El verano que fuimos libres 63. Wes
80%

63. Wes

Wes

Cuando regresamos a Manhattan, Elise y yo tomamos la decisión de comportarnos como dos turistas más descubriendo Nueva York, igual que en su día fuimos un chico y una chica, durante una noche de verano, escapando de un festival.

Pasamos la tarde recorriendo rincones de la ciudad. Sin nada más en mente que fluir. Sin pensar en lo que fuimos y en lo que podemos ser. Viviendo solo lo que somos, en este instante, en el ahora.

Nos regalamos un atardecer siendo Wes y Elise paseando por los recuerdos que podríamos crear si esta fuera nuestra vida.

Hablamos de cosas sin importancia y de otras que podrían cambiarlo todo.

De los proyectos que más me importan a mí y de las noticias que más han marcado su carrera.

De cómo investiga las historias para contarlas de verdad, con alma, haciendo justicia a la realidad de las vidas que va conociendo.

Yo le hablo de los avances que me gustaría hacer en el campo de la robótica después de años leyendo sobre el tema y, también, de los distintos puntos de vista que tenemos Damien y yo.

A diferencia del acercamiento que tuvimos aquel fin de semana en mi casa, donde las conversaciones se desenvolvían a un nivel superficial, hoy descendemos a un lugar mucho más profundo, dejando que el otro entre a formar parte de esos rincones más vulnerables que guardamos.

Hablamos de sitios que hemos visitado. De personas importantes que han pasado por nuestras vidas. De cosas que sentimos que han cambiado dentro de nosotros. De la familia. De su vida viviendo con su hermana y su sobrina. De dificultades. De la gente que siempre está ahí.

Hablamos durante horas enteras.

Lo hacemos sin rencor. Solo escuchándonos, como dos viejos amigos que quieren ponerse al día sin que haya cabida para ningún tipo de reproche.

Incluso nos atrevemos a preguntar por temas que podrían parecer complicados pero en cuyo relato queremos conocer partes del otro.

—¿Cómo es tener una cita contigo? —me pregunta, mientras caminamos por el parque que atraviesa el High Line de Nueva York.

—¿Qué? ¿Por qué quieres saber eso?

—Tengo curiosidad. Llevabas muchos años en una relación estable. ¿Cómo se las apaña Wesley James para salir con chicas?

—No he tenido la cabeza para muchas citas —reconozco.

—Pero alguna habrá habido...

La miro de reojo. Ella me está mirando a mí con interés, con ganas de saber, de ahondar.

—Bueno, pues... salí con una chica que conocí en la universidad, cuando estaba preparando el programa de Marcus. Era profesora.

—Y ¿cómo fue?

—Fue una experiencia... agradable.

—¿Agradable? —repite con socarronería, como si no hubiera peor forma de referirme a una relación, por pasajera que fuera.

—Sí. Me gustó salir con ella. Estuvimos viéndonos algo más de un mes. Lo pasamos bien, pero...

—¿Pero...?

Me encojo de hombros.

—No sentí nada demasiado trascendental. Por eso terminó. Después, he conocido a alguna chica a través de Luke o de Mark, pero nada reseñable, la verdad. Nadie ha aparecido para cambiarme la vida.

El atardecer resbala sobre el horizonte, derramándose sobre el skyline de la ciudad.

En los ojos de Elise se refleja la luz que va extinguiéndose a lo lejos.

Se acerca a uno de los miradores del parque y se queda ahí, a unos pasos de mí.

—Bueno —apunto, retomando el tema—. Y ¿qué hay de ti?

Su boca se curva en una sonrisa tan breve como enigmática antes de que me dé una respuesta.

—A mí tampoco me ha cambiado nadie la vida. ¿He salido con chicos? Sí. ¿Con algunos durante algo más de unas semanas? También. Pero... acababa siendo un fracaso. Especialmente, al principio de llegar a Canadá. Todo era... muy confuso.

—¿Por qué?

Me detengo a su lado, en el mirador, y espero a que sus ojos se encuentren con los míos.

Elise vacila unos segundos antes de explicarse, pero acaba abriéndose con esa honestidad que la caracteriza.

—Creo que, inconscientemente, los comparaba a todos contigo.

Estaba allí, sentada, tomando algo, y pensaba que tú me habrías mirado de otra manera.

Que hubiéramos hablado de otros temas. Que tus contestaciones habrían sido otras.

No sé. Supongo que no tiene mucho sentido, ¿no?

Nosotros... nunca hemos sido nada. Pero, a veces, sentía como si lo hubiéramos sido todo y se me hubiese escapado entre los dedos.

Me quedo mirándola, superado por esas palabras a las que no sé cómo responder. Y es que a una parte de mí aún le cuesta creerse la profundidad de lo que Elise siente, o ha sentido, por mí.

No son sus palabras de lo que desconfío, sino de mi propia capacidad de despertar algo así en una persona como ella, que es tan diferente de mí, que tiene una fortaleza tan superior a la mía; que es mucho más sabia, más valiente.

«¿Cómo es posible?», le he preguntado algunas veces a Luke, y también a Mark o a Molly, cuando hemos nombrado a Elise y yo me he mostrado abierto a hablar del tema.

«Porque eres mucho más de lo que te has empeñado en creer. Y ella lo ha visto. Mereces la pena, Wes».

Ecos de esas conversaciones, de esas inseguridades, se me pegan al pecho en este instante en el que Elise y yo abandonamos High Line y volvemos al metro, donde la inquietud que hay dentro de mí va disolviéndose poco a poco entre la masa de gente.

Cuando salimos de nuevo al exterior, le propongo subir a uno de los rooftops más imponentes de Manhattan. Ella acepta.

Me valgo de un par de contactos para conseguir una mesa algo apartada y con buenas vistas y, un rato después, aquí estamos, con toda la ciudad a nuestros pies y el Empire State iluminado mientras nosotros retomamos el tono íntimo de esa conversación sin fin que lleva acompañándonos desde que dejamos Roosevelt Island.

Compartimos unos entrantes mientras nos confesamos cosas, como recuerdos que nunca nos abandonaron y que acudían a nuestra mente en los momentos que más perdidos nos sentíamos.

Yo le hablo de la sensación incómoda que supuso vaciar el piso que compartía con Laurie y vender la casa de Sausalito. También, de la sensación de alivio y calidez que me inundó la primera noche que pasé en la que ahora es mi casa.

Ella me habla de sus inicios en la televisión canadiense, del sentimiento de soledad que la acechaba los primeros meses mientras intentaba dar lo mejor de sí misma en su nuevo trabajo y establecerse en un país que no era el suyo.

Dice que todo se volvió más fácil cuando empezó a viajar para cubrir las noticias que le exigía su puesto de reportera internacional.

—Fue como si el hecho de no tener un lugar al que llamar hogar fuera una ventaja. No tuve más remedio que aprender quién era a la fuerza. Porque cada día estaba en un sitio, pero la mirada que me devolvía el espejo era siempre la mía. Así, poco a poco, acabé haciendo las paces conmigo misma.

De alguna manera, conseguimos que hablar de todo lo que ocurrió en los dos años que estuvimos separados resulte constructivo.

Aún duele. Claro que duele. Imaginarla con el corazón roto por mi culpa siempre lo hará.

Igual que para ella siempre será difícil estar en paz con el recuerdo de ese Wes que no supo cómo elegirla.

Cenamos aquí, sin dejar de mirarnos a los ojos, mientras las conversaciones se enredan unas con otras, hablando de cosas imposibles y de otras que parecieron suceder en otra vida.

—¿Te acuerdas de la lista? —le pregunto, cuando el ambiente entre los dos es lo suficientemente íntimo y seguro como para no sentir nada más que lo que nos rodea.

—¿Qué lista? —responde ella, con aire despistado.

—Cuando nos conocimos —señalo—. Me dijiste que no querías gustarle a nadie solo por tu físico y yo te respondí que me dieras unas horas para conocerte y así poder hacer una lista de todo lo que me gustaba de ti.

Una sonrisa se dibuja lentamente en su rostro. Aquí, con la ciudad de Nueva York iluminada de fondo, en sus ojos puedo ver con claridad cómo la noria de la feria de Santa Mónica gira sin fin.

—Sí. Lo había olvidado —susurra y después hace una pausa para añadir—: No cumpliste tu palabra.

— Todavía —recalco—. Llevo cinco años llenando esa lista en mi cabeza.

Tachando cosas que solo estaban en mi imaginación y que no se correspondían con la realidad.

Añadiendo detalles. Pensando en cuántas de esas cosas son tuyas de verdad y cuántas las estoy proyectando yo mismo.

Creo que tendré esa lista en mi cabeza el resto de mi vida.

Reescribiendo, añadiendo puntos, subrayando.

De nuevo esa sonrisa breve y misteriosa le curva la boca mientras sus ojos permanecen clavados en los míos.

—¿Puedo escucharla?

—¿Quieres escucharme enumerando todas las razones por las que llevo cinco años sin poder olvidarte?

—Quiero saber cómo me ves —replica ella con una vulnerabilidad que no esperaba y que me aprieta el pecho y los pulmones.

En un arranque de valentía poco propio de mí, arrastro mi silla para acercarla más a la suya.

Sus iris de plata me analizan con algo eléctrico en el fondo cuando retomo la palabra:

—Te veo... como la única persona en el mundo capaz de trastocarme los cimientos solo mirándome a los ojos.

Tú me miras y es como si dentro de mí se desatara una tormenta de verano y después del viento y la lluvia tuviera que pararme un momento a recolocarlo todo de nuevo.

Eres honesta, transparente e impetuosa, en el mejor de los sentidos.

Eres leal a los tuyos, los aceptas, no los juzgas.

Eres la persona más sabia que he conocido y eso es porque tienes los ojos puestos en el presente.

Hago una pausa para coger aire y mis dedos se entrelazan con los suyos por debajo de la mesa.

—Te lo he dicho muchas veces, pero no sé qué narices viste en mí aquella noche ni qué haces aquí conmigo, después de todo este tiempo, cuando podrías estar en cualquier lugar que te propusieras.