El vestido verde Capítulo 2
13%

Capítulo 2

El martes me vestí para la guerra, aunque entonces no lo habría llamado así.

Lo habría llamado "ir arreglada". Delante del armario abierto, con la ducha aún humeando a mi espalda, descarté los vaqueros de diario porque quitan autoridad, descarté el traje de chaqueta gris porque parece que vas a un juicio, y acabé en el punto medio de siempre: pantalón negro de pinzas, camisa blanca, la americana azul marino que me hace hombros.

Ropa de decir soy una madre seria. Me miré en el espejo del baño mientras me secaba el pelo, y me hice el inventario que me hago últimamente, mitad auditoría, mitad tregua.

Cuarenta y tres años. Metro sesenta y siete.

Una melena castaña por los hombros que cada seis semanas cuesta cuarenta y cinco euros de parecer castaña de verdad.

Los ojos marrones, grandes, que según mi madre son lo mejor que tengo y según yo son unos bocazas: lo cuentan todo, siempre lo han contado todo, no han aprendido nada en cuatro décadas.

Un cuerpo que va bien para lo que se le pide, que últimamente es poco.

Tres kilos instalados en la cintura desde hace un par de años, con los que mantengo una relación de compañeros de piso: no nos queremos, pero ya ni discutimos.

Me pinté los labios. Un rojo tirando a teja, discreto.

Me los pinto cuando necesito sentirme capaz, es un truco tonto que funciona, y si funciona no es tonto.

Andrés pasó por detrás de mí camino de la ducha, en calzoncillos y camiseta, con esa media melena gris que le ha salido a traición y que le queda —esto me revienta admitirlo— francamente bien.

Es un hombre alto que se dobla un poco, como si llevara años pidiendo perdón por la estatura, con las gafas de pasta torcidas de dormirse con ellas y la barriga incipiente que él llama la curva de la felicidad.

La primera vez que hizo el chiste me reí. Van veinte años de chiste.

—¿Y ese pintalabios? —preguntó, con la brocha de afeitar en la mano.

—Tengo la reunión con el tutor de Julia.

—Ah, es hoy. —Se enjabonó la cara—. Dale caña, que la niña no está para que la mareen.

Y eso fue todo. Ésa fue toda la participación de mi marido en la batalla: dale caña. Ni se le pasó por la cabeza venir, y a mí ni se me pasó por la cabeza pedírselo, y en ese doble no-pasar-por-la-cabeza, ahora que lo pienso, había ya todo un diagnóstico que ninguno de los dos quiso leer.

* * *

El colegio por la tarde es otro país. Sin niños tiene algo de teatro vacío: los pasillos enormes, el olor a goma de borrar y a desinfectante, los trabajos de plástica ondeando en los corchos como banderas de un país pequeñísimo.

La conserje me indicó el aula de 4ºB, segunda planta, y subí las escaleras ensayando por última vez el discurso.

Lo llevaba estructurado en tres puntos, como me enseñaron en un curso de la empresa: situación, evidencia, petición.

Iba fuerte. Iba serena. Iba, sobre todo, convencida de que aquello duraría diez minutos.

La puerta del aula estaba abierta.

Lo primero que vi fue una pecera. Una pecera de verdad, burbujeando en la esquina, con un pulpo de peluche sentado encima como un vigilante jubilado.

Lo segundo, una pizarra llena de esquemas del aparato circulatorio, y en la esquina inferior derecha, enmarcada en un recuadro de tiza para que nadie la borrara, una frase: Equivocarse es dato.

Y lo tercero fue él, que estaba de pie junto a la ventana, corrigiendo exámenes de pie, cosa que no sabía que se pudiera hacer, con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo.

—¿La madre de Julia? —dijo, sin dejarme llamar a la puerta—. Pase. Gabriel Lastra.

Voy a describirlo, porque me he prometido contarlo todo, incluso lo que en aquel momento me negué a registrar.

Alto, más que Andrés. Ancho de espaldas, de esas espaldas que hacen que una camisa lisa parezca cara.

Cuarenta y muchos. El pelo oscuro, revuelto sin propósito, con canas en las sienes, y una barba de tres días que en cualquier otro hombre sería dejadez.

Los ojos de un verde oscuro, de pozo, y una manera de mirar lenta, sin prisa, que en los primeros treinta segundos ya me pareció el rasgo más maleducado que le había visto a nadie: la gente decente aparta la vista de vez en cuando. Él no.

Me senté en la silla que me ofreció, al otro lado de su mesa, y desplegué mi punto uno.

—Le agradezco que me reciba. Vengo por el trabajo en grupo de Biología.

Mi hija está haciendo el trabajo entero ella sola.

Los otros tres no hacen nada. Tengo constancia —evidencia, pensé, ahí va la evidencia— de mensajes en los que le encargan pasar todo a limpio, buscar las fotos, hacer, en fin, todo, porque "a ella le queda mejor".

Mi hija lleva dos semanas acostándose de madrugada.

Le pido que la cambie de grupo o que, como mínimo, intervenga.

Lo dije bien. Lo dije redondo. Once años cuadrando facturas dan una dicción excelente para las quejas.

Gabriel Lastra me escuchó hasta el final sin interrumpir, con los antebrazos apoyados en la mesa, y cuando terminé dejó pasar un silencio.

No un silencio de pensar. Un silencio de los suyos, que aprendería a conocer: un silencio administrado, servido a temperatura exacta, para ver qué haces tú con él.

—No —dijo.

Esperé el resto de la frase. No había resto.

—¿Perdone?

—Que no voy a cambiarla de grupo.

—¿Me puede explicar por qué?

—Puedo. —Se echó hacia atrás en la silla—. Pero no le va a gustar.

—Pruebe.

—Su hija es la mejor alumna que tengo. —Lo dijo sin calidez ninguna, como quien da un dato de laboratorio—.

Y tiene un problema que no es la biología, ni son esos tres.

Su problema es que no sabe decir que no, no sabe repartir, no sabe reclamar lo suyo, y prefiere reventarse a dar la cara.

Eso, con quince años, es un trabajo de trimestre.

Con treinta, es una vida. Si yo hoy la cambio de grupo, le resuelvo el trimestre y le dejo intacta la vida. No la voy a cambiar.

Noté el calor subirme por el cuello. Ese calor lo conozco: es el prólogo de mis peores momentos.

—Usted no tiene ni idea de cómo es mi hija.

—Llevo siete semanas viéndola seis horas al día. —Ni levantó la voz. La bajó, si acaso—. ¿Cuántas horas al día la ve usted? Sin contar las que pasa encerrada en su cuarto.

—¿Cómo se atreve...?

—Se lo advertí: no le iba a gustar.

—¡Mi hija se está dejando la salud haciendo el trabajo de tres jetas y usted me habla de lecciones de vida! —Ya estaba de pie. No recuerdo haberme levantado, pero estaba de pie, y mi discurso de tres puntos ardía en algún vertedero—. ¡Es usted el tutor! ¡Su obligación es protegerla!

—Mi obligación es que aprenda. —Se levantó también, sin prisa, y recogió unos papeles de la mesa como si la reunión llevara un rato terminada—.

Y algo aprenderá, se lo aseguro, aunque todavía no sé si de biología.

Mire, señora... —consultó de verdad un papel, el muy canalla, para leer mi apellido, y en ese gesto me despachó entera—...

Ferrero. Elena. Hágame un favor. No escriba a los otros padres, no monte un grupo de WhatsApp, no le haga usted el trabajo para que la niña duerma.

No la rescate. Deje que se ahogue un poco.

Yo estoy mirando, no le va a pasar nada.

Pero si usted se tira a la piscina, la que le enseña a no nadar es usted.

—No necesito que me diga cómo ser madre.

—No. —Y ahí me miró de esa manera suya, lenta, entera, de arriba abajo pero sin bajar de los ojos, que es una cosa que no sé explicar y que me sostuvo un segundo más de lo soportable—. Necesita que alguien le diga cómo es su hija. Casualmente es mi trabajo. Buenas tardes.

Y me abrió la puerta. Me abrió la puerta él, con su reunión terminada y mi reunión hecha trizas por el suelo de su aula, entre la pecera y su maldita frase de tiza.

* * *

Bajé las escaleras del colegio temblando.

Temblando físicamente, las manos, la barbilla, todo.

Crucé el patio vacío taconeando como si el suelo tuviera la culpa y no me acordé de dónde había aparcado hasta la tercera calle.

Dentro del coche no arranqué. Me quedé agarrada al volante, mirando sin ver el escaparate de una mercería, y repasé la reunión entera buscando el momento en que la había perdido, porque la había perdido, eso lo sabía como se sabe que llueve, y no encontré el momento.

No lo había. Aquel hombre no me había ganado la discusión: había decidido, desde antes de que yo entrara, que la discusión no iba a existir, y contra eso mi discurso de tres puntos valía lo que un paraguas en un incendio.

Deje que se ahogue un poco.

Será cretino. Será arrogante, prepotente, cretino. Se lo fui diciendo al parabrisas, en voz alta, con todas las palabras que no le dije a él, que fueron muchas y muy buenas, las mejores se me ocurrieron en el coche, como siempre.

Llamé a Marga con el manos libres antes de arrancar. Contestó al segundo tono, con ruido de oficina detrás.

—Cuéntame.

—El tutor de Julia es un imbécil.

—Vaya, qué sorpresa, un hombre imbécil. Espera que me siento. —Se oyó una puerta—. Ya. Desarrolla.

Se lo conté todo. Bueno, casi todo. Le conté el no a palo seco, lo de las siete semanas y las seis horas, lo de deje que se ahogue, y Marga fue soltando su rosario de barbaridades en los sitios adecuados, que para eso es la mejor.

Lo que no le conté, porque no había palabras todavía, o porque las había y no me dio la gana, fue lo de la mirada.

Ni que me había sostenido los ojos hasta hacerme apartar los míos, a mí, que no los aparto ni en el banco.

Ni que ya en el coche, revisando la escena por enésima vez, me había sorprendido a mí misma deteniéndome medio segundo —medio segundo, ridículo, humillante— en el detalle de los antebrazos sobre la mesa.

Furia. Lo archivé todo como furia. Era la etiqueta que tenía más a mano y cupo todo dentro, o eso creí.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Marga.

Miré la mercería. Una señora colocaba ovillos en el escaparate con una paciencia de otro siglo.

—Nada —dije—. No pienso darle el gusto de volver.

Marga se rió. Tiene una risa de fumadora antigua, aunque lo dejó hace años, una risa que te avisa de que sabe algo que tú no.

—Ya —dijo—. Eso mismo digo yo de todos los míos.