CAPÍTULO 22
«Lo llamé estrategia. Vigilancia. El precio a pagar para recuperar la pieza. Le puse todos los nombres, menos el único que era verdad.»
LORENZO RICCARDI
La puerta se cerró tras ella, y el despacho se quedó demasiado grande.
Me quedé donde estaba, ante el ventanal, y solo entonces me di cuenta de que el aire había cambiado.
Su perfume —jazmín, siempre jazmín— se había mezclado con el mío en el camino hasta mi mesa y se empeñaba en quedarse, como ella se había empeñado en quedarse, semanas después de que yo hubiera jurado arrancarla de mi cabeza.
En mis términos, había dicho. Qué frase tan conveniente.
La miré a los ojos y le puse a la decisión el nombre de pragmatismo.
El zafiro valía una fortuna que ni el seguro cubría por entero; era lo último que las manos de mi madre habían diseñado; y allí, con tacones y la barbilla alta, estaba la única persona viva capaz de decir si la piedra que apareciera en el mercado era la mía o una imitación.
Tenerla bajo mi mirada era la jugada lógica. Mejor la amenaza cerca, donde pudiera medirla, que suelta por Roma con aquella teoría en la boca.
Fue lo que me dije, y funcionó durante unos buenos quince segundos.
Porque la verdad —la que mi cuerpo había escupido en su boca semanas atrás y que toda mi disciplina ya no conseguía tragar— era más sencilla y mucho más peligrosa: no soportaba la idea de no volver a verla.
La había destruido ante una sala llena, y aun así, cuando cruzó aquella puerta, algo dentro de mí que daba por muerto respiró.
Me pasé la mano por el pelo.
Era patético. Un hombre de mi edad, de mi posición, convirtiendo la venganza en excusa para mantener cerca a la mujer que él mismo había acusado.
No la quieres cerca para vigilarla. La quieres cerca.
Apreté los puños y enterré el pensamiento donde enterraba todo lo que no sabía gestionar.
Massimo apareció dos días después con una carpeta fina y la expresión de quien trae una noticia que nadie va a querer oír.
—Pediste por dónde había andado el dinero. —Se dejó caer en la silla ante mi mesa—. Anduvo por sitios interesantes.
—¿El ingreso en la cuenta de Ferrari? —Apreté la mandíbula.
—No vino de ningún comprador. Vino de una empresa pantalla registrada en Malta, que recibió de otra, que recibió de una tercera. Cáscara dentro de cáscara. —Me miró por encima de la carpeta—. Quien montó esto no estaba pagando a nadie, Lorenzo. Estaba construyendo una prueba.
—Construyendo... —repetí, despacio.
—El dinero de verdad es perezoso, va por el camino más corto. Esto se diseñó milímetro a milímetro. —Se inclinó en la silla—. Y una cosa te aseguro: nadie levanta un decorado así desde fuera. Quien lo hizo conocía nuestros sistemas, nuestros plazos, nuestros proveedores. Se montó aquí dentro.
La frase cayó en la sala y se quedó ahí, pesada.
Desde dentro. Las mismas dos palabras que ella me lanzó —alguien demasiado cerca de ti— y que espanté como quien espanta una mosca.
—Quiero el nombre de cada empresa de esa cadena. Quiero saber quién abrió la primera cáscara.
Fue en ese instante cuando el perfume entró antes que su dueña.
—¿Interrumpo? —Vittoria se detuvo en la puerta, la carpeta de siempre bajo el brazo, la sonrisa de siempre en el rostro. Los ojos fueron de mí a Massimo y a la carpeta fina sobre mi mesa, demasiado rápidos para el tono casual de la pregunta.
Me fijé en que Massimo cerró su carpeta sin prisa, pero la cerró. Y no dijo nada más.
Cauteloso como siempre, pensé.
Massimo nunca gustó de tratar un caso delante de gente que no necesitaba oírlo; era un rasgo suyo, no una señal.
—Estábamos terminando —dije—. ¿Qué pasa?
—Me he enterado de que Ferrari ha vuelto a entrar en el edificio.
—Vittoria dejó la carpeta, y la voz se puso la preocupación como quien se pone un abrigo caro: le caía perfecta—.
Con acreditación y acceso a la planta doce.
Lorenzo, la mujer está procesada por robo.
Dejarla circular aquí dentro es un riesgo jurídico y de imagen que yo, francamente, no consigo entender.
—Está aquí porque es la única que puede rastrear La Stella. —Le sostuve la mirada—. Bajo supervisión. La mía.
Por un segundo —medio segundo— algo se endureció detrás de aquella sonrisa. Los nudillos le apretaron el borde de la carpeta, blancos, y se relajaron tan rápido que un hombre menos entrenado lo habría dejado pasar.
Yo no lo dejé. Lo vi, pero no hice nada con ello.
Porque era Vittoria. Mi prima, que creció conmigo, que lloró en el entierro de mi madre sujetándome la mano, que velaba por el patrimonio de esta casa como si fuera su propia sangre.
Vittoria no me miraba con cálculo, me protegía. Así leía yo el mundo: los míos eran los míos, y yo no registraba a mi propia gente.
—Confía en mí, Vittoria. Sé lo que hago.
—Como siempre. —La sonrisa volvió a su lugar de origen—. Yo me ocupo del papeleo del proceso hasta que decidas el resto. —Ya en la puerta, se detuvo un instante más de lo natural—. Solo no la dejes demasiado cerca. La gente así siempre encuentra una grieta.
Cuando salió, me quedé con las dos advertencias peleándose dentro de mí —la de Massimo, «se montó desde dentro», y la de ella, «no la dejes demasiado cerca»—, sin sospechar que una de las dos me mentía a la cara.
Miré el reloj y pasaban de las seis.
Me dije que necesitaba comprobar si Ferrari había recibido los accesos correctos. Que era prudente verificar, el primer día, que no anduviera abriendo cajones que no debía. Que un buen gestor no deja una sospechosa suelta en la planta más sensible del edificio sin darse una vuelta.
Me puse la americana. Ya tenía el dedo a un centímetro del número doce, dentro del ascensor, cuando la verdad me alcanzó por la espalda, fría:
Ninguna de aquellas excusas era de verdad. Solo quería bajar, solo quería verla.
Y lo que me heló no fue el deseo.
Fue la facilidad obscena con la que fabricaba motivos para acercarme a ella ahora, y la sospecha nueva, insoportable, de que quizá llevara todo aquel tiempo fabricando motivos contra ella, movido por el mismo miedo, solo que en la dirección opuesta.