El verano que fuimos libres 61. Wes
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61. Wes

Wes

—¿Por qué este repentino interés en ir a Nueva York? —pregunta Helena, tras irrumpir en mi despacho después de que cancelara una de nuestras reuniones.

—Tengo algo que hacer ahí.

—¿Algo? —Sus ojos se entrecierran con desconfianza.

—Alguien.

Mi hermana se limita a observarme atentamente, sin decir nada, como si estuviera viéndome por primera vez en su vida.

Repasa mi maletín, que descansa abierto sobre la mesa mientras voy metiendo dentro documentos, bolígrafos, mi portátil...

Se acerca un poco hasta sostener entre sus dedos el vaso serigrafiado de Ruffina’s Bakery que preside mi escritorio desde hace dos años.

«¿Por qué guardas esa porquería?», me pregunta de cuando en cuando, como si sospechase que ese objeto tiene un valor especial para mí.

«Para recordar lo que de verdad importa», suelo contestarle, y luego desviamos el tema.

—No puedes irte ahora, Wes. —Sus ojos castaños, idénticos a los míos, me taladran con insistencia dentro de mi despacho—. Te necesito.

Eso me hace fruncir el ceño. No las palabras como tal, sino la súplica que detecto en su voz.

—¿Por qué? —le pregunto.

—He descubierto algo. Algo contra Damien.

—Helena... —expreso en tono de reproche.

Hace un movimiento negativo con la cabeza, como si ya esperase una reacción similar de mi parte. Pero su gesto es serio, decidido.

A continuación, saca su móvil y me enseña un correo electrónico con fecha de ayer.

Señala el archivo adjunto.

—Vendió este software sin la última firma del control —me explica mientras trato de mirar el contenido.

—¿Qué es?

—No lo sé. El archivo está encriptado. Tengo a gente trabajando en ello, pero... nadie conoce a su equipo mejor que tú. Te necesito aquí.

Me mira y, la misma súplica que he detectado antes en su tono de voz, rebasa sus ojos en este momento.

Si podemos probar que Damien está comercializando productos de Allensyr sin haber cumplido los procedimientos de calidad, podría suponer un antes y un después.

Tendríamos los argumentos suficientes para que fuera destituido como director general.

Sería una buena oportunidad para hacer las cosas de otra manera.

Entiendo lo que pretende Helena. Y, en otras circunstancias, dedicaría mucho tiempo y recursos a ayudarla, porque sé que, a la larga, Damien va a ser un problema para todos.

Pero quizá sea el peso de la última conversación con él de días atrás lo que me hace ver las cosas de otro modo.

Quedarme aquí en este momento no sería más que una excusa para no ir a enfrentarme a aquello que quiero: mi propia libertad.

He pensado mucho en el tema durante estos días.

En mi conversación con Damien, en mi última sesión con Caroline.

En todas las veces en las que me sentí tan superado por las circunstancias que no fui capaz de mover un dedo.

En la forma en la que me he quedado atrapado en una vida que no quiero solo por el miedo a fallar si tomo las riendas de mi propio destino.

Solo hay una manera de vencer todo el miedo y es arriesgándome a ser yo mismo por primera vez en mi vida.

—Necesito subirme a ese avión, Helena.

Mi hermana detecta en mi tono la urgencia, el anhelo, la decisión. Y eso causa que su mirada se vuelva más profunda, más intensa.

—¿Quién es? —pregunta y sus ojos se dirigen nuevamente al vaso de poliestireno que siempre llama su atención.

—Te lo contaré todo cuando regrese. Te lo prometo.

Ella asiente. Con decisión. A continuación, se guarda el móvil en el bolsillo.

—De acuerdo. Ve. Haz lo que tengas que hacer, pero vuelve.

Minutos más tarde, mientras voy a recoger el coche al garaje, le hago llegar un mensaje a Luke informándolo de mis planes.

Responde al cabo de un rato:

Luke: ¿A Nueva York? ¿A qué?

Wes: A sentar las bases de la vida que quiero.

Luke tarda bastante en contestar, pero cuando lo hace sus palabras me hacen sonreír:

Luke: Ya era hora, joder.