70. Elise
Elise
Agosto aparece tras el telón de este verano como el número final de una actuación.
A mi alrededor, todo está en pausa.
El aire pesa. El ruido que sobrevuela Nueva York se ha vuelto más lento. El calor sube desde el asfalto como una segunda atmósfera, y mientras tanto la vida sigue.
Aprovechando que tengo unas semanas de vacaciones, Emily nos arrastra a Evie y a mí a la playa.
Aquí, entre mar y sal y recuerdos, trato de despejar la mente y dejar solo espacio para ordenar lo que siento, sin que medie la razón.
Dejándome mecer por las olas mientras el atardecer de un día de verano resbala por el horizonte, acepto por fin que Wes y mi hermana estaban en lo cierto y me enfrento al pánico que ha plantado una bandera en el centro de mi pecho.
Lo observo desde todos los ángulos posibles, como si fuera un poliedro de caras infinitas.
Rozo cada superficie, examino las aristas, acaricio los vértices que sostienen en pie la figura, cartografío mis temores: el miedo a sentirme sola a su lado, el miedo a vivir para siempre bajo la amenaza de que todo vaya a desaparecer, el miedo a que se arrepienta de sus decisiones, el miedo a que solo esté enamorado de una imagen que no existe, el miedo a decepcionarlo, el miedo a no saber cuidarnos el uno al otro.
—Tenías razón —le digo a Emily por la noche mientras tomamos vino, tumbadas en la arena sin dejar de mirar las estrellas—. Tengo miedo.
Mi hermana sonríe. Como si llevara días esperando a que confirmara lo que ella había dicho una semana atrás en voz alta. Como si me hubiera dado espacio a conciencia para que durante esos momentos entre olas lograra mirar dentro de mí.
—¿Recuerdas lo que nos decía siempre mamá sobre el miedo? —me pregunta.
—Sí. Que el miedo es como un sensor que se ilumina cuando algo de verdad nos importa. Y que la única forma de atravesarlo es abrazando el temblor.
Emily y yo chocamos nuestras copas y seguimos bebiendo, con el cielo sobre nuestras cabezas y la luna reflejándose en el mar a lo lejos.
Y justo ahí, en el instante en que etiquetas la experiencia, cuando te atreves a atravesarla, sin juzgarla, sucede: todo se recoloca, te sientes más libre, más ligera.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —me pregunta.
—Debería intentar hablar con él. Pero aún no sé cómo hacerlo —reconozco.
Sin embargo, al día siguiente, cuando me levanto, la respuesta acude a mí sin previo aviso.
Al coger mi móvil, veo que un mensaje aguarda a ser leído.
Y pienso en las coincidencias, en la casualidad, en las sincronías que el destino teje sin que te des cuenta.
En las cosas que ocurren cuando estás preparado para recibirlas.
Y también pienso que eso hemos sido siempre Wes y yo. Un puñado de encuentros que sucedieron casi de forma mágica justo en el instante en que los necesitábamos.
Una noche de verano que te recuerda quién eres cuando estás a un paso de olvidarlo.
Una burbuja que te ayuda a respirar cuando te ves arrastrado por la vida y no sabes cómo has llegado a un lugar que no reconoces como tuyo.
El desvío inesperado en un camino que te has esforzado por construir y que te pone frente a un rincón escondido que te deja sin aliento.
Luke: No quiero meterme donde no me llaman, pero sé que me arrepentiré si no lo hago. Su padre ha sufrido un fallo cardiaco. La situación es grave. Te necesita.
Y es ahí cuando lo sé.
La vida no va de ignorar el temblor, sino de abrazarlo.
—Emily... —Voy corriendo en busca de mi hermana, que está preparando el desayuno—. Ha pasado algo. Tengo que irme.
Me observa preocupada mientras le cuento lo que está ocurriendo.
Después, simplemente me sonríe y entre las tres nos ponemos en marcha: Evie mete las cosas que he traído en una maleta, Emily reserva un vuelo y yo me pongo en contacto con Luke para ultimar los detalles.
Con el corazón en la garganta.
Con la seguridad de quien sabe que está dando un paso decisivo.
Cuando aterrizo en el aeropuerto de San Francisco a última hora de la tarde, Luke me está esperando.
Me recibe con un abrazo. No me da las gracias por venir, porque sabe que no hay nada que agradecer.
A pesar de las dudas y los desencuentros que hayamos podido tener desde que nos conocimos, Wes es importante para mí.
Le quise sin conocerlo de nada y le he ido queriendo más y más con el paso de los años.
En cada decisión que ha tomado, aunque el resultado me rompiera por dentro.
En su lucha, en su contradicción, siendo valiente y cobarde, cuando me mira, cuando escapa, cuando el miedo me consume, cuando no puedes hacer nada por evitarlo.
En cada minuto separados y en este preciso momento.
Luke y yo subimos al coche y, mientras conduce, compruebo que la ciudad de San Francisco sigue exactamente igual que cuando me marché: con sus calles empinadas, con sus rincones llenos de niebla, con la vanguardia vibrando en las esquinas, con sus casas de colores.
Yo apenas abro la boca y Luke solo suelta ideas inconexas: «Sus hermanos han cerrado una planta del hospital». «La noticia no ha trascendido a la prensa». «La situación de la empresa es delicada. Si no toman una decisión rápida, es posible que no tenga solución».
—¿Seguro que es buena idea? —le pregunto cuando se detiene en el aparcamiento del hospital y la realidad se me viene encima.
Sin importar el tipo de familia que sean, este es un momento íntimo, delicado, privado.
Las cosas entre los James son lo suficientemente difíciles sin necesidad de añadir un elemento disruptivo a la escena, como puede ser mi presencia.
—Tranquila —me sonríe Luke con expresión conciliadora—. Estarás bien.
Yo me limito a asentir y, a continuación, nos internamos en el edificio.
Damos nuestros nombres a los guardias de seguridad, que nos conducen a un ascensor.
Cuando las puertas se abren, me sorprende la cantidad de gente que hay: casi una decena de trabajadores sanitarios y otras cinco o seis personas que se encuentran en una sala situada al final del pasillo.
Mientras avanzamos, siento en todos los rincones de mi cuerpo que no soy bien recibida.
Pocos pasos antes de llegar a la sala, me detengo.
—Luke..., no sé...
En ese momento, los ojos de Wes me encuentran.
La expresión neutra que se esfuerza por mantener delante de la gente se quiebra en este mismo instante mientras un millón de emociones le inundan: alegría, alivio, tristeza, esperanza.
Cierra los ojos, como si se sintiera sobrepasado por todo.
Después, se pone en pie.
Trago saliva mientras camina despacio hacia mí. Cuando solo unos pasos nos separan, cubro la distancia entre los dos y me dejo caer sobre su pecho.
Wes me abraza como si necesitase mi cuerpo para agarrarse a la vida sin importarle todas las miradas que estamos atrayendo.
Permanecemos así un minuto. Dos. Tres. Y entonces entiendo que atreverme a quererlo de verdad es justo esto. Abrazarlo. Cuidarlo. Ser su refugio cuando se siente más vulnerable.
Cuando nos separamos, deja sus labios sobre mi frente en el beso más sentido que me han dado nunca.
Nuestros ojos se encuentran en una mirada lenta y significativa.
Antes de que podamos pronunciar palabra alguna, una presencia se detiene a nuestro lado.
La madre de Wes, Eleanor James, con la tez blanca, la mirada astillada y las manos firmes, toma la palabra:
—Señorita Parrish, siento decirle esto, pero... no puede estar aquí.
Yo trago saliva y Wes sujeta mi mano entre las suyas con firmeza.
—Su sitio está a mi lado, mamá. Si ella se va, yo también.
Madre e hijo se enredan en una batalla silenciosa.
Sé que ella ve en su rostro que lo que dice va en serio, e imagino la cabeza de esta mujer como una hoja de cálculo que le permite medir las consecuencias de cada camino que escoja.
Finalmente delibera que dejar que su hijo siga aquí con la mujer que él ha elegido y que nadie más aprueba es menos conflictivo que el hecho de que se marche mientras el patriarca de la familia permanece hospitalizado.
Se retira sin decir nada y, a continuación, Wes me dirige a un lugar algo apartado para poder hablar sin tantas miradas sobre nosotros.
—No me puedo creer que estés aquí —me dice sin separar sus ojos de mí.
—Claro que estoy aquí. —Hago una pausa—. Siento... siento haber desaparecido. Tenías razón: estaba asustada y sobrepasada por todo, pero... claro que he venido, Wes. Tú mismo lo has dicho: mi sitio está a tu lado.
Él suspira, abatido, abrumado, y me doy cuenta de que posiblemente esta sea la primera vez en horas que se permite dejar fluir sus emociones, sin la obligación de mostrarse imperturbable ante el mundo.
—Todo se ha ido a la mierda en cuestión de un pestañeo —me explica, como si quisiera disculparse—. Mi idea era venir, hacer lo que tenía que hacer y regresar contigo, a Nueva York, pero todo se complicó durante días y entonces mi padre...
Agita la cabeza, hundido, y yo le abrazo de nuevo.
—No pasa nada, pero... ¿es grave?
—Sí —confirma—. Siento no haberte avisado yo mismo de lo que estaba pasando. No quería... No quería que te sintieras en la obligación de venir.
—Lo sé. Lo entiendo. Y no he venido por obligación. He venido porque quería estar a tu lado.
Nuestros ojos se encuentran y algo me duele dentro, algo que no es mío, sino suyo, pero que reverbera dentro de mí con intensidad.
Nunca lo he visto tan destrozado como en este momento, con el mundo deshaciéndose a su alrededor mientras trata de rescatar los pedazos que lo hacen ser quien es para evitar que acaben escondidos entre las ruinas.
—Tú tenías razón, ¿sabes? —dice de pronto, con una tristeza infinita—. Soy un James. Siempre seré un James. Mi padre está a punto de morir y lo único en lo que puedo pensar es que, pase lo que pase, y por mucho dolor que me hayan causado, él y mi madre me dieron la vida y no puedo cambiarlo.
Se me encoge el estómago al percibir lo profunda que es su herida.
—Sí. Eres un James, pero no importa, Wes. No me importa.
—¿Qué quieres decir? —Me observa con precaución.
—Te dije todo aquello, que eres un James, que pertenecemos a mundos distintos, como excusa para no atreverme a estar contigo, pero estaba equivocada.
Todos tenemos una familia. Todos tenemos unas raíces.
No soy nadie para presionarte. Debo ayudarte a soltar lastre, no utilizar tus debilidades para alejarme de ti.
Elijo quererte entero, no solo las partes de ti que no tienen cargas.
Su mirada se empaña unos instantes antes de abrazarme con ansiedad.
Percibo la velocidad a la que late su corazón y el temblor que sacude su cuerpo.
Parece que ahora que sabe que estoy aquí para sostenerlo, se da permiso para dejarse caer un poco.
—Me da miedo no saber hacerte feliz —susurra de pronto, en mi oído—. Estar tan jodido y tan atado a toda esta mierda que tu vida acabe convertida en un infierno.
Lo abrazo más fuerte.
—No te preocupes por eso ahora. Aprenderemos juntos.
—Te quiero tanto, Elise...
—Lo sé.
Nos miramos un segundo a los ojos y a continuación nos besamos, con cautela, con curiosidad, como si fuera la primera vez.
Y quizá no sea la «primera» como tal, pero sí la primera sabiendo que ya no habrá una «última».
Los pasos que se oyen correteando por la planta nos hacen tomar conciencia del lugar en el que estamos.
Nos separamos, despacio.
Nos sonreímos y le arreglo un poco el cuello de su camisa mientras digo:
—Quizá lo mejor sea que me vaya y que te espere en algún sitio...
—No. No te vayas, por favor. Solo... hay algo que debes saber. —Hace una pausa breve, en la que se pasa las manos por el pelo—. Laurie está aquí.
—¿Laurie? ¿No vivía en Australia?
—Casualmente estaba por aquí de vacaciones cuando pasó todo. Ha decidido venir al hospital, por respeto a mi familia. No sé cómo va a reaccionar cuando te vea. Para mí no es un problema, pero...
Niego con la cabeza. Lo último que deseo es que las cosas sean más difíciles de lo que ya son.
—Me iré a casa de Molly y Brian —anuncio—. Cogeré un Uber.
—No. Ve a mi casa. Vamos a mi casa.
Empieza a palpar sus bolsillos, comprobando que lo lleva todo. Parece nervioso ante la posibilidad de separarse de mí, como si parte de él temiera que, al hacerlo, estuviese fallándome de nuevo.
—Wes, escúchame —le digo, poniendo las palmas sobre su pecho—. No voy a irme a ningún sitio. Tú debes estar con tu familia. Cuando las cosas se calmen, ven a buscarme. Hablaremos.
Lo veo tragar saliva con dificultad mientras bucea en mi mirada.
Después asiente. Vuelve a besarme. Y me acompaña hasta el ascensor.