El verano que fuimos libres 71. Wes
91%

71. Wes

Wes

Cuando Elise se marcha, me tomo unos minutos para serenarme.

Luke también se ha ido, no sé si antes o después que ella. Le mando un breve mensaje para darle las gracias por haberse ocupado de Elise y, a continuación, regreso a la sala donde se encuentran la familia y allegados que están aquí para conocer de primera mano el estado de mi padre.

Las últimas dos semanas han sido tan desconcertantes que me cuesta establecer un orden de cómo han sucedido los hechos.

Mi escapada a Nueva York para hablar con Elise. Aquellos días en los que sentí que, por fin, era posible. La abrupta aparición de Helena. El vuelo de regreso a San Francisco en el que ella y yo fuimos recopilando pruebas, archivos y trazando una estrategia.

La crisis en Allensyr. La tensión. La incertidumbre por el futuro de la compañía. La manera en la que mi familia quiso tapar lo ocurrido. La forma en la que Helena se plantó y lo hizo volar todo por los aires.

Después, todo se volvió negro.

Mi padre tuvo un fallo cardiaco, en medio de la sala de crisis, y su cuerpo apenas responde desde ese día.

Los médicos han dicho que está apagándose poco a poco y que debemos prepararnos para lo peor.

Y, a partir de entonces, el mundo parece haberse detenido, aunque, realmente, no lo ha hecho.

Gus sigue con su incipiente carrera política, Helena continúa recabando pruebas y Damien permanece al frente de la empresa.

Mi papel sigue siendo el de siempre: perfil bajo, el peón, el comodín.

Es mi madre la que dirige todo desde las sombras.

Todo eso sin abandonar el hospital, sin mostrar fracturas en la unidad familiar.

Llevo días sumido en un extraño estado de estupor y, entonces, Elise.

Elise, una vez más, salvándome de mí mismo.

—¿Ya se ha ido? —pregunta Damien, refiriéndose a ella sin ocultar su desdén.

—Sí.

No le ofrezco más información. No le digo que ha venido para quedarse, no en San Francisco, sino en mi vida. No le digo que, aunque no lo hubiera hecho, mis días en este lugar estarían contados de cualquier forma.

Solo le digo eso: «Sí», porque, como dice Luke, las cosas que más me importan son de las que menos hablo, porque temo lo que otros podrían hacer si tuvieran en sus manos un mapa con las coordenadas que señalan mis puntos débiles.

Al otro lado de esta sala, Laurie nos observa en silencio.

Sé que ha visto llegar a Elise. Sé que todos han oído la forma en la que le he dicho a mi madre que, si ella se marchaba, yo también lo haría. Sé que eso ha disparado aún más la tensión que se respira aquí dentro.

No quiero hacerle daño a Laurie, pero no podía permitir que la insolencia de mi familia pasara por encima de Elise.

Además, no he dicho nada que no sea completamente cierto: su lugar está a mi lado. Y el mío, al suyo.

Damien no dice nada durante unos instantes. Se limita a mirarme sin disimular la enemistad que en los últimos tiempos se ha instalado entre nosotros y que alcanzó su punto álgido días atrás, cuando mostré abiertamente mi apoyo hacia Helena.

Unas ojeras profundas adornan los ojos de mi hermano. Cualquiera podría pensar que alguien que ha causado un problema de la gravedad que azota a la empresa estos días agacharía la cabeza con cierta humildad. Pero Damien no es de ese tipo de persona.

—¿Qué estás intentando demostrar, Wes? —pregunta de pronto, como si la duda sobre el porqué de mis acciones fuese algo que lo atormentase cada día.

—¿Cómo?

—Con tu relación con Elise Parrish. Con tu lealtad a Helena. Con todo. —Hace una pausa para vigilar quién nos escucha—. Te estás equivocando.

—No eres el más adecuado para cuestionar las decisiones ajenas. Estamos en un buen lío, ¿recuerdas? Y es por ti.

—¿Eso piensas? ¿Que es por mí? —Su risa sarcástica resuena en la sala y llama la atención de nuestro hermano Gus, que nos mira con cautela—.

Eres tan ingenuo que hasta me das pena, Wes.

Fue Helena la que saboteó el fallo del software para salirse con la suya.

Es por ella y por sus ansias de poder por lo que estamos en esta tesitura.

Me quedo en silencio unos segundos mientras asimilo lo que está diciendo. Permanezco en shock unos instantes hasta que mi cabeza hace clic y lo entiende todo.

Damien puede ser muchas cosas, pero no es un mentiroso. Por eso sé que lo que dice es cierto.

Ignoro la sensación de decepción que me sacude por dentro y me centro en el porqué, en quién lo jodió todo, en el origen.

—Fuiste tú quien se saltó las normas en primer lugar, Damien. Además, no quiero hablar de esto ahora. Nuestro padre se muere.

Gus se acerca a nosotros, como si supiera que tiene que mediar entre ambos; calmar los ánimos para evitar que Damien y yo montemos un escándalo delante de algunos de los consejeros de Allensyr.

Eso es lo más importante. Las apariencias.

Apenas un minuto después, abandono la sala, frustrado.

Reviso mi teléfono y la idea de llamar a Caroline cruza mi mente. Estos días estamos en contacto porque me está costando manejar la ansiedad.

En nuestra última conversación me dio una serie de pautas por si en algún momento sentía que no podía más.

«Tomarte una pastilla si lo necesitas no es fallar en tu recuperación, Wes. Es cuidar de ti mismo. Hazlo sin culpa y mañana será otro día».

Finalmente, eso hago. Echo mano de la medicación, me lavo la cara en el cuarto de baño y, cuando salgo, me sorprende encontrarme a Laurie ahí; esperando, mirándome.

Las veces que hemos coincidido en estos últimos días nuestras interacciones han sido más bien escasas, pero era cuestión de tiempo que ella tratase de acercarse de alguna manera.

—La quieres de verdad.

Es lo primero que dice para romper el silencio. Permanezco callado unos segundos y, aunque realmente no quiero herirla, tampoco quiero ocultar algo que es evidente.

—Sí.

Laurie asiente y sé que su cabeza, como la mía, está recordando la noche que puse fin a nuestro compromiso y a nuestra historia para siempre.

El dolor se escurría por las paredes del apartamento de la ciudad. Hacía meses que yo no ponía un pie en la casa que teníamos en Sausalito porque no me consideraba capaz.

Era de noche. Había tormenta. Y la furia de los truenos que rugían fuera se entremezclaba con el sinfín de sensaciones que se condensaban en su voz.

«¿Es por Elise?».

«¿Cómo sabes...? ¿Te lo ha dicho Damien?».

«No ha hecho falta. Es con ella con quien pasaste aquella noche en Los Ángeles, ¿verdad? Todo encaja» .

Palidecí durante unos instantes, pero no lo negué, porque sí: todo encajaba.

Laurie empezó a soltar uno a uno todos los argumentos que la habían llevado a esa conclusión y los lanzó contra mí con dolor, con ira, como un reproche.

Las veces que Elise aparecía en televisión de la mano de Jake Danton y yo perdía la noción del tiempo mirándola a través de la pantalla.

El hecho de que la llegada de Elise a San Francisco coincidiera con mi desconexión total y absoluta de mi vida con Laurie.

Lo sorprendida que se quedó el día que se cruzó con ella en el restaurante de Mark cuando yo jamás le había mencionado que la conocía.

Las dichosas fotos del Palacio de Bellas Artes.

Y cómo recaí en mis problemas de ansiedad justo en el momento que ella puso tierra de por medio.

Elise es el gran amor de mi vida y, por mucho que haya intentado luchar contra lo que siento, ella siempre ha estado dentro de mí.

Y Laurie pudo verlo. Siempre lo supo.

—Tu familia nunca la aceptará, Wes —declara con intensidad—. Sabe el papel que jugó en nuestra separación.

—No me importa si la aceptan o no. Mi familia ahora es ella.

El significado y el peso de mis palabras la hacen retroceder.

Su expresión, que siempre trata de mantener bajo control, se resquebraja unos instantes.

—¿De verdad vas a echar toda tu vida por la borda por ella, Wes?

—Nunca lo entendiste, Laurie. Esta no es mi vida. Esto es solo el lugar donde nací y crecí y el sitio del que nunca he conseguido desprenderme. Mi vida es otra, y no está aquí.

—Pero ella...

—No es por ella, Laurie —la corto, tajante—. Es por mí. Y el hecho de que sigas sin entenderlo es una de las muchas razones por las que tú y yo nunca fuimos el uno para el otro.

El silencio se derrama sobre nosotros como una verdad que hasta ahora no hemos sabido nombrar.

Pesa, cala los huesos, y justo ahí, Laurie se deja arrastrar por mi discurso hasta comprenderlo, hasta hacerlo suyo. Su boca se entreabre. Sus pupilas se expanden como si tuvieran mucho que asimilar y, hasta ahora, no hubiera dispuesto del espacio para hacerlo.

Parece decepcionada, confusa y, en algún lugar de su rostro, también se trasluce una sensación de alivio.

Laurie me ha querido siempre, no tengo dudas de ello. Pero también creo que estaba enamorada de un fantasma, de un ideal que no existe.

—Espero que seas feliz, Wes —me dice, antes de regresar a la sala de nuevo.

—Tú también.

Compartimos una última mirada, como si fuera una despedida, y después voy en busca de mi hermana.

Encuentro a Helena dentro de la habitación de nuestro padre. A los pies de su cama. Temblando ante la multitud de sonidos que emiten las máquinas.

—Los médicos no creen que pase de esta noche —me informa y yo asiento.

Creo que ninguno de los dos sabemos cómo sentirnos al respecto.

En muchos aspectos, mi padre es un desconocido para mí. Conozco al líder, al personaje, al magnate. Pero no al hombre. Creo que a ella le pasa lo mismo.

—Voy a marcharme, Helena —anuncio de pronto y mi hermana me pregunta, sin despegar la vista de nuestro padre:

—¿Con Elise Parrish?

—Sí. Pero no me refiero solo a eso. Cuando todo acabe cogeré un avión y no querré saber nunca más nada de Allensyr.

Se gira hacia mí. Su rostro, congestionado, se crispa unos instantes.

—Wes...

—Sabías que este era mi plan. Me dijiste que me ayudarías y confié en ti. Pero, aunque no lo hagas, mi decisión está tomada.