El verano que fuimos libres 68. Elise
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68. Elise

Elise

Los días pasan entre intensas jornadas de trabajo antes de las vacaciones, ratos muertos, mirando a la nada, y llamadas de Wes que ignoro de manera sistemática.

Entonces, dejan de llegar. Y, por alguna razón, ese hecho se convierte en el punto de inflexión que me desestabiliza.

Mi ánimo decae, las dudas me comen por dentro, la tristeza lo llena todo.

—Estás empezando a preocuparme —dice Emily, mirándome con atención una tarde que paso entera tirada en el sofá.

Eso es poco propio de mí. Soy una persona activa, siempre me traigo algo entre manos. Pero últimamente siento como si una corriente de apatía hubiera inundado mi organismo. Me siento lánguida, pesada, débil. Como si mi cuerpo me estuviera obligando a parar.

—Estoy bien. —Intento tranquilizar a mi hermana, pero ella me mira con escepticismo.

Toma asiento a mi lado, en el sofá, y trata de adoptar una postura conciliadora para abordar el tema.

—No lo entiendo. No estáis juntos, cariño. Nunca habéis estado juntos. ¿Por qué esta reacción ahora?

Mi hermana tiene razón. Wes y yo nunca hemos sido nada. Por eso dolía en un lugar muy específico: donde viven las posibilidades.

Guardé aquel «nosotros» en un lugar silencioso, dentro de mí, donde no me impedía seguir, donde no necesitaba soltarlo del todo.

Y, de pronto, las reglas del juego cambiaron. La posibilidad era tan real que abrumaba. Y no supe manejarlo bien.

—Yo tampoco lo sé... Es como... si todo este tiempo hubiéramos vivido en un presente que jamás iba a materializarse —le explico mientras trato de desenredar las ideas—. Pero entonces...

—Apareció por aquí. Diciéndote que estaba dispuesto a todo.

—Sí.

—¿Y qué pasó?

Respiro hondo, tratando de serenarme.

—Creo que no sabía lo que estaba ofreciéndome realmente.

Hablaba de un futuro que parecía irreal porque las cosas no ocurren así.

Para tener una oportunidad de verdad con alguien, hay que hacerla posible, no solo fantasear con ella.

Me pareció un puñado de humo. —Me encojo de hombros—.

Y entonces llegó su hermana y... comprendí al instante por qué todo me parecía una ilusión: porque lo ha sido siempre, todo el tiempo.

Su vida es algo tan complejo que ni siquiera alcanzo a entenderlo. Pertenecemos a mundos distintos.

Permanezco callada, con la mirada perdida durante un buen rato.

Siento los ojos de mi hermana sobre mí, analizándome, intentando verme por dentro.

Es un superpoder que ha heredado de nuestra madre. La veo emplearlo con Evie, cada día. También conmigo cuando no soy capaz de ponerles palabras a los sentimientos que azotan mi interior.

Dentro de mi mente se reproduce una y otra vez la expresión de Wes cuando vio aparecer a su hermana en el hotel.

La manera en la que trató de llegar a mí cuando estuvimos a solas y la realidad había caído sobre nosotros con un estruendo aterrador.

La mirada que me dedicó cuando cerró la puerta. Decepcionado, triste, cansado.

Sacudo la cabeza para deshacerme de todo eso y vuelvo a centrar la atención en Emily.

—¿Sabes qué creo? —me pregunta ella.

—¿Qué?

—Que tienes miedo, Elise.

Mi corazón se agita y el movimiento retumba en mis costillas.

—¿Miedo? ¿De qué?

—¡De todo! De él, pero también de ti. De confiar en alguien que te falló una vez y que puede acabar haciéndolo de nuevo.

De no estar a la altura de lo que él espera de la vida cuando decida romper con todo.

Pero, sobre todo, de darte por entero y que aun así no sea suficiente como para hacerlo funcionar.

Sus palabras resuenan en mi interior con fuerza. Tan punzantes, tan honestas... Recuerdo que Wes dijo lo mismo. Mi respiración se acelera.

—No sé —titubeo y en el rostro de Emily se extiende una sonrisa cargada de amor y ternura.

—Cariño, si tanto te importa ese hombre, si no has conseguido sacártelo de la cabeza en cinco años, quizá deberías darle el beneficio de la duda. Esa eres tú, Elise, ¿recuerdas? Aceptas a las personas tal y como son. Las cuidas. Las proteges. ¿Por qué no con él?

La miro con el ceño fruncido.

—¿Desde cuándo estás de su parte?

Mi hermana se ruboriza levemente.

—Sé que he sido muy dura contigo con respecto a esta historia.

Quería protegerte porque eso es lo que se supone que hacemos las hermanas mayores, pero.

.. creo que ese intento de protección hablaba más de mí que de ti, cuando la realidad, Els, es que no podemos vivir toda la vida con miedo a que otros nos hieran.

La desconfianza se cronifica. Y no quiero que por tratar de protegerte acabes volviéndote de hielo, como me ha pasado a mí.

Emily se mordisquea el labio, como si se avergonzara de llevar esa armadura bajo la piel.

Mi hermana ha pasado por mucho para sacar adelante a su hija, igual que le ocurrió a nuestra madre.

Entiendo de dónde nacía su miedo, el de las dos, pero no es algo que deba hacer mío, porque yo soy otra.

—¿Y si estoy luchando por un imposible? —expreso finalmente en voz alta.

—¿Y si no? Tú lo quieres, Elise. Y parece que él te quiere a ti.

—A veces con quererse no basta, Emily.

—Y, a veces, atreverse a querer a alguien de verdad es lo que lo cambia todo.