69. Wes
Wes
Una reunión de crisis no está hecha para el silencio, pero es lo único que se escucha en este momento.
Nunca pensé que viviría algo así.
He visto a mi familia tomar decisiones complicadas.
He visto cómo sacrificaron el recuerdo de uno de sus hijos por conservar la imagen de la empresa.
He visto cómo nos han manipulado a cada uno de nosotros, de diferentes maneras, para que cumpliéramos el papel que ellos esperaban.
Los últimos días han sido un infierno de decepción, rabia y hastío, pero hoy, en esta reunión que se ha convocado para trazar una estrategia familiar común, todos esos sentimientos han crecido de forma exponencial hasta convertirse en algo más complejo y nocivo.
No esperaba que trataran de taparlo todo, de limpiar la imagen de Damien para que saliera impune de su propia negligencia.
Mis padres no quieren manchar la reputación de su hijo. Ni arriesgarse a que Allensyr se vea en la obligación de nombrar a un nuevo director general. Los expertos en crisis aconsejan que actuemos con transparencia, pero mi familia no hace caso.
Helena y yo intercambiamos una mirada. Parte de mí quiere echarse atrás, dejar que las cosas sigan su curso y, simplemente, desaparecer.
Pero le hice una promesa a mi hermana. Y sé que no me sentiría en paz conmigo mismo si tomara una actitud pasiva en este punto de inflexión que atravesamos como empresa y como familia.
Al fondo, varias pantallas reflejan nuestro recorrido descendente en la bolsa.
El ambiente en la sala es cada vez más pegajoso e incómodo.
La tensión que nos recorre a todos rebota en las paredes cuando alguien añade alguna observación o comentario.
Entonces, Helena, por fin, toma la palabra:
—No estoy de acuerdo con que tapemos lo ocurrido —dice con claridad—. Nada nos asegura que no vuelva a ocurrir algo así en el futuro. Lo hizo a conciencia. Solo le importaba cerrar ese trato. Puso su ego por delante de la seguridad de millones de personas.
La rotundidad del discurso de Helena surte el efecto deseado.
El acero brilla en los ojos de Damien. Gus suspira, preocupado. Y nuestros padres tratan de permanecer impasibles tras su máscara.
—No tienes pruebas de lo que estás diciendo —suelta mi padre, con su característico tono autoritario, al tiempo que intenta dominar sus propias emociones: irritación, rabia, desidia.
—Sí las tenemos.
Todos los ojos se centran en mí cuando me levanto para conectar en el ordenador las pruebas que Helena y yo llevamos días recogiendo.
Intercambio una breve mirada con mi hermana antes de darle al botón de reproducir.
Cuando lo hago, se ve todo: los plazos que no se tuvieron en cuenta, los correos que demuestran que fue una acción deliberada, las pruebas de control que mostraron los fallos que contenía el software .
El silencio en la sala se convierte en una cuerda estirada al límite de su resistencia.
El aire se vuelve espeso y cada respiración suena más fuerte de lo que debería.
Las miradas de los presentes evitan encontrarse y, cuando lo hacen, se clavan con una intensidad punzante.
Es mi padre, de nuevo, el que carga con el peso de la conversación:
—Destruid eso —espeta—. No puede saberlo nadie, ¿me oís? Las consecuencias serían catastróficas.
—Demasiado tarde —anuncia Helena—. Ya está en manos de la junta.
Damien se pone en pie en un estallido colérico, pero antes de que pueda abrir la boca mi madre tira de él para que vuelva a tomar asiento.
Gus se tapa los ojos y mi padre pierde el color de la cara mientras comprende el alcance de la situación.
Cuando habla, parece fuera de sí.
—¿Qué habéis hecho? ¿Cómo os habéis atrevido a...?
De pronto se lleva una mano al pecho. Se queda callado. Como si le faltara el aire. Trata de hablar, pero las palabras se le atascan.
Le dedica una mirada de urgencia a mi madre.
Después, el mundo entero parece fundirse en negro.