunca sepa si le están comunicando algo o se lo están confesando.

—Sagrario se nos va en enero. —Movió un papel—. Prejubilación. Usted lleva aquí... ¿cuánto?

—Once años.

—Once años. —Lo apuntó, como si fuera un dato difícil de retener—. La coordinación del área queda vacante. El puesto lleva un complemento. No es ninguna fortuna, ya le aviso, que luego se hacen ilusiones. ¿Lo quiere o abro proceso?

Así. Tal cual. Once años resueltos en cuatro frases y un calendario de rodamientos de testigo.

—Lo quiero —dije.

—Pues arreglado. —Y levantó la vista por primera vez, medio segundo, y añadió una cosa insólita—: Ya era hora, ¿no?

Que es lo más parecido a un ramo de flores que ha dado ese hombre en su vida.

Salí del despacho por el pasillo de las fotocopiadoras conteniendo una sonrisa que se me escapaba por las esquinas, y no llegué a la mesa: Nuria me interceptó a la altura de la máquina de café, me leyó la cara en un segundo —esa niña lee caras como yo leo facturas— y soltó un gritito que hizo asomarse a dos de contabilidad.

—¡Lo sabía! —Me agarró de los brazos. Llevaba un jersey de rayas metido por dentro del pantalón, una cosa que si me pongo yo me detienen—. ¿Ves? ¿Qué te dije yo en octubre? Jefa. Jefa de verdad. Esto hay que celebrarlo, hoy te secuestro al vermú.

—Hoy no puedo, tengo...

—No me importa nada de lo que venga detrás de ese "tengo". Un vermú. Una caña. Quince minutos de tu nueva vida de mujer poderosa, Elena, me lo debes.

Fuimos al bar de abajo a la salida. Quince minutos que fueron cuarenta.

Y en aquella mesa alta, con una caña y unas aceitunas, me pasó una cosa que me dio que pensar en el autobús de vuelta: me lo pasé bien.

Sin más. Nuria me contó el desastre de su última cita de aplicación, un tipo que se presentó con una camiseta de un grupo "y en la foto salía con americana, Elena, con americana, eso es publicidad engañosa", y yo me reí con ganas, y hablamos de trabajo, de la cara que pondría Sagrario, de si me cambiarían de mesa, y en ningún momento, en ninguno, hablé de nadie más que de mí.

Ni de Julia, ni de Andrés, ni de la casa.

Cuarenta minutos siendo Elena a secas. No recordaba la última vez.

* * *

En casa lo celebramos el viernes, que Andrés teletrabajaba y le daba tiempo a cocinar.

Puso el mantel bueno, hizo su arroz con bogavante, que es su plato de las grandes ocasiones y le sale, todo hay que decirlo, espectacular, y compró un albariño que el de la tienda le había recomendado.

Es su manera. Ya lo he dicho: mi marido quiere resolviendo, y aquella noche me quiso con mantel, con arroz y con una botella bien elegida, y yo lo sé ver, conste. Lo sé ver.

—Por la coordinadora —dijo, levantando la copa—. Que ya era hora de que en esa cueva se enteraran de lo que tienen.

—Ya era hora, ha dicho don Ernesto.

—¿Eso ha dicho? Fíjate. Se jubila el hombre y le da por la justicia. —Sirvió a Julia una gaseosa con gesto de sumiller—. Señorita, brinde usted por su madre.

Y Julia levantó su vaso, y por entre la cortina de pelo asomó una sonrisa de las de verdad, de las que me dejan sin aire, y dijo "por mamá", dos palabras, y yo brindé con mi familia pensando que era feliz, y lo era, esto es lo que nadie entiende de esta historia y lo que yo más necesito que se entienda: lo era.

Después de cenar, Julia se fue a su cuarto y al rato salió, me puso delante un papel doblado y desapareció sin esperar.

Era un dibujo. A lápiz, sombreado como ella sabe: una mujer pequeñita, con mi melena y mi americana azul, subida a lo alto de una montaña de carpetas y archivadores, plantando una bandera.

La bandera era una factura. Me reí y se me saltaron las lágrimas a la vez, todo junto, y guardé el papel en el cajón de mi mesilla, donde sigue, y donde estará cuando yo me muera, aviso.

Aquella noche, ya en la cama, con el vino aún en el cuerpo y el día entero calentándome por dentro, me arrimé a Andrés.

De una manera concreta. Las parejas de veinte años tenemos un idioma de gestos para esto, un protocolo antiguo, y yo lo activé entero: la mano en su pecho, la cara en su cuello, la pierna por encima.

Andrés me besó el pelo, me acarició el brazo, arriba y abajo, dos veces.

—Qué bien ha salido el arroz, ¿eh? —dijo.

—Buenísimo —dije yo.

Me apretó contra él, cariñoso, y a los cinco minutos su respiración se volvió lenta y profunda, y la mano que me acariciaba el brazo se quedó quieta, apagada como se apaga una radio, y yo me quedé mirando la raya de luz de la persiana con mi protocolo entero puesto y ningún sitio adonde llevarlo.

No me enfadé. Eso es lo peor, que ya ni me enfadé.

Le retiré el brazo con cuidado, como se recoge la mesa, me di la vuelta y me puse a repasar el día para quedarme con lo bueno, que era mucho: el despacho de don Ernesto, la risa de Nuria, el arroz, la bandera-factura de mi hija.

Con eso debía bastar. Con eso basta, me dije.

Y ya me estaba durmiendo, ya casi, cuando el pensamiento se me escapó de las manos un momento, como se le escapa la correa a quien pasea un perro grande, y se fue derecho, sin pedir permiso, a un aula con una pecera, a una voz grave diciendo Elena después de leerlo en un papel.

Lo traje de vuelta de un tirón. Me dormí enfadada.

Conmigo, esta vez. Que es la peor manera.