El verano que fuimos libres 74. Elise
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74. Elise

Elise

Existen dos tipos de momentos: los que te cambian la vida y los que no.

Aquí, ahora, a mi alrededor: decenas de invitados se acercan a Eleanor James y a sus cuatro hijos para ofrecer sus condolencias. Yo permanezco en un rincón, tratando de pasar desapercibida.

Nadie se ha dirigido a mí en todo el rato, salvo Luke. Y Mark, Molly y Brian, que también han venido a presentar sus respetos.

Hace horas que se han marchado y yo sigo aquí, sintiéndome invisible para todos salvo para Wes, que me busca de vez en cuando y hace un esfuerzo por sonreírme, aunque esté roto por dentro.

A media tarde, cuando la casa empieza a vaciarse de gente, se reúne conmigo.

Se lo ve exhausto. Su mano se encuentra con la mía y después suelta un suspiro.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Sí, solo... Estaba pensando... en la manera en la que suceden las cosas. A veces parece que el universo tenga un plan y que ese plan esté en constante movimiento.

—¿A qué te refieres?

—Estaba justo ahí, donde tú estás ahora, cuando Laurie y yo anunciamos nuestro compromiso.

Mis cejas se arquean con sorpresa. Miro a mi alrededor y no me cuesta imaginarlo: una cena elegante en este salón de tamaño descomunal, botellas de vino caro, luz de ambiente, música.

.. Y Wes cumpliendo ese plan que no le pertenecía.

Abrazando a la chica que su familia consideraba adecuada.

Dando los pasos que otros esperaban de él.

—¿Es un recuerdo bonito? —me atrevo a preguntarle.

—No. —Agita la cabeza en un gesto irónico—.

Nunca en mi vida me he sentido más confuso.

Creo... creo que nunca te lo he dicho, pero fue esa misma noche cuando tú y yo recuperamos el contacto.

Aquí abajo todos brindaban por el futuro y yo me refugié en el baño de la planta de arriba para poder contestar a tu mensaje.

Se encoge de hombros con cierta culpabilidad.

Recuerdo esa época como si fuera ayer, pero, al mismo tiempo, como si todo aquello les hubiera pasado a otras personas que no somos nosotros.

La ambigüedad, la incertidumbre, el anhelo, el secreto.

—Recuerdo que dijiste que no te arrepentías de haberme escrito. Pero que, si pudieras volver atrás, quizá no tomarías esa misma decisión.

—Soy un imbécil por haberte dicho eso —responde.

—Solamente fuiste honesto. Siempre agradecí que lo fueras.

—Era un cobarde.

Sonrío y le acaricio la mejilla con la palma de mi mano.

—Ya no lo eres.

—No.

Él también sonríe, a su manera, y luego se acerca a mí para besarme despacio.

Creo que nadie a nuestro alrededor se percata de lo que hacemos, pero, aun así, el beso no se alarga.

—¿Quieres marcharte? —le pregunto.

—La verdad es que sí. Lo único que quiero es estar tranquilo, contigo.

Después de despedirnos brevemente de su familia, nos subimos al coche.

Perdemos la vista por la costa en el camino a casa.

Pasamos abrazados el resto de la noche.