El verano que fuimos libres 76. Elise
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76. Elise

Elise

Apago las luces del salón, como cada noche, pensando: otro día de espera termina, un día menos para el futuro.

Reviso mi móvil antes de subir al piso de arriba para acostarme.

Sábado. Once de la noche. Cero notificaciones.

Durante estas dos semanas desde que volví de California, Wes y yo hemos hablado poco. Mis horarios de trabajo se han aliado con la diferencia de tres horas entre Nueva York y California para reducir nuestras conversaciones a lo básico.

Aun así, estoy tranquila, aprovechando este tiempo para asentarme, para pensar en lo que somos, en lo que seremos, en lo que está por venir.

Mientras camino descalza por las escaleras, mi móvil se ilumina con una notificación.

Evie y Emily están despiertas, cada una en su cuarto.

Miro la pantalla y leo:

Wes: ¿Qué haces?

Sonrío para mí.

Elise: Hola. Iba a acostarme.

Escribiendo ...

Wes: ¿Acostarte? Hace una noche preciosa de luna llena. Aunque en Nueva York no se ven las estrellas.

Mi corazón se acelera con un presentimiento. En California aún hay luz del día. No sé si me estoy precipitando, no sé si me estoy imaginando cosas, no sé de dónde procede el temblor.

Elise: ¿Dónde estás?

Espero un segundo. Luego:

Wes: Asómate a la ventana.

Me meto rápido en mi habitación, que da directamente a la calle. Antes de dirigirme a la ventana, echo un vistazo a la chica del cuadro, con el corazón palpitando en la mano, y, por primera vez, siento que su expresión es algo más ligera.

Al abrir las cortinas, lo veo.

Wes, en medio de la calle. Tres maletas. El futuro entero en sus ojos.

Sonrío. Solo sonrío. Una sonrisa tan grande que no me cabe en la cara.

En la distancia que separa mi ventana de la acera siento que se volatilizan todos estos años de despedidas y reencuentros, de anhelo e incertidumbre.

Lo único que queda por hacer es abrir la puerta y darle la bienvenida a casa.

Es una noche cálida, así que me limito a ponerme mis Converse blancas con rapidez y salgo de nuevo al pasillo.

Aunque septiembre ya barre nuestras calles, aún no ha llegado el otoño.

Emily aparece en el umbral de su habitación, mirándome extrañada. Evie también se asoma desde la suya.

—¿Els? ¿Qué pasa? ¿Adónde vas?

—Está aquí —digo como única explicación, porque no hace falta añadir nada más.

Mi hermana y Evie sonríen y me miran mientras bajo con rapidez las escaleras.

Cruzo el salón y quito el cerrojo.

Las manos me tiemblan cuando abro.

Al verme, Wes sube por la escalinata de la entrada y nos fundimos en un abrazo.

Una explosión de alivio me llena el estómago.

Un minuto después, me besa. Sus labios acarician con delicadeza los míos. Su lengua busca mi lengua y la delicadeza desaparece mientras un chispazo nos recorre de pies a cabeza.

Durante un instante, lo veo todo, a su lado. La rutina. Los baches. Los sueños. Las crisis. La ternura. La complicidad. El amor.

Él y yo acompañándonos, cuidándonos, estando presentes.

Sonrío al reparar en su barba de tres días que me acaricia las mejillas.

Como una señal de que, por fin, frente a mí, ha aparecido el verdadero Wes. Y que lo ha hecho para quedarse.

Cuando nos separamos, ambos sonreímos.

Su nariz se une con la mía en una caricia y entonces pregunta:

—¿Vendrías conmigo a un sitio? Tengo que enseñarte una cosa.

—¿Qué? ¿Ahora?

Asiente lentamente. Y puedo ver en sus ojos que para él es importante.

—Vamos a dejar esto —digo señalando sus maletas.

Me doy la vuelta para entrar en casa y me encuentro con mi hermana y mi sobrina asomadas detrás de la puerta.

Me miran con una risita cómplice y Wes, a mi lado, las observa a ellas con cautela.

—Tranquilos, nosotras nos encargamos —resuelve mi hermana mientras se toma la libertad de coger ella misma el equipaje de Wes—. Bienvenido, por cierto.

Veo que los dos intercambian una sonrisa sincera y algo cálido me inunda el vientre.

—Gracias.

Cuando la puerta de mi casa se cierra, Wes y yo entrelazamos las manos.

Caminamos por las calles adoquinadas de Brooklyn hasta llegar a la boca de metro más cercana.

Aunque es casi medianoche, el servicio no termina.

—Ventajas de vivir en la ciudad que nunca duerme —señalo.

—Creo que podré acostumbrarme. —Sonríe.

Tras un trayecto de quince minutos, salimos de nuevo a la noche neoyorquina.

A nuestro alrededor, la vida en el barrio de Bushwick no se detiene a pesar de la hora.

Caminamos por sus calles como un día lo hicimos por la playa de Santa Mónica.

Con ilusión, con vértigo, con libertad.

Recuerdo aquella primera despedida, en la puerta de mi apartamento de Los Ángeles. Él me dijo: «Ojalá mi vida me gustara tanto como me ha gustado este fin de semana» y yo le respondí que solo dependía de él conseguirlo.

Ahora lo miro y un suspiro calmado llena mi pecho al constatar todos los desafíos que ha atravesado para hacerlo.

Se ha librado de cientos de capas que lo oprimían, se ha desprendido de su disfraz, ha hecho renuncias, se ha plantado cara a sí mismo y ha abrazado su propio temblor.

Un día pensé: «Me he enamorado de alguien que no existe», pero él ha caminado entre llamas para convertirse en esa persona, la que siempre estuvo oculta en su interior.

Al cabo de unos minutos, nos detenemos delante de un edificio de color rojizo.

Suelta un suspiro profundo, casi solemne.

Lo miro sin entender qué hacemos aquí. Parece nervioso, algo impaciente.

—Wes, ¿qué...?

—Vamos.

Se saca una llave del bolsillo del pantalón y la mete en la cerradura.

Luego introduce un código.

Avanzamos unos pocos pasos. Nuestras respiraciones resuenan en la estancia. Hace calor aquí dentro, pero entonces Wes pulsa un interruptor y el sistema de aire acondicionado se enciende al mismo tiempo que la luz.

Me quedo callada, sin decir nada. Solo asimilando.

Es un espacio amplio, diáfano, de aspecto industrial, distribuido en diferentes ambientes, pero sin paredes que establezcan una división real.

Al fondo, una mesa sostiene impresoras, monitores y otros equipos informáticos.

A la derecha, se ve un espacio que se asemeja a un taller.

A la izquierda, un par de escritorios.

En el centro, una amplia mesa preparada para acoger a un equipo de trabajo.

No es un lugar moderno y sofisticado como unas grandes oficinas, es vibrante, útil, imperfecto. Está vivo.

Hay plantas en algunos rincones.

Pequeñas bombillas iluminando puntos estratégicos.

Las paredes de ladrillo están decoradas con láminas. Distingo una de la noria de la feria de Santa Mónica y me entran ganas de llorar.

Lo miro con un nudo en la garganta. Él se pasa las manos por el pelo, aún nervioso.

—Me habría gustado prepararlo un poco mejor, pero mi vuelo al final se retrasó —me explica—. En principio iba a ser algo provisional, pero la verdad es que este sitio me gusta. Tiene algo... No sé. Si crecemos, hay opciones de adquirir más espacio dentro de este mismo edificio.

—¿Si crecemos...? —dejo la pregunta en el aire, esperando que me explique exactamente qué va a pasar en estas cuatro paredes.

—Voy a empezar mi propia empresa —dice—.

De robótica. Es algo que siempre me ha interesado y en la Costa Este hay un montón de universidades y talento para poner en marcha un proyecto así.

Quiero hacerlo bien, pero despacio. A mi ritmo.

No tengo prisa. El dinero... bueno, no es un problema, aunque.

.. ahora gran parte de lo que tengo está metido en este sueño.

Paladeo la emoción que me llena por dentro. Respiro esto. Este lugar. Su sueño. El presente.

—Ven. —Me da la mano y me pasea por la estancia—. Aquí había pensado poner una cafetera. Y aquí me imagino que podría poner algo muy Google, tipo... no sé, un billar. Siempre he pensado que esas cosas funcionan.

Los ojos le brillan. Yo sigo sin encontrar las palabras, solo dos me vienen a la cabeza: orgullo. Y admiración.

—Ven —dice de nuevo—. Este es tu rincón.

Me conduce a un lugar de la estancia en el que no había reparado al principio.

Junto a los escritorios, hay un pequeño sofá con su propio punto de luz.

—¿Mi rincón? —pregunto aturdida.

—Sí. He pensado que, a lo mejor, cuando salgas de trabajar, te apetece pasarte por aquí. Podríamos comer algo juntos y luego, si quieres, puedes aprovechar para ponerte un poco al día con tus cosas antes de llegar a casa. Quería que tuvieras tu propio espacio, por si lo necesitabas.

Me sonríe con timidez y en este instante la intensidad de todo lo que siento me abruma tanto que me duele el pecho.

—Me parece increíble, Wes. De verdad.

Me acerco a él y nos abrazamos. Después, lo beso de nuevo.

Nos besamos dentro de este lugar que habla de él y de todo lo que está por venir.

Que habla de mí y de un futuro de verdad, no de una ilusión lejana.

Cuando nos separamos, sus ojos se clavan en los míos y toma aire para decir:

—Hace cinco años, tres meses y cuatro días, a esta hora, tú y yo acabábamos de conocernos en un festival.

Tú tenías un montón de sueños por cumplir y yo no sabía cómo escapar de mí mismo.

Todo podría haberse quedado ahí, una historia fugaz durante una noche de verano, pero creo que los dos supimos desde el principio que siempre seríamos más que eso.

»No ha sido fácil, Elise. Nos hemos hecho daño.

A los dos, sobre todo a mí, nos ha podido el miedo en algún momento.

Y no estoy diciendo que a partir de ahora todo vaya a ser fácil y sencillo.

Sé que no. Venimos de mundos muy diferentes.

Tenemos que aprender a encajar. Además, yo también tengo que aprender a conocerme desde cero y tú tienes una carrera increíble por delante que solo acaba de empezar.

Pero, si algo nos han enseñado todos estos años separados, es que el momento perfecto no existe.

El momento perfecto somos tú y yo, ahora.

Somos tú y yo cada día que nos levantemos y que queramos seguir luchando por esto.

Y somos tú y yo cada noche que nos acostemos con la promesa de seguir siendo buenos para el otro cuando salga el sol.

Le sonrío con el corazón temblando.

Acaricio la barba que cubre sus mejillas y sonrío al pensar que todo esto es verdad.

—El momento perfecto no aparece, se construye —le digo.

Volvemos a besarnos y en el ínfimo espacio que queda entre su cuerpo y el mío reverbera un único pensamiento: «No es imposible porque nosotros vamos a hacerlo posible».