El verano que fuimos libres 58. Elise
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58. Elise

Elise

Mi vida en Nueva York es todo lo que llevaba años soñando.

Una rutina intensa pero estable.

Un día a día que gira alrededor de mi trabajo, que más que un trabajo es un modo de vida en el que he conseguido dar cabida a mi familia.

Una casa tranquila, cálida, llena.

Desde que llegué a la ciudad, Evie y Emily están viviendo conmigo. Su contrato de alquiler estaba a punto de finalizar y les propuse que se instalaran en mi casa de manera temporal.

No parecen tener prisa por marcharse. Y yo cruzo los dedos por que tarden en hacerlo.

Trabajo en uno de los programas de actualidad y entretenimiento más importantes del país.

Su emisión es en horario de mañana, lo que marca mi rutina de manera drástica: me levanto antes de las cinco de la madrugada y, desde que abro los ojos, me dedico a revisar noticias de última hora y tendencias en redes sociales por si encuentro algo que afecte al tema que trataré ese día.

Mi espacio en el programa es breve. Entre cinco y diez minutos.

El verdadero reto en mi trabajo ocurre antes de ponerme delante de la cámara.

Debo informarme de forma exhaustiva, con el fin de tener margen de reacción ante preguntas e imprevistos.

Debo evitar polémicas, tratar de que mi mensaje no polarice la opinión de quien lo recibe.

Debo alinearme con un productor, con quien no siempre consigo encajar del todo.

Después de mi intervención, el resto de la jornada se resume en reuniones de feedback , ajuste de contenidos para el día siguiente, cazar nuevas historias, interactuar brevemente en redes sociales y... regresar a la realidad.

A veces, debo hacer cosas de trabajo: grabar contenido, investigar, visitar lugares, hacer entrevistas...

Pero la mayoría de los días me limito a pasear por la ciudad, en busca de inspiración e historias nuevas que descubrir y a las que darles voz.

Nunca había vivido en un sitio como este, con tantas posibilidades al alcance de la mano y mi familia a la vuelta de la esquina.

El proyecto y el refugio.

Caminando por aquí, pienso mucho en mi madre.

En qué pensaría si viera lo que hemos conseguido, si supiera que tanto Emily como yo intentamos siempre vivir en el presente, como ella nos enseñó.

Mamá se esforzó mucho para que mi hermana y yo creciéramos seguras de nosotras mismas a pesar de las adversidades que atravesábamos, y ese aprendizaje ha permanecido en nosotras.

A veces me pregunto si el precio por garantizar nuestra seguridad fue su propia felicidad, el haberse quedado cerca de nuestro padre.

También, si mi necesidad de construir un lugar seguro surge de ahí, de saber que, aunque haya una tormenta fuera, si las paredes que te resguardan son lo suficientemente sólidas como para protegerte de los truenos, estarás a salvo.

Últimamente pienso mucho en eso: en la seguridad, en cuidar, en los hogares...

Y, cada día, antes de cerrar los ojos, visualizo a esa Elise de veintidós años que llegó a Los Ángeles con la esperanza de construir en el futuro algo como esto que tengo ahora.

Un trabajo que me ilusione, que me exija, que me rete.

Un espacio para ser yo misma.

Una casa.

Mi familia cerca.

Y pienso que todo lo que he pasado en los últimos años: los golpes, las caídas, la exigencia, el sacrificio de cambiar de lugar para reconstruirme y crecer... todo ha valido la pena.

Hoy por fin puedo decir que mis alas se han fortalecido lo suficiente como para surcar mi propio cielo.

Aunque en ese cielo existe una grieta, una fisura por la que noche tras noche se cuelan las dudas, justo en el instante previo a quedarme dormida, cuando clavo los ojos en el cuadro que cuelga de la pared de mi habitación.

Historia de un desamor . Una chica. Un corazón latiendo en su mano.

Y la pregunta de si sería capaz de reescribir un imposible.