60. Elise
Elise
Hoy ha sido un día especial. Mi hermana tenía una reunión de trabajo y no podía llevar a Evie al campus de verano, por lo que la he traído conmigo al trabajo.
Los productores del programa no han permitido que mi sobrina entrase en las reuniones, pero ha permanecido a mi lado el resto del tiempo: cuando estaba con las compañeras de peluquería y maquillaje, mientras repasaba mi escaleta y cuando hemos preparado la puesta en escena para hacer las comprobaciones de luz y sonido.
Lo ha mirado todo maravillada, sobre todo cuando ha empezado mi directo, en el que he hablado de la iniciativa de una ONG, que ha convertido algunos autobuses de la ciudad en bibliotecas móviles, con libros en múltiples idiomas y talleres de lectura.
Cuando acaba la jornada, Evie me abraza con emoción y me dice «gracias, gracias, gracias» por haberla traído.
—¿Te apetece que hagamos algo juntas ahora? —le pregunto y, un rato después, estamos tiradas en el césped de Bryant Park, haciendo un pícnic improvisado y hablando animadamente.
La mente de mi sobrina es un lugar fascinante, lleno de rincones por descubrir y de ideas que van tomando forma poco a poco.
Me gusta sentir este vínculo especial con ella, que no se ha perdido a pesar del tiempo que vivimos separadas.
Mientras comemos, comentamos todo lo que vemos a nuestro alrededor: los edificios, que parecen una muralla que nos protege, la gente entrando y saliendo del parque, algunos con prisa y otros, simplemente, disfrutando del momento.
Aunque hoy es un día de verano muy caluroso, aquí dentro la temperatura es algo más agradable y quizá por eso nos quedamos durante horas, mientras Evie me habla de las actividades que hace en el campus de verano, de los planes que tiene con sus amigas y de un tal Jamie, que hace que su mirada brille de manera diferente.
—Entonces... ¿qué pasa con Jamie?
—Creo que me gusta. —Un leve rubor le cubre las mejillas.
—¿Crees?
—Es que... no sé. ¿Cómo sabes si te gusta alguien?
Me recoloco en el césped para mirarla con más atención.
—No sé cómo explicártelo...
—¿Es que... nunca te ha gustado nadie? —me pregunta, con el ceño fruncido.
—Sí. Claro que sí.
—¿Y cómo lo supiste?
Hago una pausa para intentar ordenar las ideas y bajar todas esas sensaciones tan abstractas y viscerales para aterrizarlas en la mente de una chica de trece años que está empezando a descubrir el mundo.
—Bueno, piensas mucho en esa persona. Es como... si la tuvieras siempre en la cabeza. Cuando la tienes delante, no puedes dejar de mirarla. Y sientes nervios en el estómago casi todo el rato.
—¿Nervios? ¿Como antes de un examen?
—No... nervios de los otros, de los bonitos. Como cuando vas a hacer un viaje que te apetece mucho. O cuando vas a leer por fin el libro que llevas meses esperando.
—¿Y qué más?
Respiro hondo, rebuscando un poco más en mi propia experiencia.
—Cuando no estás con él, quieres contarle todo lo que te pasa. Lo malo y lo bueno. Porque lo malo es menos malo a su lado y lo bueno parece muchísimo mejor.
Evie se queda pensativa un instante, haciéndose preguntas, intentando encontrar respuestas.
Poso mis ojos en los suyos y, una vez más, recuerdo a mi madre.
Evie no se parece mucho a Emily ni a mí, que somos prácticamente dos gotas de agua, pero tiene las mismas facciones que su abuela.
—Es posible que sí que me guste —dice con timidez—. Pero...
—¿Qué?
—No sé. Tiene una vida complicada.
—¿Por qué?
—Se pierde muchas clases. Su hermano está enfermo y, a veces, nadie puede llevarlo al colegio. Está triste casi todo el tiempo. Kelsey dice... que es mejor mantenerme alejada de él porque acabaré pasándolo mal.
Parpadeo despacio, tratando de encontrar las palabras adecuadas para ofrecerle mi opinión sin invalidar la visión de su amiga.
—Cariño..., cuando alguien nos importa de verdad, tenemos que intentar ser comprensivos con sus circunstancias. Estar ahí, en lo bueno, pero también en lo malo. Tener paciencia. Acompañar.
—Pero... nunca quiere venir a ningún plan de los que hacemos. Y yo a veces dudo entre quedarme con él y perderme la tarde con mis amigos o ir con mis amigos, pasármelo bien y...
—¿Estar pensando en él todo el rato?
—Algo así. Además, un día habíamos quedado... y me dejó plantada.
—¿Por qué fue?
—A sus padres les surgió un imprevisto y él tuvo que quedarse en casa, con su hermano.
—Bueno, no creo que eso signifique que te dejó plantada, sino simplemente que no pudo estar.
Me quedo un instante en silencio al ser consciente de la sensación de familiaridad que siento al estar hablando de esto con mi sobrina.
La idea se planta en mi cabeza, echa raíces y espera hasta que la conversación que mantuve con Sam tras mi vuelta de California resuena en mis oídos:
«¿Sabes lo que pienso, Els? Que tienes tanto miedo de que vuelva a decepcionarte que prefieres salir huyendo, cuando la respuesta quizá sea darle la oportunidad de demostrarte que realmente ha cambiado».
Una parte de mí sabe que Sam tiene razón.
La otra parte cree que es mucho más complicado que eso.
Me pierdo por los rincones más oscuros de mi mente durante varios segundos, hasta que me doy cuenta, por la mirada de Evie, de que ella espera que arroje algo más de luz sobre el dilema que siente.
Me aclaro la garganta.
—Creo que el problema no es lo que sientes, sino que no sabes qué hacer con eso. Es difícil encontrar el equilibrio entre hacerte valer y no ser demasiado dura con él.
—Puede... puede que sea eso. —Sus ojos almendrados se clavan en los míos—. ¿Cómo puedo encontrar el equilibrio, tía Elise?
—Ojalá supiera la respuesta. —Suelto el aire en un suspiro y, sobre mí, cae el peso de mis propios miedos y decisiones.