El verano que fuimos libres 59. Wes
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59. Wes

Wes

—¿Robótica aplicada a la salud? —objeta Damien con desdén ante mi intervención en la reunión de propuestas para el próximo trimestre—. ¿Qué cojones?

Intento retener el suspiro de desidia que se me acumula dentro, pero no lo consigo.

El ambiente se enrarece dentro de estas cuatro paredes.

No es un secreto que la relación del director de Allensyr con sus hermanos, es decir, con Helena y conmigo, está plagada de conflictos. Pero la incomodidad cada vez que surge un pequeño enfrentamiento se cuela en la sala y enfría la atmósfera.

Siento todas las miradas clavadas en mí, pero no me amedrento.

Carraspeo y me preparo para defender mi visión.

—Existe la necesidad, la oportunidad, la proyección.

—¿La oportunidad? —repite—. No la veo por ningún sitio.

—Hospitales. Laboratorios. Facultades de ciencia y medicina.

—No somos filántropos, Wesley. Allensyr trabaja para las empresas. Nuestra visión es crear negocio y ganar dinero.

—Y ¿por qué no expandir nuestra mirada hacia la sanidad y la investigación? —replico yo, ganándome una expresión de hielo de mi hermano.

La tensión aquí dentro parece a punto de aplastarnos.

Damien se aclara la garganta.

Sin mirar a nadie en particular, suelta:

—¿Podéis dejarnos a solas?

A continuación, el sonido de papeles y sillas moviéndose llena la estancia.

Después me quedo solo con Damien, que me mira como si estuviera intentando resolver un problema cuya solución le frustra no tener a su alcance.

—¿Qué cojones, Wes? —brama.

—No entiendo tu reacción.

—Esto es una pérdida de tiempo —dice—. ¿Sabes lo que cuesta tener mi atención durante una hora?

Esperaba más de ti. Tu trabajo consiste en buscar la manera de mejorar los procesos que ya tenemos con el objetivo de que seamos más competitivos a largo plazo.

Esto —dice, señalando el dosier que acabo de presentar— es un error.

—No lo es. Es tendencia. Nuestros competidores lo hacen porque da respuesta a problemas reales. De la gente real.

—Problemas reales... ¿a quién le importa eso?

—A mí me importa. —Le sostengo la mirada sin titubear.

Mi hermano se afloja la corbata y después mira a su alrededor como si estuviera valorando algo.

Cuando su vista se clava en la mía de nuevo, veo una emoción desconocida brillando en sus ojos.

Su voz suena seca, dura, contundente.

—¿Esto tiene algo que ver con tu aventura en la Universidad de Los Ángeles?

Parpadeo unos instantes, sorprendido por el cambio de tema, aunque no tanto por el hecho de que Damien conozca la existencia del Programa Marcus James.

Con todo lo ocurrido en el pasado —lo mío con Elise, mi alianza con Helena y el fin de mi compromiso con Laurie—, sé que mi hermano dedica muchos recursos para estar informado de mis pasos.

No se fía de mí. Sé que, a una parte de él, no le hubiera importado que hubiese abandonado la empresa cuando se hizo con la dirección y yo deseé hacerme a un lado.

Nuestra relación a día de hoy es más complicada de lo que nunca lo fue en el pasado. No suelo estar de su parte en la mayoría de las decisiones que toma, por lo que él considera que estoy abiertamente en su contra y eso lo dificulta todo aún más.

—¿Qué? —me reclama cuando ve que me limito a quedarme en silencio, solo pensando—. ¿Pensabas que no iba a enterarme?

—Mi proyecto con la UCLA no tiene nada que ver contigo ni con Allensyr —replico.

—Eso es discutible. Tiene mi nombre. Marcus era mi hermano.

Decido morderme la lengua para no contestar lo primero que se me pasa por la cabeza: que él jamás se preocupó por Marcus. Que no lo conocía. Que su muerte ni siquiera le afectó porque Marcus le era indiferente, como todo aquello que no juega un papel concreto en uno de sus planes.

—¿Qué crees que vas a demostrar lanzando ese programa? —pregunta.

—Quiero que el mundo lo recuerde, ya que parece que para esta familia nunca existió. Quiero que su legado marque la diferencia, como podría haberlo hecho él si siguiera con vida.

La mirada sarcástica que me dedica me estremece.

Damien es una persona insegura que trata por todos los medios de quedar por encima por miedo a sentirse de menos.

No confía en la gente. Tiene muchas carencias que dificultan que su entorno lo admire tal y como él ansía, por eso su única alternativa es hacer valer su autoridad infundiendo un temor sibilino; haciéndote daño.

—¿Sabes cuál es tu problema, hermano? —suelta de pronto—.

Que por muchas cosas en común que creas que tienes con Marcus, todos esos sueños e ilusiones, todos esos castillos que te montas en el aire.

.., jamás serás como él. Nunca. Porque Marcus tenía algo que tú no has tenido jamás. ¿Sabes lo que es?

Y, aunque parece una pregunta retórica, le aguanto la mirada y respondo:

—¿Qué?

Una sonrisa ladina toma forma en su boca al decir:

—Agallas. —Hace una pausa y, sin dejarme decir nada más, añade—: Ahora, sal de aquí y déjame seguir trabajando.

Abandono la sala instantes después con una sensación incómoda pegada a los huesos.

Me siento algo aturdido y me cabreo conmigo mismo por darle ese poder a mi hermano.

Mi primer impulso es ir corriendo a buscar a Helena, pero ella entendería ese acercamiento como una oportunidad para llevarme a su terreno en su lucha con Damien y eso es lo último que necesito ahora mismo.

Subo a la azotea del edificio y, desde allí, con la ciudad bajo mis pies, trato de respirar más despacio.

Lo más jodido de la conversación con Damien es que tiene razón.

Marcus siempre ha sido mi brújula, mi modelo a seguir, el lugar de mi mente al que acudo cuando me visitan las dudas.

Pero jamás he hecho nada por estar a su altura de verdad. Me freno antes. Me paralizo, como hablaba con Caroline el otro día.

Con la vista clavada a lo lejos, en la bahía de San Francisco, trato de pensar.

¿Qué es tener agallas? ¿Qué es ser valiente?

No es no tener miedo, sino actuar a pesar de él.

A pesar de la posibilidad de fallar. A pesar de exponerte al rechazo.

Es atravesar el peor escenario para encontrarte con lo que de verdad quieres.

Cierro los ojos y pienso: ¿qué hay al otro lado del miedo?

Y, cuando los abro, solo me viene una cosa a la cabeza.