73. Wes
Wes
Existen dos clases de momentos: los que hacen que quieras quedarte a vivir en ellos y de los que te gustaría poder escapar.
Miro a mi alrededor y contengo el aliento.
Mi familia viste de negro, como manda el protocolo.
Todos los presentes guardan silencio en señal de respeto.
El cura dice unas palabras antes de proceder a la sepultura.
Es un día gris. La niebla cubre el cielo y todos los rincones de este lugar.
Siento frío por dentro. Un frío húmedo que se me ha pegado a los huesos y se va extendiendo poco a poco como una maldición.
Sé que, después de hoy, todo será diferente.
El vínculo que nos une con nuestros padres nos atraviesa de por vida.
Nosotros «somos» porque ellos «fueron».
Como mamíferos, nuestra supervivencia depende de ellos. Y eso el cuerpo lo sabe. Queda grabado en nuestra genética y no podemos borrarlo por más que lo intentemos. Por mucho que ellos no estén a la altura. Por mucho que trates de huir de ellos y su legado.
Y, entonces, de pronto se marchan y en algún lugar de tu interior se instala un sentimiento de vacío, de desamparo, de desarraigo.
Aunque no hablaras con ellos.
Aunque para ellos no existieras.
Aunque nunca os hayáis entendido.
No es lógica, es biología.
Mientras el cura sigue hablando, pienso que la muerte no ordena el pasado, sino que llena el presente de conversaciones que ya nunca existirán, frases inconclusas, preguntas que jamás hallarán una respuesta.
Cierro un instante los ojos. A mi lado, Elise entrelaza nuestros dedos con firmeza.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Yo me esfuerzo por asentir levemente, pero no, no estoy bien.
Siento que va a reventarme el pecho.
Entonces, Elise, la mujer que se enfrentó al vacío, al desamparo y al desarraigo cuando todavía era una niña y, aun así, se las ingenió para convertirse en el ser humano más fascinante que he conocido, me susurra:
—Vas a estar bien, Wesley James. Te lo prometo.