El vestido verde Capítulo 1
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El vestido verde

El vestido verde

Por Chloe Merriden

© inepub.com

Capítulo 1

Hay una edad en la que una empieza a calcular cuántas veces más va a hacer cada cosa.

No lo hago aposta. Me pasa, por ejemplo, doblando sábanas: pienso que llevo veinte años doblando estas sábanas o sus antecesoras, que me quedan por delante otros treinta o cuarenta de sábanas, y que si nadie lo remedia moriré sabiendo doblar una bajera perfectamente y sin haber aprendido a hacer casi nada más nuevo.

Luego guardo la sábana en el armario, aliso la pila con la mano, y se me pasa. Casi siempre se me pasa.

Aquel lunes de octubre me desperté a las siete menos diez, como todos los días, tres minutos antes de que sonara el despertador.

Es un talento inútil que tengo: mi cuerpo se adelanta a la alarma para ahorrarle el disgusto.

Andrés dormía boca arriba, con un brazo cruzado sobre los ojos, y roncaba bajito, un ronquido educado, de buen vecino.

Me quedé un momento mirando el techo. En el piso de arriba ya se oía a la vecina arrastrar algo, una silla o su vida, nunca lo he sabido.

La casa por la mañana huele a nosotros. No sé explicarlo mejor.

A café de cápsula, al suavizante de siempre, a la colonia de Andrés que lleva usando desde que lo conocí porque una vez le dije que me gustaba y él archivó el dato para toda la eternidad.

Es un hombre que archiva datos. Sabe qué talla de zapatillas usa Julia, cuándo toca la revisión del coche, cuánto pagamos de comunidad.

Lo que no sabe es qué pienso cuando me quedo callada, pero para eso tampoco hay archivo posible, y además hace tiempo que no pregunta.

—¿Has hecho café? —dijo desde el pasillo, con la voz todavía sin estrenar.

—Está saliendo.

—Hoy tengo la reunión de los de Valladolid.

—Ya me lo dijiste ayer.

—Ah. —Se sirvió el café, me dio un beso en la sien, exacto, en el mismo sitio de siempre, como quien fija un tornillo—. Pues eso.

Esto es un matrimonio de veinte años: dos personas informándose mutuamente de cosas que ya se han dicho.

No es una queja. O no del todo. Andrés es un buen hombre, de los que bajan la basura sin que se lo pidas y te ponen gasolina al coche cuando ven el depósito por la mitad.

Hay mujeres que matarían por eso. Yo algunas noches mataría por una conversación en la que no salgan ni el depósito ni la basura, pero he aprendido que no se puede tener todo, y que decirlo en voz alta suena a desagradecida.

A Julia hubo que llamarla dos veces. Lo normal es tres, así que era un buen día.

Salió de su cuarto con el uniforme de este año, que no es el del colegio sino el suyo propio: sudadera gris dos tallas más grande, con las mangas comidas por los puños, vaqueros anchos y esas Converse que fueron blancas en otra era geológica.

El pelo por delante de la cara, castaño oscuro, larguísimo, una cortina detrás de la cual vive mi hija desde hace cosa de un año.

A veces la cortina se abre —cuando algo le hace gracia de verdad, cuando se le olvida vigilarse— y aparecen los ojos de su padre y una cara que me deja sin aire de lo guapa que se está poniendo.

Después se acuerda de quién es, y la cortina se cierra.

—¿Has desayunado? —le pregunté, porque soy su madre y estoy contractualmente obligada a hacer preguntas cuya respuesta conozco.

—Sí.

Había una taza en el fregadero con restos de leche y un plato sin migas. Desayunar, lo que se dice desayunar, no. Pero a las siete y media de la mañana una elige sus batallas, y esa la tenía perdida de antemano.

—¿Cómo va lo del trabajo de ciencias?

Hubo una pausa. Pequeña, de medio segundo, pero yo llevo quince años estudiando las pausas de esta niña y ésa fue una pausa con algo dentro.

—Bien.

—¿Bien?

—Que sí, mamá.

Se colgó la mochila, que pesa como un muerto y suena a estuche de latas, y se fue hacia la puerta. En el último momento, ya con la mano en el picaporte, se volvió un poco. No del todo. Un cuarto de vuelta.

—Hasta luego.

Y en ese cuarto de vuelta va todo el amor que mi hija es capaz de mostrar antes de las ocho de la mañana. Lo cojo. Lo cojo siempre. Con eso vivo hasta la tarde.

* * *

Trabajo en Suministros Vega, que suena a poco y es exactamente lo que suena: una empresa que vende material a talleres y fábricas de media provincia.

Llevo once años en administración. No es un trabajo del que se hagan películas, pero es mío, se me da bien y hay días en que hasta me gusta, aunque eso no se confiesa porque queda raro decir que te gusta perseguir facturas.

Aquella mañana Nuria me esperaba junto a la máquina de café con cara de traer noticias.

Nuria tiene treinta y un años y es lo más parecido a un ventanal que hay en esa oficina: por donde ella anda, entra luz.

Viste como yo no sabría ni por dónde empezar —ese día, un blazer enorme color mantequilla sobre unos vaqueros de tiro alto, y zapatillas blancas inmaculadas— y habla de su vida con una naturalidad que a mí me sigue pareciendo ciencia ficción.

—Jefa —me llama jefa desde antes de que fuera verdad, en broma—, ¿tú sabes algo?

—¿De qué?

—Sagrario se prejubila. Me lo ha dicho la de recursos humanos, pero tú no lo sabes por mí.

Sagrario coordina nuestra área desde que el fax era tecnología punta. Noté una cosa pequeña y caliente en el estómago, una cosa que tardé en reconocer porque hacía mucho que no la sentía: ambición. Ambición de andar por casa, de las de subir un peldaño, pero ambición.

—A ti te lo van a ofrecer —dijo Nuria, soplando su café—. Que lo sepas. Y como no lo cojas te mato.

—Anda, calla.

—Elena. —Me miró por encima del vaso—. Que llevas media empresa a cuestas. Que se note ya, ¿no?

Que se note. Me quedé con la frase toda la mañana, mientras cuadraba los albaranes de septiembre. Que se note. Hay que tener treinta y un años para decir esas cosas con esa facilidad. A los cuarenta y tres una ya ha aprendido a no hacerse notar, que es distinto de no querer.

* * *

El mensaje del colegio llegó a las 17:42. Lo sé porque estaba en el súper, delante de los yogures, decidiendo entre los de siempre y unos nuevos que al final no cogí. La aplicación del colegio tiene un sonido propio, un plin institucional que me pone en guardia desde primaria.

Estimadas familias: les recordamos que el trabajo grupal de la primera evaluación de Biología y Geología deberá entregarse el viernes 31. Atentamente, Gabriel Lastra, tutor de 4ºB.

Nada grave. Un recordatorio. Pero me quedé mirando el nombre —Gabriel Lastra, el tutor nuevo, al que aún no había puesto cara— y me acordé de la pausa de Julia por la mañana. Bien. Que sí, mamá.

Esa noche cené con un ojo en mi hija. Andrés contaba lo de los de Valladolid, que si al final el proveedor, que si los plazos, y yo asentía en los sitios correctos mientras miraba a Julia empujar los guisantes por el plato como fichas de un juego que iba perdiendo.

—¿Y el trabajo ese de ciencias con quién lo haces? —dejé caer, con el tono más neutro de mi repertorio, que es amplio.

Otra pausa. Ésta más larga.

—Con Covadonga, con Lucía y con Dani.

—¿Y qué tal son?

—Normales.

Andrés siguió con Valladolid. Julia pidió permiso para levantarse, fregó su plato —eso siempre, es una niña que friega su plato aunque se esté hundiendo el mundo— y se encerró en su cuarto.

Al rato, pasando por el pasillo, vi la raya de luz bajo su puerta y oí ese silencio particular que hace cuando dibuja, que no es silencio del todo: es una goma borrando, un lápiz rascando, mi hija hablando en el único idioma en el que no tartamudea por dentro.

Me fui a la cama pensando en los guisantes, en la pausa, en normales.

Andrés se durmió a los cinco minutos con la tele puesta.

La apagué yo, como siempre, y me quedé un rato a oscuras haciendo esa cosa que hacen las madres y que nadie ha estudiado lo suficiente: repasar la jornada de otra persona buscando la grieta.

La encontré el jueves.

Fue sin querer, o casi. Julia se había dejado el móvil en la cocina mientras se duchaba, y la pantalla se encendió sola con los mensajes del grupo del trabajo.

No lo cogí. Eso quiero que quede claro: no lo cogí.

Pero la pantalla estuvo encendida el tiempo suficiente para leer, en el globo de notificación, un mensaje de una tal Cova: "Julia porfa pásalo tú a limpio que a ti te queda mejor, y las fotos las buscas tú también vale?

es que yo hoy tengo inglés". Y debajo, otro de Dani, que era solamente un pulgar hacia arriba.

Un pulgar hacia arriba.

Me quedé quieta delante de la encimera, con el trapo en la mano, oyendo el agua de la ducha al fondo, y noté cómo me subía por dentro una cosa antigua y conocida, una cosa de leona de documental, mientras encajaba las piezas: las ojeras de mi hija, la luz de su cuarto hasta las tantas, el bien, que sí, mamá.

Mi hija estaba haciendo el trabajo de cuatro.

Sola. De madrugada. Y el tutor ese, el tal Gabriel Lastra, o no se enteraba o le daba exactamente igual.

Cuando Julia salió de la ducha, con el pelo mojado y su pijama de cuadros, le pregunté sin preguntar, que es una técnica que las madres perfeccionamos con los años y que no funciona jamás.

—Oye, ¿y el reparto del trabajo cómo lo hicisteis? ¿Cada uno una parte, o...?

Me miró un segundo por entre la cortina de pelo. Quince años y ya sabe perfectamente cuándo su madre ha visto algo.

—Mamá, déjalo.

—Solo pregunto.

—Ya. —Cogió un yogur, cerró la nevera con la cadera—. Pues no preguntes.

Y se fue a su cuarto, y yo me quedé en la cocina con toda mi leona dentro y ningún sitio adonde llevarla.

Al día siguiente pedí cita con el tutor a través de la aplicación.

Me salió un hueco para el martes a las cuatro y media.

Escribí en el asunto "Reunión sobre trabajo en grupo", borré, puse "Situación de Julia en el trabajo grupal", borré también, y al final dejé "Reunión", a secas, porque lo que tenía que decir no cabía en un asunto.

El lunes por la noche, planchando una camisa que no hacía falta planchar, ensayé el discurso. Me salía redondo. Contundente, sereno, de madre razonable pero firme. Iba a entrar en aquel despacho, iba a exponer los hechos, y aquel hombre iba a tener que darme la razón.

Dios mío. La de cosas que una no sabe un lunes por la noche.