El vestido verde Capítulo 3
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Capítulo 3

Cenamos el último viernes de cada mes en El Trasgu, un sitio de raciones donde nos conocen tanto que ya ni nos dan carta.

La mesa del fondo, la de siempre, junto a la ventana.

Llevamos años llamándolo "la cena de las chicas" con esa mezcla de cariño y burla con que se llaman las cosas que una necesita más de lo que confiesa.

Llegué la segunda. La primera, como siempre, Bea, que ya había apartado la banqueta libre para los bolsos y me señaló el sitio del mío antes de que me quitara el abrigo, porque Bea es la persona que en cualquier grupo humano acaba a cargo de los bolsos, los cumpleaños y la paz mundial.

Cuarenta y dos años, media melena con diadema, un jersey rosa palo de esos que ella llama "monos" y que compra por triplicado en colores hermanos.

Me abrazó como abraza ella, apretando de verdad.

—Estás guapa —me dijo—. ¿Te has hecho algo?

—Cansancio. Es muy tendencia.

Rocío entró casi corriendo, porque Rocío entra en todas partes casi corriendo, con el plumífero abierto, la coleta a medio deshacer y las zapatillas de correr que jamás han corrido.

Venía del turno de tarde del hospital, oliendo ligeramente a jabón de allí, y se dejó caer en la silla como se derrumba un edificio con dignidad.

—No preguntéis —dijo—. Vino. Del que sea. En cantidad.

—¿Tu madre?

—Mi madre, mi hijo mayor, la lavadora y un señor que hoy me ha llamado "guapina" mientras le sacaba sangre y luego ha intentado tocarme el culo con setenta y nueve años y una vía puesta. Por ese orden.

—¿Y qué has hecho? —preguntó Bea, escandalizada.

—Apretarle la goma un poquito más de la cuenta. —Rocío se sirvió pan—. Sanidad pública, cariño. Nos defendemos con lo que hay.

Sonia llegó a las nueve y cuarto, pidiendo perdón desde la puerta, aunque llegar la última también es su manera de entrar.

Venía impecable, porque Sonia viene impecable a todo, yo creo que a esta mujer un incendio la pillaría conjuntada: abrigo camel sobre un punto crema, las mechas recién hechas, el brillo justo de oro bueno en las orejas.

Se sentó estirándose el jersey por las muñecas, que es su único tic, y pidió un vino blanco "muy frío, porfa" con esa sonrisa suya de anuncio de yogur.

—Bueno —dijo, desdoblando la servilleta—. Contadme todo.

—Falta Marga —dijo Bea.

—Marga llega en el segundo plato, como la primavera —dijo Rocío—. Empezad sin ella o morimos de hambre.

Pedimos lo de siempre y algo nuevo para poder criticarlo, y la conversación echó a andar por sus raíles: los hijos, los colegios, la madre de Rocío, la reforma eterna del baño de Bea. Yo aguanté hasta las croquetas, y en las croquetas, como quien no quiere la cosa, lo solté.

—El martes fui a ver al tutor de Julia.

—¡Ay, sí! —Sonia se iluminó—. El de ciencias, ¿no? ¿Lastra? Carlota lo adora. Dice que es el mejor profesor que ha tenido en su vida. Exigente, ¿eh?, pero dice que explica que da gusto.

Vaya. Empezábamos bien.

—Pues conmigo estuvo de un borde que no os hacéis una idea.

Y lo conté. Versión cena de las chicas: el trabajo en grupo, mi hija cargando con todo, mi entrada razonable y educada, su no a palo seco, lo de deje que se ahogue un poco.

Me salió bien, me salió indignado y con ritmo, y a medida que lo contaba me iba indignando otra vez de verdad, que es lo bueno que tiene contar las cosas: se recalientan.

—Qué horror —dijo Bea, con las manos en las mejillas.

—Un prepotente —sentencié.

—Ya, pero... —Sonia se estiró el jersey por las muñecas—. ¿Y si tiene algo de razón? No te enfades, ¿eh? Pero Carlota me contó que en clase Julia nunca levanta la mano, y eso que se lo sabe todo, porque luego los trabajos...

—Sonia —dijo Rocío, sin levantar la vista de la croqueta—, la niña de esta se está dejando la salud y tú me la defiendes al profesor. Lee la sala, reina.

—¡Que no lo defiendo! Solo digo...

—Pues no digas.

Bea repartió paz y más pan. Yo me bebí medio vino de un trago y pensé, con fastidio, que lo peor de la frase de Sonia no era la frase: era que llevaba tres días dando vueltas a la reunión y había en ella una piedrecita que no conseguía sacarme del zapato.

¿Cuántas horas al día la ve usted? La piedrecita era que yo había contado las horas. Y no me habían gustado las cuentas.

Marga llegó, en efecto, en el segundo plato.

La vimos antes de verla, porque a Marga la precede su perfume y una manera de abrir puertas como si los locales fueran suyos y nos los alquilara.

Cuarenta y cuatro años, divorciada, sin hijos, "y mira qué bien se me ha quedado el cuerpo de no parir", frase registrada.

Aquella noche traía un vestido negro ajustado que en cualquiera de nosotras habría sido un disfraz y en ella era un lunes cualquiera, botas altas, la melena rubia con las raíces a la vista porque le da exactamente igual, y los labios rojos de rojo de verdad, no de rojo teja de madre seria.

Besó cabezas por orden, robó una patata del plato de Rocío y se sentó.

—¿Qué me he perdido?

—El tutor borde de la hija de Elena —resumió Bea.

—Ah, sí, el imbécil. —Me señaló con la patata—. Esta me llamó el martes que echaba humo. ¿Qué sabemos nuevo?

—Que la hija de Sonia lo adora —dijo Rocío.

—Y que es muy guapo —añadió Sonia. Todas la miramos. Se puso del color de su jersey—. ¡Lo dicen las madres del grupo! Yo no lo he visto, hija. Dicen que parece... no sé, que no parece profesor.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Bea.

—Que está bueno —tradujo Marga—. Cuando una mujer dice que un hombre "no parece" de su profesión, quiere decir que está bueno. ¿Está bueno, Elena?

Cuatro caras hacia mí. Y yo, que llevo toda la vida presumiendo de cara de póker en las reuniones de trabajo, noté con espanto que me subía algo por el cuello, el mismo calor exactamente del aula, y lo tapé como pude con el gesto de rellenarme la copa.

—Es un cretino —dije.

—Eso no es lo que he preguntado —dijo Marga.

—No me he fijado.

—Eso —dijo Marga, despacio, con su sonrisa de saber cosas— es todavía peor que un sí.

Me salvó el camarero, bendito sea, que llegó con el cachopo y desató la logística de repartir.

La conversación se fue a otra parte, a la última de Marga concretamente, que era un arquitecto de cuarenta y nueve, separado, "con un ático con vigas vistas y muy poca conversación, o sea, perfecto".

Lo contó todo, con detalle técnico y sin bajar la voz, y nosotras escuchamos como se escucha siempre a Marga: Bea santiguándose por dentro, Sonia diciendo "qué barbaridad" cada tres frases con los ojos brillantes, Rocío haciendo preguntas de contenido, y yo riéndome y guardando silencio a la vez, si eso se puede hacer, que se puede, llevo años.

A los postres, Marga miró hacia la barra dos veces.

La segunda vez, había allí un hombre de unos cincuenta, canoso, con una americana buena, que sostenía su copa mirándonos sin disimulo, o mirándola, porque a nosotras no nos mira nadie cuando está Marga en la mesa.

Ella hizo esa cosa que hace, que no es una sonrisa, es un cambio de voltaje, y a los diez minutos dijo que iba un momento al baño, y del baño a la barra hay un desvío de tres metros que Marga lleva años tomando.

La vimos hablar con él. La vimos reírse echando la cabeza atrás. La vimos volver a por el bolso y el abrigo.

—Niñas, me surge un compromiso —dijo, dejando dos billetes en la mesa—.

Bea, cielo, no me pongas esa cara que me arrugas.

Elena. —Se inclinó a darme un beso y me lo dijo bajito, solo a mí, con su perfume envolviéndome como una advertencia—: A los cretinos guapos ni caso...

o todo el caso del mundo, pero enfadada no, que se te nota.

—Y en voz alta, ya yéndose—: ¡Lunes hablamos!

Se fue con el de la americana. Por la ventana la vimos salir a la calle, cogerse de su brazo con la naturalidad de quien retoma algo en vez de empezarlo, y desaparecer calle arriba sobre unos tacones en los que yo no llegaría viva al primer semáforo.

Se hizo en la mesa un silencio pequeño.

—Pobre —dijo Bea, doblando su servilleta—. Tanto ir de flor en flor... En el fondo tiene que ser muy triste llegar a casa y no tener a nadie.

—Ya —dijo Rocío.

—Muy triste —dijo Sonia.

—Tristísimo —dije yo.

Y las cuatro nos quedamos un momento calladas, mirando cada una su copa, pensando cada una, estoy segurísima, en lo mismo que yo: en la cara que se le había puesto al de la americana cuando Marga se acercó a la barra, y en cuánto hacía que nadie nos miraba así a ninguna de nosotras, y en que hay penas que ya quisiera una para los viernes.

Bea pidió la cuenta. Sonia enseñó fotos de la comunión que está organizando.

Y yo volví a casa a las doce y cuarto, en un taxi que olía a pino artificial, mirando por la ventanilla las calles mojadas y pensando, por este orden, en mi hija, en las horas, en el vestido negro de Marga, y —medio segundo, otra vez ese medio segundo ridículo— en unos antebrazos apoyados en una mesa de profesor.

En casa, Andrés dormía con la tele puesta.

La apagué. Me metí en la cama con cuidado de no despertarlo, y él, entre sueños, me buscó la mano y me la apretó, como hace desde hace veinte años, y yo se la apreté también, como hago desde hace veinte, y me quedé mirando el techo un rato largo, con la mano de mi marido en la mía y la cabeza en ninguna parte buena.