El verano que fuimos libres 65. Wes
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65. Wes

Wes

—No puedo irme, Helena —le respondo de reojo mirando a Elise, que parece haberse encogido bajo el peso de la situación y de la presencia de mi hermana.

—Wes..., no sé si entiendes la magnitud de lo que está pasando.

—Claro que lo entiendo, pero...

—¿Podemos hablar en algún sitio? —Alza las cejas con intención un segundo antes de añadir—: A solas.

La postura de Elise se crispa a mi lado.

Le dirijo una mirada de reojo y la tensión en su rostro es tan evidente que sé que está a un paso de irse, de salir de aquí.

—Puedes hablar delante de Elise —me apresuro a decir—. No tengo nada que esconderle.

—Wes... —La aspereza con la que mi hermana pronuncia mi nombre resuena en el interior de esta habitación donde, hasta hace solo quince minutos, la vida me parecía mucho más ligera.

Estamos alojados en una suite con dos ambientes, por lo que, sin mediar palabra, Elise desaparece detrás de la puerta doble que conduce a un pequeño salón.

Cuando queda fuera de nuestro campo de visión, Helena abre su bolso y saca su tablet y unos cuantos documentos.

Yo la miro. Frustrado, cabreado. Sin comprender del todo por qué ha pasado esto, por qué ahora que todo parecía estar colocándose en el lugar adecuado.

Me froto los ojos, me acerco a mi hermana y, durante la siguiente media hora, intentamos establecer una línea temporal clara de cómo han pasado las cosas.

Por lo que parece, Damien quiso presentar una oferta a la red de aeropuertos tratando de ser más competitivos en cuanto a los plazos.

Para lograrlo, cometió la negligencia de saltarse las últimas fases del control interno de calidad.

Ese es el archivo que interceptó la gente de Helena hace unas semanas.

De forma aparentemente casual, el software ha fallado y ha dejado sin servicio a cientos de aeropuertos en plena temporada de verano, con los costes económicos y personales que eso conlleva.

—Lo tenemos, Wes. Tenemos que llevarle esto a la junta. No tendrán más remedio que destituirlo, y entonces...

Yo me froto los ojos de nuevo. No quiero saber nada de este tema. No ahora, cuando me sentía tan cerca de Elise, cuando todo parecía posible.

—No puedo hacerlo sin ti —insiste mi hermana—. Si lo presento yo sola, parecerá que es una cuestión de venganza por mis tensiones con él. Si lo hacemos juntos, en cambio...

La miro unos segundos a los ojos. La desesperación de Helena es palpable y me resulta sencillo comprender de dónde procede: para ella, han sido años de desprecios, de peleas, de no sentirse valorada a pesar de haberlo dado todo por la empresa, de que le hayan hecho sentir constantemente que no estaba a la altura.

Además, sé que tiene razón en lo que plantea.

Si es ella la que expone esta situación nadie la tomará en serio; lo achacarán a su enemistad con Damien fundamentada en años de rivalidad.

Necesita un apoyo de peso, como es el mío.

Y, tal vez, mirándolo con perspectiva, yo también necesito un cierre. Necesito irme sabiendo que contribuí de alguna manera a mejorar las cosas.

El recuerdo de Marcus acude a mi mente cuando digo en voz alta:

—De acuerdo. Te ayudaré.

Helena dibuja una sonrisa breve y complacida. A continuación, solo dice:

—Te daré algo de tiempo para que arregles lo que sea que te traes entre manos con Elise Parrish. Después, volaremos a casa.

Tengo un millón de preguntas. Cómo sabía Helena dónde encontrarme, cómo sabía que estaba con Elise.

Pero no puedo atenderlas en este instante.

Además, parte de mí ya sabe la respuesta: que mi relación en el pasado con Elise fue conocida por toda mi familia; que nunca he dejado de estar en el punto de mira por ello.

Le pido a mi hermana que se vaya y, a regañadientes, abandona la habitación tras anunciar que esperará en el hall hasta que termine.

Cuando cierra la puerta, me dirijo a la otra habitación, donde Elise tiene la mirada clavada en la televisión.

Las noticias se hacen eco de lo sucedido en todos los aeropuertos del país y las consecuencias que el incidente está teniendo, especialmente en la vida de los pasajeros.

—Parece grave —dice, cuando percibe que tomo asiento junto a ella.

—Según Helena, lo es.

Nos quedamos en silencio unos instantes. Yo con la vista clavada en su rostro; ella, en la pantalla de la televisión.

Un minuto, dos minutos, tres minutos.

Se gira para mirarme por fin.

Cuando lo hace, sus ojos se abren y la luz que ilumina la estancia impacta directamente en sus pupilas, que se contraen como acto reflejo.

Se toma unos segundos para observarme. Yo trago saliva, intentando permanecer relajado, aunque algo en su expresión comienza a asustarme.

—Eres un James —declara de pronto, como si la rotundidad de ese hecho acabase de calar en su interior.

—Eh... sí. Claro. —La miro confuso.

—Me refiero a... que ese eres tú. —Sacude la cabeza—.

Pensarás que soy tonta, pero siento... siento que me estoy dando cuenta en este momento.

Es como... siempre he pensado en ti como si convivieras con dos identidades.

Pero no es así. Tú siempre serás Wesley James, con el peso y la responsabilidad que eso conlleva.

Una ráfaga incómoda se abre paso en mi pecho.

—No sé qué quieres decir con eso.

—Que siempre habrá alguna crisis. Alguna emergencia. Algo de lo que no te consigas desprender, porque formas parte de algo más grande que tú. Tu lugar nunca podrá estar donde tú elijas porque tarde o temprano deberás marcharte para cumplir con tu deber.

Se queda callada mientras un profundo sentimiento de tristeza se extiende sobre su rostro.

Me cuesta unos segundos comprender a qué se debe, pero entonces lo hago: cree que me voy a marchar, que no la voy a elegir a ella sobre todo lo demás como ocurrió en el pasado.

Me pongo de pie de inmediato y me arrodillo frente a ella. Tomo sus manos entre las mías.

—Elise, no... Solucionaré lo que sea que esté pasando y después volveré. Te lo prometo.

El dolor que desbordan sus ojos me está matando.

—¿Hasta cuándo? En cualquier momento surgirá algo más importante a lo que no podrás dar la espalda.

Y hasta ahora no lo había entendido, pero creo que por fin lo hago.

Esto, tu vida, Allensyr, está por encima de nosotros.

Es tu familia, tus raíces, tu identidad.

Yo no puedo pedirte que rompas con todo eso.

—Tú no me lo has pedido, Elise. Soy yo quien quiere dejarlo todo.

Niega con la cabeza. Mi corazón se acelera, sin comprender cómo es posible que la situación se esté viniendo abajo de repente, cuando parecía que estábamos tan cerca.

—No va a funcionar, Wes. Tu vida siempre estará allí.

Y lo entiendo. Pertenecemos a mundos totalmente distintos.

Y hasta ahora no he querido verlo. Siempre he pensado que, en el fondo, podíamos superar esta brecha que hay entre nosotros si tú consiguieras cortar el lazo, pero no hay nada que tengas que cortar. Este eres tú.

—No, no es verdad. Si solo...

El sonido de mi móvil irrumpe en la estancia.

Me levanto rápidamente y rechazo la llamada entrante.

Un segundo después, mi hermana llama de nuevo.

Apago el teléfono de inmediato mientras Elise me mira con abatimiento desde el sofá cuando vuelvo a situarme frente a ella.

—Tienes que irte, Wes.

—No puedo irme así.

Mis ojos se encuentran con los suyos y siento una sacudida violenta en el estómago como respuesta a lo que veo en ellos, a la manera punzante en la que le brillan las pupilas.

Como si esto fuera un adiós.

Como si no confiara en nosotros.

Como si realmente fuera imposible.

Los labios de Elise se curvan en una sonrisa triste sin dejar de mirarme. Su voz se rompe cuando les da forma a las palabras:

—Te quiero, Wes. Ya lo sabes. Pero la verdad es que somos un chico y una chica que se conocieron una noche de verano y se enamoraron para siempre de lo que podrían ser si la realidad no existiera.

Y nos hemos despedido y reencontrado una y otra vez, con la absurda esperanza de que algún día llegaría nuestro momento, pero ese no ha sido nunca el problema real: somos nosotros los que no encajamos.

Nuestras vidas. Tú siempre serás Wesley James.

El nudo que se ha formado en mi garganta apenas me deja respirar.

—Somos nosotros los que podemos elegir nuestro camino —susurro—. Tú misma lo dijiste.

—Me equivoqué.

—No te equivocaste. Solo necesito algo de tiempo para solucionarlo todo.

Elise hace un nuevo movimiento negativo con la cabeza. Después me mira y hunde los dedos en mi pelo. Lo hace con cuidado, con amor.

—Tengo que dejarte marchar —susurra.

—No —digo rotundo—. Tienes que confiar en mí. Tienes miedo a que vuelva a fallarte y lo entiendo. Pero no puedes darte por vencida.

Sus ojos se cierran un instante y en ese ínfimo parpadeo lo sé, sé que he acertado, sé que existe un temor dentro de ella sobre el que ha construido esa muralla de apariencia insondable que la mantiene lejos de mí.

Cojo sus manos entre las mías y beso sus nudillos.

Ella no dice nada, aunque no hace falta. Todo lo que siente está escrito en su cara, en su mirada, en el temblor de sus manos que intenta disimular.

—Te demostraré que puede funcionar. Voy a encontrar la manera. Te lo prometo.

El sonido de alguien llamando a la puerta de la habitación nos sorprende a ambos.

Cierro los ojos con hastío. Al abrirlos, Elise tiene la misma expresión de congoja que segundos atrás.

Observo el movimiento con el que traga saliva. Observo lo abrumada que se siente: por lo que bulle en su interior, por la vehemencia de mis palabras, por la situación, por todo.

—Te llamaré cuando aterrice en San Francisco —le aseguro.

Dejo un beso lento sobre su frente. Ella cierra los ojos hasta que salgo de la habitación, como si no estuviera preparada para verme marchar.

Los golpes en la puerta no cesan.

Meto mis cosas rápidamente en la maleta.

Cuando me asomo para decirle adiós, Elise sigue en la misma postura.

Si no me acerco de nuevo, es porque no estoy seguro de poder irme si lo hago.

Al cerrar la puerta de la suite , pienso que nunca nada me ha costado tanto como dejarla aquí.

Me encaro con mi hermana, que me mira en medio del pasillo con cara de pocos amigos.

—¿No podías esperar un puto minuto? —le espeto.

—¿Qué parte de que la red aeroportuaria está caída no entiendes? ¿Sabes lo que me ha costado conseguir un maldito avión para venir a por ti?

Cierro los ojos. Un suspiro de frustración se escapa de mis labios.

—Te ayudaré en esto —le digo—. Pero después tú me ayudarás a mí.

No especifico con qué, pero mi hermana lo sabe. En el fondo, siempre lo ha sabido: que mis días en Allensyr estaban contados.

—Wes...

—Quiero tu palabra.

Helena inhala con fuerza. Luego, deja salir el aire.

—Está bien. La tienes.

Horas más tarde, cuando el avión llega a San Francisco, cumplo mi promesa. Llamo a Elise. Pero ella no me responde.