El verano que fuimos libres 71. Wes #2
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71. Wes #2

Mi hermana separa la vista de mí y la dirige hacia la nada. Un suspiro le llena el pecho y una parte de mí siente un gran deseo de abrazarla. ¿Quién consuela a Helena cuando siente que el mundo se le viene encima? ¿Quién la abraza? ¿Quién cuida de ella?

—No faltaré a mi palabra —me promete y, después, un silencio lúgubre se extiende dentro de la habitación.

Dejo un escueto beso sobre su pelo y me dirijo hacia la puerta, pero no soy capaz de abrirla sin hacerle antes la pregunta:

—¿De verdad fuiste tú? ¿Saboteaste el funcionamiento del software para dejar el error de Damien al descubierto?

Helena apenas pestañea, como si parte de ella se hubiera limitado a esperar que llegara a esa conclusión y me atreviera a echársela en cara.

—No fue un error. Fue una decisión consciente.

—Contesta, Helena.

—Ya sabes la respuesta.

Asiento con la cabeza. Aunque me decepciona que haya llegado tan lejos, supongo que no soy quién para juzgarla.

Solo Helena conoce el alcance de las heridas que carga y qué es capaz de hacer para aliviar su dolor, aunque sea solo un poco.

Antes de cerrar la puerta, le digo:

—Solo espero que las cosas salgan como deseas.

Cuando pongo un pie fuera del hospital, consigo soltar el nudo que llevo horas aguantando. Como resultado, la ansiedad lo llena todo y, al abrir la puerta de mi coche, siento que me cuesta respirar.

Un huracán ha despertado en mi pecho y lo arrastra todo con él: la posibilidad de que mi padre muera esta noche, las acciones de mis hermanos, el egoísmo, la ambición, el ego, el hecho de que todos parezcamos ser fichas de un maldito tablero de ajedrez llamado Allensyr.

Toda gira y gira dentro de mí.

Trato de serenarme. Cojo aire, lo suelto despacio. Cojo aire, lo suelto despacio.

Consigo aplacar la sensación de asfixia minutos después.

Es entonces cuando echo mano del teléfono.

—¿Wes? —La voz de Elise suena firme, cercana.

—¿Estás despierta?

—Sí.

—Voy a buscarte.

Aparco en casa de Molly y Brian veinte minutos más tarde.

Es la propia Elise quien sale a recibirme. Me abraza como si supiera que lo necesito para volver a respirar.

Luego, pasamos a la cocina, donde mis amigos insisten en que coma algo. Miro a mi alrededor y recuerdo que hace menos de dos meses Elise y yo estuvimos justo aquí, durante el terremoto.

Las cosas han cambiado tanto y de tantas maneras desde entonces que me da vértigo pensarlo.

—Podéis quedaros a pasar la noche, si queréis —ofrece Molly cuando nos terminemos la cena, pero declino la invitación.

—Gracias, chicos. Pero prefiero irme a mi casa.

Siento los ojos de Elise sobre mí todo el trayecto, pero respeta mi silencio: mientras avanzamos por la autopista que cruza el condado de San Mateo, entre las luces de los coches, cuando mi casa empieza a vislumbrarse a lo lejos, cuando por fin detengo el motor y soy completamente incapaz de moverme.

—¿No quieres entrar? —me pregunta.

Yo niego con la cabeza.

Elise me mira confundida cuando le doy la mano para que me acompañe a través de mi jardín hasta acceder a la puerta trasera que conduce a la playa.

Aquí, sentados frente al mar, con la luna en lo alto, el sonido de las olas y ella a mi lado, siento que un ciclo de mi vida se completa.

—Así empezó todo, ¿recuerdas? Tú y yo perdidos en una noche de verano.

Elise me mira con cautela, preocupada por mi actitud, por mi expresión frágil, por mi voz quebrada.

—Sí —responde.

—Lo pienso a menudo. ¿Qué hubiera pasado si nunca nos hubiéramos conocido?

—No lo sé —reconoce ella—. Creo que prefiero no saberlo.

—Me angustia pensar que, de no ser por ti, nunca me hubiera cuestionado a mí mismo. No hubiera tenido la motivación para romper. Estoy a un paso de ser libre y sé que es gracias a todo lo que hemos vivido juntos, pero siento que no es justo para ti que haya puesto este peso sobre tus hombros.

Ella niega despacio y se acurruca junto a mi cuerpo.

Su pelo me hace cosquillas en la barbilla y mi sonrisa se funde ahí, en lo alto de su cabeza.

—No es por mí, Wes. Este... eres tú. Hubieras encontrado la manera. No puedes esconderte para siempre de las verdades que viven dentro de ti.

Yo asiento y poco a poco empiezo a respirar mejor.

La angustia se disuelve lentamente y, al hacerlo, resurge un intenso sentimiento de tristeza.

—Cuando mi padre... cuando todo acabe... —Soy incapaz de terminar la frase.

—¿Sí? —me anima ella.

—Cogeré un avión y no volveré más.

Elise no dice nada mientras entierro la cabeza entre mis rodillas.

Mi cuerpo comienza a sacudirse a causa de los sollozos que salen de mí sin que pueda hacer nada por contenerlos.

Nunca nada me ha dolido tanto.

Darle la espalda a tu familia por sobrevivir, renunciar a tus raíces para poder ser dueño de tu propia vida... es como amputarte una extremidad para evitar que la infección se extienda.

Es como borrar una parte de ti para no desaparecer por completo.

El dolor sale de mi interior de manera feroz, no solo por el peso de mi decisión, sino por todo lo que he vivido estos años.

Por la pérdida de Marcus, por haber hecho sufrir a Elise, por haberme traicionado a mí mismo en tantas ocasiones.

Me ahogo.

—Creo... creo que voy a romperme —consigo decir en algún momento.

Los brazos de Elise se posan a mi alrededor. Siento su cuerpo protegiendo el mío.

—Hazlo —me dice—. Yo te sostengo.