75. Wes
Wes
Elise se marchó ayer a Nueva York. Debe preparar sus cosas para la vuelta al trabajo y, aunque no lo ha dicho, también quiere darme espacio para que solucione mis asuntos aquí.
Nuestro futuro sigue en el aire. Los dos sabemos que iré a buscarla, pero no cuándo. Sabemos que dejaré Allensyr, pero no qué voy a hacer con mi vida.
En cuanto ella sube al avión, mis esfuerzos se centran en construir las respuestas adecuadas a esas preguntas.
Me pongo en contacto con abogados, miro terrenos, trazo estrategias y hablo con mi familia.
Días después, tiene lugar la lectura del testamento de mi padre.
Como me temía, el acceso a la herencia está directamente vinculado a nuestro compromiso con la empresa.
A pesar de esperarlo, me duele que sea así. No por la pérdida económica que supone, sino por su firme intención de manipularnos hasta el final.
—¿No vas ni siquiera a pensártelo? —pregunta mi madre.
—Ya lo he pensado y no voy a cambiar de opinión. Firmaré lo que haga falta para cerrarlo todo.
Gus y mi madre intentan hacerme entrar en razón por última vez.
Helena permanece en silencio porque yo se lo he pedido antes de entrar y Damien no interviene en ningún momento. Supongo que, llegados a este punto, le da igual lo que pase conmigo: mi presencia a su alrededor solo es un estorbo.
—Te irás sin nada, Wes —insiste mi madre—. ¿Es que te da igual?
—La verdad es que sí.
Gus se lleva las manos a la cabeza y la expresión de mi madre continúa siendo la misma: dura, fría, insondable.
—Prepararemos los papeles cuanto antes —anuncia, y luego abandona la sala.
Movido por un impulso que no sé de dónde sale, me pongo en pie y me decido a seguirla.
Se encuentra en el despacho contiguo, con la puerta entreabierta, mirando las calles de San Francisco a través de la ventana.
Una parte de mí se siente culpable por hacerla pasar por esto justo después de haber perdido a su marido.
La unidad familiar siempre ha sido una prioridad para ella, que todos permanezcamos juntos, cerca.
.. Pero todo es una ilusión, una pose, simples apariencias.
Y no puedo formar parte de esto más tiempo.
Ojalá encontrara la manera de respetarlo igual que yo estoy buscando la manera de vivir con el peso de una culpa que sé que nunca me abandonará del todo.
Cuando mi madre se da cuenta de que he entrado en el despacho, su postura se yergue de nuevo.
A continuación, me mira a los ojos y veo algo en los suyos que no sé interpretar. Quizá sea tristeza. O rabia. O admiración.
—¿Tienes suficiente para sobrevivir? —me pregunta con seriedad.
Me abstengo de contestar que solo con el valor de las propiedades que tengo a mi nombre podría apañármelas hasta el final de mis días.
Sé que esta es su forma de preocuparse, de cuidar de mí. El dinero y el poder son el único lenguaje del amor que conoce.
Quizá podría decirse que, a su manera, nuestra madre se preocupa por nosotros y nos quiere de verdad.
—Tranquila, mamá. Estaré bien.
—De acuerdo.
Ella no relaja su pose. Solo me dirige esa mirada de nuevo.
Entre los dos late algo. Un adiós. Un hasta luego.
Después dejo un beso en su mejilla.
—Hablaremos pronto —le digo. Y ella solo asiente en respuesta.
Los días siguen pasando entre papeleo, trámites, despedidas.
Tengo una última consulta presencial con Caroline el día antes de dejar la ciudad. Ella valida cada una de mis emociones, en especial el vértigo que me atraviesa por estar a punto de dar este paso.
—Es normal que te sientas así. Es un cambio radical. No será fácil al principio y es posible que tengas un incremento de síntomas, pero no te preocupes, es parte del camino —me tranquiliza—. Trata de no mirar atrás. A no ser que sea para coger impulso.
Me guiña un ojo y programamos las próximas sesiones para hacerlas vía telemática.
Cuando salgo del edificio, reviso en mi teléfono algunas notificaciones pendientes.
Luego, tomo aire, llamo a mi primo y le pido que se reúna conmigo en una hora.
—¿Qué hacemos aquí, Wes? —me pregunta extrañado cuando nos encontramos frente a las puertas del cementerio.
Es un día de principios de septiembre y el cielo luce despejado.
—Tranquilo, no estamos aquí por mi padre. Vamos a ver a Marcus.
Luke traga saliva despacio. A continuación, asiente.
A él no le gusta venir aquí. Dice que le parece demasiado real. Como si seis años no hubieran sido suficientes para aceptar que mi hermano no va a volver.
Aun así, camina a mi lado y, al pararse frente a la lápida de Marcus, lo veo sonreír por el recuerdo de la persona que más ha querido en la vida.
—Estaría muy orgulloso de ti —susurra.
El pecho me duele de esa manera agridulce que siempre me golpea al pensar en Marcus y en cómo serían las cosas si él siguiera aquí.
—No hay día que pase que no piense en él. Desde donde quiera que esté, siento que me guía, que siempre está a mi lado.
Creo que una parte de mí nunca superará el instante que comprendió que había despertado en un mundo sin mi hermano. La única persona que guardaba una imagen de mí sin puntos ciegos. Mi compañero, mi mejor amigo, con quien compartía la cuna y las raíces, pero también las alas y el futuro.
Miro a Luke y me limito a asentir, dándole la razón. Yo también creo que estaría orgulloso.
—Quiero darte algo.
Luke entrecierra los ojos mientras le tiendo un dosier que contiene toda la información sobre el Programa Marcus James. El proyecto que más ha significado para mí hasta la fecha, el que me ayudó a pensar las cosas desde otro lugar.
—¿Lo has puesto a mi nombre? —pregunta Luke extrañado.
—Yo voy a estar lejos. Cuando se lance el año que viene va a hacer falta alguien cerca que tome las decisiones.
—Pero...
—No me estoy desvinculando del todo. Es solo... necesito que alguien me ayude a cuidar del legado de mi hermano. Tú eres ese alguien.
Luke chasquea la lengua y se funde conmigo en un abrazo sincero.
Lo que más me duele de dejar California es no tenerlo a él a una llamada de distancia. Es lo único que de verdad voy a echar de menos.
Cuando nos separamos, Luke carraspea para disipar la emoción que se le ha atascado en la garganta.
Después, me pregunta:
—¿Lo tienes todo en orden?
—Ahora sí —le respondo con una sonrisa tranquila.
Veinticuatro horas más tarde, cruzo las puertas del aeropuerto de San Francisco.
Facturo una maleta y luego compruebo que llevo toda la documentación a mano.
Estoy nervioso. Por todo. Por los planes que estoy haciendo. Por ver a Elise. Por la ilusión absurda, casi infantil, de iniciar una vida con ella que hay debajo de todo este vértigo que me atraviesa.
Antes de pasar el control de seguridad, oigo mi nombre a lo lejos.
La familiaridad de la voz hace que me dé la vuelta y veo a Helena cruzando la terminal para encontrarse conmigo.
Sin previo aviso, impacta contra mi cuerpo y se queda ahí, abrazándome. Tiene los ojos llenos de lágrimas y algo dentro de mí se tambalea al verla de este modo.
—Da igual dónde estés —me dice—. Siempre seré tu hermana.
—Lo sé. —Una emoción intensa sacude mi pecho.
—Siento que hayamos nacido en esta familia de mierda. Podríamos haber sido felices.
—Nunca es tarde, Helena. —La abrazo con más fuerza—. Gracias por tu apoyo en esta aventura.
—Gracias a ti por ser el único que ha sabido valorarme de verdad.
Compartimos una sonrisa cómplice. A continuación, dice:
—¿Sabes? He estado pensando en lo que dijiste.
—¿En lo que dije? ¿Cuándo?
—En el hospital, dijiste: «Espero que las cosas salgan como deseas» y me quedé pensando en eso, en lo que de verdad deseo. Siempre me he dicho que es estar al frente de Allensyr, pero ¿y si hay algo más?
Vuelvo a sonreírle. Esta vez, de manera más amplia, más honesta.
—Cuéntamelo cuando lo descubras.
Nos fundimos en un nuevo abrazo antes de que yo pase el control de seguridad.
Antes de que mi vida, por fin, sea otra.
Y aunque me duele dejar a mi familia precisamente ahora, aunque me duele decir adiós al único hogar que he conocido.
.., si algo he aprendido con los años es que algunas raíces no se pudren por falta de fuerza, sino porque el terreno que las sostiene se ha vuelto tóxico.
Y yo necesito un lugar donde resistir no sea la única opción para existir.
Un lugar con otro aire, con otra luz, donde, al fin, poder florecer y ser yo mismo.