63. Wes #2
Mi mirada recorre cada rincón de su rostro, que se contrae y se expande para recibir el significado de mis palabras. De ahí baja a su garganta, donde el pulso late con fuerza y el movimiento que hace para tragar saliva es evidente.
Sus ojos se llenan de una ternura que me aprieta el estómago mientras sus dedos recorren mi nariz y mis mejillas.
—Me gustan tus capas —confiesa—. Estudiarlas.
Imaginarme que se desintegran. Me gusta que seas un buen chico, que siempre quieras actuar según tus valores y ser fiel a tu palabra.
Pero me gusta mucho más cuando te desafías a ti mismo y tratas de rebelarte y ver qué hay al otro lado de «hacer lo correcto».
Trago con dificultad. La intensidad de este instante me sobrepasa y, por un segundo, temo perder el equilibrio.
—¿Quieres saber algo? —le pregunto.
—Sí.
—Te fallé. En una promesa que te hice.
—¿Qué promesa? —Su entrecejo se arruga con confusión.
—Cuando te fuiste a Canadá, te dije que te dejaría marchar, que no te buscaría ni intentaría ponerme en contacto contigo, pero... no cumplí mi palabra.
—No sé a qué te refieres.
Suelto el aire con brusquedad, algo avergonzado por este episodio.
—Fue una noche, hace cosa de un año. Estaba en casa, era de madrugada, no podía dormir y había bebido un poco para tratar de conciliar el sueño.
Te mandé un mensaje de voz. Uno un poco patético, por cierto.
Ahora lo pienso y me arrepiento. Te decía un montón de cosas que sabía que no querías escuchar: que te quería, que no podía olvidarte, que me pidieras que lo dejara todo por ti.
Ella me mira, desconcertada.
—¿Qué pasó con ese mensaje? Nunca lo recibí.
—Mi móvil dio error al enviarlo. Traté de grabarlo de nuevo, pero no conseguía poner en palabras lo que quería decir y terminaba borrándolo. Al final mi móvil se quedó sin batería y se apagó. Me lo tomé como una señal. Así que, oficialmente, no falté a mi palabra, pero...
—Pero lo hiciste.
—Lo siento.
Hago un intento de apartar la mirada, pero sus ojos me retienen.
—No lo sientas. Eso es algo que haría el verdadero Wes. Con el que pasé la mejor noche de verano de mi vida.
Yo sonrío al pensar que tiene razón. Eso es algo que haría «el verdadero Wes», el que le pidió un espacio para ser él mismo, a pesar de que no era adecuado por muchas razones.
El que se encontraba con ella a espaldas del mundo, por cualquier rincón de San Francisco.
El que cerró un planetario para que se reencontrara con un recuerdo de su infancia aunque iba a casarse con otra persona.
Es él quien soy, quien quiero ser, y él no perdería la oportunidad de besar a Elise bajo las luces de esta ciudad, en medio de la conversación más importante de nuestra vida, así que eso hago.
La beso.
La beso después de semanas sin hacerlo.
La beso después de cinco años soñando con ella.
Y cuando su boca se mueve junto a la mía, cuando mi lengua y su lengua se reencuentran, pienso que derribar cualquier imposible merece la pena si somos nosotros, este Wes y esta Elise, los que esperan al otro lado.
El beso dura la noche entera y un pestañeo, todo a la vez, y cuando nos separamos, con su mirada aún fija en la mía, me pregunta:
—¿En qué estás pensando?
—En que hay recuerdos que deberían permanecer intactos toda la vida.
Volvemos a besarnos como una vez hace muchos años. Solo que ahora no lo hacen dos jóvenes caminando sin rumbo por una playa, sino dos adultos que han sufrido, que han perdido y que no saben qué hacer para volver a encontrarse.
Al cabo de un rato, abandonamos el rooftop para perdernos de nuevo por la ciudad.
Nos adentramos en uno de los parques de la zona, donde una banda de jazz toca música en directo, rodeados de bombillas y de luces de colores.
Nuestras manos no se sueltan en ningún momento.
Minutos más tarde, al mirar el reloj, nos damos cuenta de que quizá sea hora de volver a casa.
En mi teléfono esperan un millón de notificaciones, casi todas de mi hermana Helena, desesperada por hablar conmigo.
Las ignoro todas y seguimos caminando, abrazados, ella respirándome a mí, yo respirándola a ella. Ambos pensando qué decir a continuación.
—¿Hasta cuándo te quedas? —pregunta.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Supongo... que depende de ti.
Nos paramos en medio de la avenida que transitamos. Ella me mira, despacio. A pesar de ser noche cerrada, la luz que emite Times Square a pocos metros de aquí ilumina cada rincón y portal de la zona.
—Ven conmigo —le pido—. Al hotel.
—Wes...
—Lo que te he dicho antes iba en serio —digo, entrelazando sus dedos con los míos—.
Estoy aprendiendo a ser el Wes que los dos deseamos que sea.
No es... no es solo por ti. Principalmente es por mí.
Si tú ahora me dijeses que no quieres saber nada más de mí, seguiría luchando por encontrarme a mí mismo, pero, si quisieras estar a mi lado.
.., supongo que sería mucho más fácil si contara con tu ayuda.
Su mirada se agudiza y en el reflejo de sus iris veo refractándose la luz y todas las dudas y miedos que guarda dentro de ella.
—Está bien. Pasaré la noche contigo.
Lo dice como si fuera inevitable, como si no existiera una alternativa en la que ella se da la vuelta y se marcha sin mirar atrás.
—¿Y mañana?
Ella sonríe, repitiendo las palabras que hemos pronunciado hace unas horas.
—Mañana... ya veremos.