62. Elise
Elise
Hay días y días.
Días tranquilos, días sin prisa, días en pausa.
Días frenéticos, desbordantes, que no te dejan respirar.
Días que acaban y que nunca más recuerdas y días que lo cambian todo.
Desde que abro los ojos, algo dentro de mí me avisa de que hoy será diferente.
Lo siento en cada latido, en cada paso que doy, en cada bocanada de aire que respiro.
En el trabajo, todo fluye con normalidad: mismos horarios, mismos imprevistos, mismas sonrisas.
Pero ese «algo» que ha amanecido agarrado a mis tripas no se va, no me suelta.
Cuando bajo a la calle, echo un vistazo a mi alrededor.
La ciudad no reduce el ritmo ni en pleno verano. Sol abrasador y turistas llenan las aceras de Manhattan y yo me uno a ellos y me pierdo en la multitud, buscando la manera de ser anónima.
Cuando quiero darme cuenta, mis pasos me han traído a los pies del Rockefeller Center. Alzo la vista y me siento pequeña.
Es entonces cuando oigo sonar mi teléfono móvil.
Lo saco del interior de mi bolso y me quedo paralizada viendo el nombre que refleja la pantalla.
Me debato unos segundos pensando qué debo hacer, hasta que decido dejarme llevar por mi instinto.
—¿Wes?
—Hola.
Su voz suena profunda, hipnótica, y, durante un breve lapso de tiempo, siento que el mundo deja de girar.
—¿Pasa algo? —pregunto, intentando recomponerme.
Reanudo el paso para darle a mis emociones el espacio y movimiento que necesitan.
—¿Por qué dices eso?
—Porque... diría que es la primera vez que me llamas por teléfono.
Escucho su sonrisa mezclándose con el ruido de fondo que se cuela por la línea telefónica.
—Bueno. No creo que sea la primera vez. Aunque sí la primera que respondes.
—Sí. Puede que tengas razón.
Contengo la sonrisa que trata de tomar forma en mi boca. El corazón me late deprisa. Trago saliva y después espero a que alguno de los dos se anime a decir algo.
Es él quien retoma la conversación, con una pregunta que no esperaba.
—¿Qué haces?
—Eh... camino. Por la calle.
—¿Qué calle?
Algo en su tono de voz, un poco ligera, un poco traviesa, pero como si al mismo tiempo tuviera un objetivo claro, me hace pararme en seco.
—Wes...
—¿Qué?
—¿Qué pasa?
Lo escucho inhalar con fuerza. El aire abandona su pecho, errático, junto con sus siguientes palabras:
—Estoy aquí.
—¿Aquí? ¿Aquí, dónde?
—En Nueva York.
Un torrente de sensaciones me recorre de pies a cabeza. Hormigueo. Temblores. Calor. Un calor insoportable.
—¿Por qué? —Mi voz suena mucho menos firme de lo que me gustaría.
—¿Por qué crees tú?
—¿Por... trabajo?
—No. No es por trabajo. —Hace una pausa y, a continuación, dice—: Dime dónde estás. Puedo ir a buscarte.
—Eh...
Miro a mi alrededor como si en esta avenida infestada de turistas y de gente correteando por todas partes se encontrara la decisión correcta.
No hace ni un mes que me marché de su casa y ahora él ha venido... ¿buscando qué?
Antes de que pueda dar una respuesta, un coche se para a mi lado en la calzada. La ventanilla se baja. Y la imagen de Wes sosteniendo su teléfono con sus ojos clavados en mí hace que mis piernas se vuelvan de gelatina.
Soy incapaz de moverme mientras lo veo bajar del vehículo, guardarse el móvil en el bolsillo del pantalón y caminar hacia mí con esa aura magnética que me hace perder el contacto con el aquí y el ahora.
—Al final, no ha hecho falta —dice cuando llega frente a mí.
El pulso me late en las sienes sin control.
Dejo caer el brazo que sostiene mi móvil y lo miro con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? ¿Cómo...?
—Ha sido casualidad. Te lo juro. Estaba por la zona, pero...
—¿Qué haces aquí? —vuelvo a preguntarle y todo lo que está pasando en este instante me parece irreal: la manera en la que me está mirando, la reacción de mi cuerpo, la absurda sensación de que una de las principales avenidas de Manhattan se ha vaciado de gente y me he quedado sola con él en esta isla donde dicen que todo es posible.
Wes reduce la distancia entre los dos prácticamente a cero y, aunque mi instinto de supervivencia me suplica que dé un paso atrás, no lo hago y, en el espacio que queda entre él y yo, nada parece tan inalcanzable.
—No me gustó cómo quedaron las cosas —dice y sé que para él tomar la iniciativa de decir algo así no es sencillo.
Lo miro y todas las dudas que albergo parecen agitarse dentro de mi pecho, como un recordatorio de por qué debo mantenerme apartada de Wes.
Sin embargo, la otra parte de mí, la que se empeña en ver más allá de sus capas, aún lucha por hacerse oír.
Esa parte es la que responde en medio de la tormenta que ruge en mi interior:
—A mí tampoco.
—No dejo de pensar en ti. —Sus dedos atrapan un mechón de mi pelo y a mí se me escapa un suspiro.
—Yo tampoco —susurro y de pronto somos solo dos personas que comparten un pasado que ha atravesado cada instante de su historia. Y que ahora, uno frente al otro, no pueden evitar preguntarse si los obstáculos que los separan son reales o pertenecen a ese pasado que ya no existe.
Somos dos personas que sostienen entre los dedos una página en blanco en la que pueden seguir repitiendo miedos e inseguridades o escribir cualquier cosa que deseen.
—¿Qué tienes que hacer ahora? —se anima él a preguntar, como si esta fuera una escena de nuestra vida cotidiana y no un instante decisivo.
Respondo encogiéndome de hombros.
—Cosas del día a día. Limpiar. La colada. La cena.
—¿Alguna de esas cosas puede esperar a mañana? —Sus ojos me miran con tanta intensidad que me abruma.
—¿Qué plan tenías en mente?
Ahora es él quien se encoge de hombros.
—Solo... una tarde de verano en Nueva York.
Siento que todo mi interior se contrae y después cede, abriéndose a la posibilidad de Wes, de nosotros, de ser más.
—Déjame hacer un par de llamadas —le pido y, mientras él se acerca de nuevo al coche del que ha bajado minutos antes, yo vuelvo a coger mi teléfono.
Cuando le explico la situación a mi hermana, su reacción es más o menos la que esperaba.
—Els...
—Por favor, no digas nada.
Ella suelta un suspiro largo.
—Siento ser tan dura contigo respecto a este tema. Es solo... No quiero verte sufrir, Elise.
—Lo sé, pero, Emily, yo... no dejo de pensar en él.
—¿Crees que estará a la altura?
Las dudas que proyecta la pregunta de mi hermana palpitan en mis sienes durante un instante.
—Pienso... pienso que podría estarlo. —No le digo que mi miedo es precisamente ese, que no lo esté, pero mi hermana sabe leer mis silencios.
—De acuerdo —dice finalmente—. Entonces, ve a averiguarlo.
Cuando guardo de nuevo el móvil, veo a Wes esperando junto a una boca de metro.
—Se me ha ocurrido un plan que creo que te gustará —anuncia.
—¿Vamos a ir en metro?
—¿Por qué te sorprendes tanto? —Alza las cejas.
—¿Alguna vez en tu vida te has montado en el metro? —pregunto divertida.
—Pues claro que sí, ¿por quién me tomas? —Cuando ve que abro la boca para replicar, con una sonrisa añade—: Da igual. No contestes.
El interior del metro de Nueva York en este día de verano es insoportable.
Muchísimo calor, muchísimos turistas, muchísima prisa.
Wes mira a todos lados, como si una parte de él no pudiera evitar estar alerta.
—La gente nos mira —comenta—. ¿Es por ti?
—No lo sé. Salgo en la tele. Es posible. —Me detengo un segundo—. ¿Qué pasa? ¿Es un problema?
—No —dice con rotundidad, pero me deja con la duda.
Cuando pasamos la tarjeta y nos sumergimos en las profundidades de la red del metro, le pregunto:
—¿Estás acordándote de lo mismo que yo?
—Es posible. —Me mira de reojo—. ¿Las fotos del Palacio de Bellas Artes?
—Sí. Justo.
Caminamos unos pasos más hasta que el vagón de la línea D se detiene ante nosotros.
Subimos y, como suele ocurrir, no hay ningún sitio libre en el que podamos sentarnos, lo que nos obliga a apretujarnos entre una masa de gente y agarrarnos a la barra para no perder el equilibrio.
Por alguna razón, quizá por estar en una situación tan alejada de su normalidad y de aquel pasado lejano, me animo a sacar otra vez el tema.
—Dime la verdad. ¿Fuiste tú quien las hizo desaparecer? Las fotos del Palacio de Bellas Artes, me refiero.
Sus ojos me atraviesan con intensidad.
—No. Ya te lo dije. No fui yo.
—Pero sí sabes quién lo hizo...
—Sí. —Asiente con la cabeza, despacio.
—¿Me lo vas a contar?
—Es una larga historia.
—Tenemos toda la tarde por delante, ¿no?
Wes suelta un suspiro en el mismo momento en el que por megafonía se anuncia la siguiente parada, Lexington Avenue.
Al parecer, la nuestra.
—¿Te acuerdas de que te dije que Laurie sabía de ti? —pregunta Wes cuando salimos de nuevo al calor del sol de Manhattan y echamos a andar por la avenida—. ¿De nosotros?
—Sí. —Asiento al recordar la noche que me colé en su habitación, cuando él me contó todo lo que ocurrió desde el momento en que me marché de San Francisco.
—Digamos que todo está relacionado.
Nos detenemos en la estación que lleva por teleférico a Roosevelt Island.
Wes me sonríe y tira de mi mano hacia el interior, como si supiera que nunca he estado allí y que siempre he sentido curiosidad por conocer la isla.
Entramos en la estación y no tenemos que esperar mucho hasta que subimos a uno de los teleféricos que atraviesan el East River.
Durante el trayecto, sobrevolamos el río y tenemos Manhattan a nuestros pies. La vista de la ciudad es impresionante: la manera en la que la luz rebota en los rascacielos, en el agua, en todos los rincones que descubrir...
A mi lado, Wes se esfuerza por elegir las palabras para hablarme de esta parte un tanto turbia del pasado.
—Yo nunca le di motivos a Laurie para que dudara de que era la única; en ninguna ocasión mientras estuvimos juntos, hasta que.
.. bueno. Hasta que llegaste a San Francisco.
—Hace una pausa, mirando al frente—. Pero lo cierto es que sí había tenido momentos de dudas.
Ya había dejado la relación una vez y creo que distanciarme como lo hice cuando tú apareciste, especialmente después de habernos comprometido, disparó su miedo.
»Me faltan algunos detalles, pero sé que se acercó a Damien intentando averiguar la causa de mi distanciamiento.
Pensó que tal vez estaba teniendo problemas con el trabajo o que estaba sometido a mucha presión.
.. Se sinceró con mi hermano y esa desconfianza que él percibió en Laurie no le gustó un pelo.
—¿Por qué?
—Porque él quería que lo mío con Laurie funcionara. Creía que eso reforzaría el poder de nuestra familia con respecto a la junta directiva, puesto que su padre era, y sigue siendo, uno de sus miembros de mayor peso.
Dejo escapar el aire para desenredar el nudo incómodo que se instala dentro de mí cada vez que lo escucho hablar de la realidad familiar donde se ha criado: la ansias de poder, las alianzas, el sentimiento de traición acechando en cada esquina.
Ambos permanecemos en silencio hasta que el teleférico se detiene.
Roosevelt Island parece un pequeño rincón de Manhattan que alguien rescató del bullicio de la ciudad para esconderlo en medio del río.
Guarda parte de su encanto, pero el ritmo es uno totalmente diferente; mucho más relajado e íntimo.
Mientras emprendemos el paso por uno de sus parques, Wes sigue hablándome de aquel entramado que se formó a sus espaldas durante la época en la que yo vivía en San Francisco.
—Después de su conversación con Laurie, Damien empezó a atar cabos, a vigilarme de cerca y... entonces supo de ti.
—¿De mí?
—De ti no solo como una chica con la que me veía a escondidas, sino como la exnovia de Jake Danton, cuya reputación podía salpicarnos si no hacíamos control de daños a tiempo.
Me quedo perpleja. Lo miro. Un relámpago furioso me recorre el pecho.
—Fue Damien quien averiguó que el de las fotos era yo —añade a continuación—. Fue él quien las hizo desaparecer. Me amenazó con destruir tu vida si seguías cerca de mí.
—¿De qué estás hablando, Wes? ¿Estás intentando decirme que me dejaste marchar como una manera retorcida de protegerme?
—No —dice, tajante—. Es mucho más complicado que eso.
—Vale. Pues explícamelo.
—He pensado mucho en el tema. Durante años y años, desde todos los ángulos posibles. Y aún no sé qué decisión habría tomado si te hubieras quedado en San Francisco. Es triste, es patético y no es lo que te mereces, ya lo sé. Pero nunca te he mentido y no voy a empezar a hacerlo ahora.
»Me mata pensar que esa amenaza de mi hermano me habría dado la excusa perfecta para alejarme de ti, pero es muy posible que es lo que hubiese pasado.
La verdad es que ese Wes no te merecía, en ninguno de los escenarios que se hubieran dado de no ser porque te marchaste a tiempo.
Si hoy estoy aquí, dispuesto a ofrecértelo todo, es gracias a ti. A que te marchaste a tiempo.
Nuestros pasos no se detienen mientras el significado de sus palabras cae sobre mí y perfora rincones de mi mente y de mi cuerpo hasta asentarse en un lugar muy profundo.
Me abruma el trasfondo de su relato, la honestidad con la que ha conseguido deconstruirse a sí mismo.
También, la vulnerabilidad con la que me ofrece todas esas partes rotas que guarda dentro de él con la esperanza de que yo quiera abrazarlas y darles cobijo.
Miro al frente, donde la majestuosidad de un pequeño faro de piedra rivaliza con las vistas de los rascacielos al otro lado del río.
Sin previo aviso, detengo mis pasos.
Él se para junto a mí.
—¿Por qué estás aquí, Wes? —le pregunto y él toma aire, como si llevara tiempo preparando la respuesta.
—Sé que dijiste que era imposible y que nada había cambiado en realidad.
Y tienes razón. Hay muchas cosas que no han cambiado, como que sigo tan pillado de ti como el día que te conocí.
Pero hay otras que me estoy esforzando por superar.
Estoy venciendo el miedo a ser yo mismo y quiero. .. quiero que me dejes intentarlo.
—¿Intentar el qué?
—Quererte. Ser el Wes que los dos esperamos que sea.
El aire escapa de mis pulmones durante un instante para después regresar junto a las dudas y asuntos pendientes que nos sobrevuelan.
—¿Y tu familia? —logro preguntar—. ¿Allensyr?
—Estoy en ello. Necesito algo de tiempo, pero te juro que pondré la empresa entera del revés si hace falta por tener una oportunidad de ser libre. Contigo.
—Wes...
Se acerca un poco más a mí y acabamos envueltos en un abrazo. Sus labios acarician mi sien mientras susurra:
—No digas nada ahora si no quieres. Solo déjame recorrer la ciudad a tu lado y mañana... mañana veremos.
Aquí, entre sus brazos, que se sienten como un refugio, solo puedo decir que sí.