El verano que fuimos libres 64. Elise
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64. Elise

Elise

Me despierto de pronto en plena madrugada, desorientada, sudando.

Miro el reloj y recuerdo que hoy no tengo que trabajar.

A mi lado, Wes duerme, respirando profundo, en la habitación de su hotel. En Nueva York.

Los últimos dos días han sido una estela confusa de instantes que nunca creí que viviría.

Desayunar con Wes, sin prisa.

Aprender algunas de sus manías cuando viaja.

Verlo esperando en la puerta del estudio cuando termino de trabajar.

Risas. Piel. Intimidad.

Pero, si hay algo que me perturba especialmente, son los planes de futuro que parece trazar de manera distraída, sin contexto, sin aparente fundamento.

Dejo escapar el aire, despacio.

Me levanto de la cama, me sirvo un vaso de agua y me asomo por la ventana, esperando que la sensación de desasosiego que me invade el pecho se disuelva un poco.

Pero no, no se marcha. Sigue aquí, mientras Wes suspira en sueños y yo pienso en estos días, en el modo en que todo parece encajar, como si el amor fuera algo simple o cotidiano.

Sin embargo, hay otros momentos en los que el silencio entre nosotros se llena de preguntas que no me atrevo a hacer en voz alta: ¿qué va a pasar con la empresa?

¿Y su familia? ¿Dejará San Francisco? ¿Está preparado para alcanzar la libertad?

¿Podrá vivir con el peso de la decisión?

¿Podré yo vivir con el peso de su decisión?

¿Sabré vivir con la tranquilidad de quien está realmente seguro en su propia casa?

Todos esos sueños de futuro parecen estar edificándose sobre la nada.

Me siento confundida, con ganas de escapar, aunque no consigo hacerlo.

Apoyo la frente contra el cristal. Está frío y mi piel caliente agradece el contraste.

Me quedo aquí unos segundos, hasta que percibo movimiento al otro lado de la habitación.

Wes se mueve en sueños.

Decido volver a la cama.

Me tumbo a su lado y me sorprendo cuando sus brazos rodean mi cuerpo, cubriéndome con ternura.

Deja un beso en mi sien. Sus manos acarician mis hombros, mi pecho, mi estómago.

—¿Qué te preocupa? —pregunta, en medio de la penumbra, como si fuera capaz de leer en mi interior todo lo que me angustia.

—Que no sea real —le respondo.

Wes solo asiente, pero no dice nada más. Me besa despacio y, minutos más tarde, ambos volvemos a quedarnos dormidos.

Por la mañana, reviso mi teléfono. Es domingo. Tengo un mensaje de Emily diciéndome que tienen planes para pasar el día fuera.

Le contesto rápidamente y entro en el baño para asearme.

Cuando salgo, Wes está aquí, en el centro de la estancia, mirándome con una sonrisa.

Me abraza fuerte, como si temiera que fuera a desaparecer.

—¿Estás bien? —me pregunta—. No tienes buena cara.

—No he dormido muy bien.

Él ladea la cabeza y me mira, como si lo supiera todo de mí, y después dice:

—Encontraremos la manera. Tienes que confiar en mí.

Yo suspiro.

—No creo que funcione así. No es tan fácil.

—Haremos que lo sea.

La cabeza me da vueltas pensando cómo dos personas tan diferentes podemos encajar en la realidad.

Él analiza, reflexiona.

Yo siento, actúo.

Para él son importantes las razones. Para mí, los hechos.

Quizá por ese motivo no logro deshacerme de la sensación incómoda que se extiende dentro de mí.

Wes habla del futuro, de ser libre, como si fuera algo abstracto. Como si verdaderamente no hubiera nada que no estuviera a tu alcance si lo deseas con fuerza.

Supongo que cuando lo has tenido todo, nada te parece imposible.

Yo tengo otra visión. Creo que somos nosotros los que construimos nuestro camino con las decisiones que tomamos. Y que la vida es efímera. Que debemos hacer que las cosas sucedan cuando es el momento, porque si nos paramos a esperar la oportunidad se esfuma, pasa de largo.

Tal vez por eso la intuición de que esto que existe entre Wes y yo sigue siendo solo una ilusión que no se va, no se borra.

Pasamos el día fuera, recorriendo museos para resguardarnos del calor asfixiante del verano neoyorquino, con las manos entrelazadas y tratando de alejar los fantasmas.

Durante el día, todo parece más fácil.

Cuando llegamos de nuevo al hotel, es casi de noche.

Nos metemos en la ducha, reímos juntos bajo el chorro de agua y, un rato después, mientras nos vestimos, tocan a la puerta de la habitación.

Y así, sin más, mi cuerpo lo sabe.

Reconoce la amenaza. El peligro.

Soy yo quien abre la puerta, con el pelo todavía húmedo.

Al otro lado, espera una mujer alta y sofisticada que clava en mí sus grandes ojos castaños.

—¿Sí? —pregunto con desconfianza.

—Elise Parrish, ¿verdad?

—Eh... Sí. Soy yo.

La mujer me ofrece la mano como una mera muestra de cortesía.

—Soy Helena James. Estoy buscando a mi hermano.

La sorpresa no me deja reaccionar durante un par de segundos. Los suficientes como para que Wes cruce la habitación y se sitúe a mi lado, con una pose rígida que lo hace transformarse en Wesley James al instante.

—Helena. ¿Qué...?

—¿Dónde está tu móvil, Wes? —le corta.

Él parpadea, sin dejar de fruncir el ceño.

—Por ahí, en algún sitio.

—Veo que no estás al tanto de lo que ha pasado.

Helena James es una mujer decidida, como muchas de esas personas que han crecido escuchando que están por encima de todo y que no deben pedir perdón ni permiso.

Antes de que me dé cuenta, se ha tomado la libertad de adentrarse en la habitación.

Ignora la cama deshecha, la ropa en los rincones y todos los signos de que está invadiendo el rincón de intimidad de dos personas.

Como si todo eso no fuera con ella, como si no le importara nada más allá del objetivo que persigue.

—¿Puedes poner las noticias, por favor?

La temperatura desciende varios grados aquí dentro.

Siento niebla a nuestro alrededor, como si Helena James la hubiera traído con ella desde San Francisco.

Soy yo la que reacciona a su petición, mirándola con suspicacia. Wes se ha situado cerca de mí, como si sintiera que debe protegerme de su propia hermana.

Cuando cojo el mando y apunto a la televisión, el motivo de la llegada de Helena se hace evidente:

«Una caída del software que da soporte a la operativa aeroportuaria ha provocado incidencias generalizadas en los aeropuertos del país.

El fallo ha afectado a sistemas clave como la facturación y la gestión de vuelos, causando retrasos y algunas cancelaciones.

Las autoridades han activado los protocolos de contingencia mientras los equipos técnicos trabajan para restablecer el servicio y se están investigando las causas, aunque todo parece indicar que el software , comercializado por la empresa tecnológica Allensyr, presenta ciertos errores de programación.

Se espera que su director general, Damien James, comparezca en las próximas horas explicando las causas de esta caída del sistema».

Despego la vista de la pantalla cuando veo que, a mi lado, Wes palidece.

Clava los ojos en su hermana, que asiente con firmeza.

—Coge tus cosas, Wes —dice—. Tenemos que irnos.

—¿Irnos?

—Tengo un avión esperándonos. Te necesitamos en casa. —Después hace una pausa dramática para añadir—: Damien la ha cagado de verdad. Creo que... ha llegado mi momento.

Wes la mira a ella, luego a mí y, de pronto, todo a nuestro alrededor parece saltar por los aires.