El verano que fuimos libres 72. Elise
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72. Elise

Elise

Nunca pensé que el amor sería esto. Ver romperse entre tus brazos a la persona que amas y desear cambiarte por él para ahorrarle el dolor, al mismo tiempo que sabes que lo único que lo ayudará a sanar es atravesar las llamas, no apagar el incendio.

Lo único que puedo hacer por Wes mientras lo abrazo toda la noche es esto: estar presente, acompañar, cuidar.

Por la mañana, no hablamos de las implicaciones de la decisión que está a punto de tomar, ni de los detalles, ni de los plazos.

Ambos sabemos que no es necesario.

Él sabe que tengo que volver a Nueva York dentro de poco y que, cuando esté listo, yo estaré allí, esperando.

—Tengo que ir al hospital. Los médicos quieren hablar con nosotros —anuncia después del desayuno—. ¿Quieres... venir?

Lo miro. Aunque ha dormido poco, luce más sereno.

Yo niego despacio ante su pregunta. No se lo digo, pero él lo sabe: no quiero complicar las cosas. La situación ya es lo suficientemente delicada sin que yo esté por ahí, siendo observada por sus hermanos, por su madre, por Laurie y por un puñado de desconocidos.

—Tranquilo. Voy a recogerte luego y comemos juntos, ¿vale?

Él asiente antes de acercarse a mí para besarme.

Es un beso intenso, que cuida, que quema, que agradece.

Cuando nos separamos, acaricio su mejilla y le recuerdo que estaré aquí si me necesita.

Se marcha al cabo de unos minutos y yo aprovecho para darme una ducha, sin prisa.

Al terminar, llamo a mi hermana para contarle cómo van las cosas y, luego, le mando un mensaje a Sam, que sigue inmersa en la promoción de la película.

Un rato más tarde, regreso al salón y, cuando estoy decidiendo si darme un baño en la piscina o ponerme al día con cosas de trabajo, suena el timbre de la casa.

Me acerco a la entrada, donde un sofisticado sistema de videovigilancia proyecta la imagen de la madre de Wes, esperando a ser atendida.

Eleanor James está aquí. No sé cómo sentirme respecto a la posibilidad de tenerla frente a mí, pero ignorarla no es una opción, así que me decido a abrirle.

Mi corazón se acelera por la incertidumbre.

Instantes después aparece en el umbral de la casa y me echa un vistazo de pies a cabeza. Apenas puede esconder la irritación que le producen mi presencia en casa de su hijo pequeño y el aspecto que luzco: pelo recogido en un moño desordenado, camisa arremangada, pantalones cortos.

Aun así, compone una sonrisa educada cuando le doy los buenos días.

—Buenos días, señorita Parrish. ¿Le importa si paso un momento?

Me hago a un lado de inmediato para dejarla entrar mientras digo:

—Wes no está.

—Lo sé.

Algo en su tono de voz parece advertirme de que eso era algo con lo que contaba. Algo que quizá, incluso, ha preparado.

Sus ojos repasan el salón de la casa, como si buscara algo en los rincones, alguna pista que le dijera quién es Wes realmente, qué quiere de la vida, por qué se ha desviado del plan.

—¿Cómo conoció a mi hijo? —pregunta de pronto, parándose junto a mí frente a la mesa del comedor.

La luz entra a raudales por los ventanales. Echo un vistazo al mar que se ve a lo lejos. Respiro despacio.

—En un festival de música —respondo—. Fue hace años, cuando yo aún vivía en Los Ángeles.

—¿Con el señor Danton? —pregunta con un tono insolente al que consigo no reaccionar de manera visible.

—No. Conocí a Wes mucho antes que a Jake.

Un silencio incómodo se extiende sobre nosotras. La mirada de Eleanor James es la de una mujer que está acostumbrada a mandar, a conspirar en la sombra. Que sabe lo que quiere y qué hilos mover para conseguirlo.

Cualquier otra persona, tal vez, se sentiría intimidada ante su presencia.

O bajo el escrutinio al que trata de someterme.

Pero yo no. No, al menos, en este momento.

No después de haber pasado la noche recogiendo los pedazos de Wes.

No después de que se abriera en canal y me permitiera ver dentro de su herida para conocer la profundidad, los recovecos ocultos, el dolor que guarda desde siempre.

—¿Lo quiere de verdad? A mi hijo Wesley, quiero decir.

Su voz resuena con rotundidad en el salón.

La mía también cuando contesto:

—Sí.

Eleanor James pierde la vista unos instantes en la bruma de las olas que se intuye tras el cristal, como he hecho yo hace unos minutos.

Después, se mueve unos pasos por la estancia y sonríe para sí misma, como si estuviera acordándose de algo.

—Es un chico especial. Cada uno de mis hijos lo es, a su manera —dice unos segundos antes de girarse hacia mí de nuevo—.

¿Sabe, señorita Parrish? Yo ya perdí a un hijo.

No voy a pasar por eso otra vez. Usted no es madre, por lo que no puede imaginarse el dolor, el desgarro.

Es algo de lo que una nunca se recupera.

Trago saliva, algo incómoda por la expresión vacía de sus ojos al decir eso.

Ella suelta un carraspeo sutil y recupera la compostura.

Entonces, pregunta:

—Dígame. ¿Cuál es su precio?

—¿Mi precio? —repito, desconcertada.

—Sí. Todos tenemos uno, señorita Parrish. Dígame el suyo.

—Puede llamarme Elise. Y no estoy segura de entenderla.

—No tiene que ser una cifra. Mi familia lo tiene todo al alcance de su mano: contactos, influencia, posibilidades.

.. Así que, ¿qué sería? ¿Un trabajo mejor para su hermana?

¿El acceso garantizado de su sobrina a una gran universidad?

¿Un programa de emisión nacional para usted, con total libertad creativa? ¿Todo lo que acabo de mencionar?

Un relámpago de indignación se enciende dentro de mí.

—No hay nada que pueda darme que vaya a hacer que me aleje de Wes —declaro.

La señora James mueve la cabeza en un gesto condescendiente.

—No, Elise. No lo estás entendiendo. No quiero que dejes a mi hijo porque sé que esa no es la respuesta.

Quiero que lo convenzas de que siga en la familia, en la empresa.

Que sea quien está destinado a ser, a tu lado, si es lo que él quiere.

Allensyr lo necesita. En unos años, podría ser el director general; uno de los hombres más poderosos del país.

Y tú, su esposa. Podrías marcar la diferencia.

¿No es eso lo que siempre has querido? ¿Dar voz a historias, a causas, a personas?

Un futuro así puede ser tuyo si tomas ahora la decisión correcta.

Permanezco unos instantes en silencio, asimilando sus palabras. No solo la magnitud de lo que pretende, sino el hecho de que conozca tantas cosas sobre mi vida y que trate de utilizarlas para manipularme.

Me muerdo el labio en un intento de contener la furia que me trepa por la garganta.

Nunca en mi vida he estado más incómoda, más indignada, mientras, al mismo tiempo, me veo en la obligación de poner todo mi esfuerzo en contenerme.

—Pierde su tiempo, señora James —sentencio—. Apoyaría a Wes en su camino dentro de Allensyr a cambio de nada si eso fuera lo que él quisiera. Pero no lo es. Yo solo quiero que sea feliz.

—La felicidad es una utopía que se le vende a la gente de a pie. Nosotros no somos gente de a pie. Veo que aún no lo has entendido.

Una sonrisa ladina se forma en la boca de esta mujer que no está acostumbrada a escuchar una negativa.

Por alguna razón, al mirarla en este momento, recuerdo a mi propia madre.

Su cariño. Su dedicación. Su amorosa presencia. Y todo lo que nos enseñó. A escucharnos. A vivir el ahora. A decir que no.

Eleonor James es lo contrario: egoísta, fría, manipuladora.

Lamento profundamente que Wes haya sido criado por alguien así. Pero, al mismo tiempo, mi admiración hacia él, por ser el tipo de persona que es a pesar de ello, crece al instante de manera exponencial.

Con decisión, camino unos pasos hasta distanciarme lo suficiente de ella.

—Creo que es mejor que se marche —le digo—. A Wes no va a gustarle saber que ha estado aquí.

Sus ojos se tensan un segundo y yo me decido a añadir:

—Tranquila, yo no se lo voy a decir. No quiero hacerle más daño diciéndole que su madre ha intentado comprarme para salirse con la suya.

Su postura se yergue mientras me mira con intensidad. Como si quisiera leerme, saber si existe alguna grieta en mi decisión, si hay algo que aún pueda intentar para llevarme a su terreno, si las consecuencias de dejar de insistir son más o menos peligrosas que las de presionarme hasta el límite.

No sé exactamente qué encuentra en mi mirada, pero se limita a asentir y después dice:

—Entendido, Elise.

Por educación, la acompaño hasta la puerta.

Antes de decirle adiós, me tomo la libertad de darle un consejo que no me ha pedido.

—Por cierto, señora James. Tiene razón: no puedo imaginarme lo que sintió cuando perdió a Marcus.

Por eso, déjeme decirle que no tiene por qué pasar por lo mismo con Wes.

Su hijo la quiere. Si no lo hiciera, esta decisión no le estaría costando tanto.

Preocúpese por escucharlo y comprenderlo y, aunque esté lejos, siempre lo tendrá a una llamada de distancia.

Eleanor James no contesta ni muestra reacción alguna ante mis palabras.

Abandona la propiedad de su hijo con tranquilidad, con elegancia.

Cuando se marcha, el peso de nuestra conversación me acompaña durante horas y trato de purgarlo en mi interior, porque lo que le he dicho iba en serio: no quiero contarle nada de esto a Wes.

Si puedo ahorrarle un ápice de sufrimiento, lo haré.

Un par de horas más tarde, mi móvil suena con un mensaje suyo, anunciando la noticia que lleva cerniéndose sobre su vida los últimos días: Augustus Christopher James, fundador del imperio tecnológico Allensyr, acaba de dejar este mundo.