57. Wes
Wes
—Y, después, ¿qué pasó? —me pregunta Caroline con aire circunspecto—. Se subió al coche... ¿y qué pasó?
Miro a mi alrededor mientras me repongo después de haber sacado fragmentos de mi historia con Elise que ni siquiera era consciente de llevar dentro.
Respiro hondo y el aroma a lavanda que impregna los rincones de la consulta me calma como de costumbre.
Es mi primera sesión con Caroline desde hace semanas, desde que vi cómo Elise se alejaba de mi casa en un Uber mientras yo miraba al infinito, pensando en todo y, a la vez, en nada. La nada más absoluta.
—Eso fue todo —respondo—. La vi marchar.
—¿Sin más? —Caroline parece sorprendida.
—¿Qué más podía hacer? ¿Retenerla contra su voluntad?
—No, Wes. Arriesgarte. Intentarlo de verdad.
Me froto la cara mientras trato de recordar cómo ocurrió todo. No solo el momento de la despedida, sino aquel espacio de tiempo en el que me permití pensar que aquello era posible, a pesar de que ella dejó claro tan pronto como pudo que no, que no lo era.
Sentirla de nuevo, volver a reír, solos los dos, sin expectativas, transformó aquellas horas juntos en una utopía que parecía estar al alcance de mi mano.
—Creo que me quedé... paralizado. Cuando me rechazó después de que le dijera que podríamos intentarlo.
Pierdo la vista un instante en la estantería situada detrás de Caroline, que está plagada de libros de psicología, psiquiatría, medicina...
Mientras lo hago, vuelve a mí esa sensación de caída cuando me di cuenta de que todo había sido un espejismo, una maldita ilusión.
Tras recuperarme del impacto, sentí que no podía moverme.
Cuando regreso la mirada hacia Caroline, veo que ella me está observando con interés a través de sus gafas de medialuna.
—Paralizado —repite, como si el concepto en sí mismo fuera fascinante—. Entiendo. Esto ya lo hemos hablado en alguna ocasión.
—No lo recuerdo del todo... —digo, aunque no es cierto.
—La parálisis es un modo de defensa, Wes —dice ella, adoptando esa expresión que se adueña de su rostro cuando emplea un tono más académico—.
Cuando sentimos que no podemos luchar ni huir, el cuerpo se congela como último recurso.
Y tu cuerpo hace tiempo que aprendió a eso, a desconectarse, como si así fuera más fácil dejar de sentir.
Es tu modo de enfrentarte a todo lo que te abruma, a todo lo que te da miedo.
Algo en sus palabras resuena dentro de mí y me encoge durante unos segundos el corazón, los pulmones y el estómago.
Destellos de instantes en los que quise actuar y no logré hacerlo aparecen en mi mente, disparados como una metralleta de recuerdos.
El bache tras la muerte de Marcus. La forma en la que me vi arrastrado a volver con Laurie después de nuestra primera ruptura.
La falta de resistencia por mi parte cuando mi papel en la empresa se fue consolidando.
La incapacidad de responder cuando Elise me dijo que no deberíamos vernos más.
O cuando se marchó. O cuando me dijo que me quería.
Todas esas situaciones tienen un denominador común y es la sensación de estar congelado por dentro hasta el punto de no poder mover ni un músculo en la dirección que ansiaba.
Trago saliva y asiento despacio, haciéndole saber a Caroline que las piezas parecen haberse colocado en mi interior. Y que, pese a todo, hay algo tranquilizador en ello, como si me liberase de parte de la culpa, aunque sin evadir la responsabilidad de mis propias acciones.
—¿Crees que tengo miedo de Elise? —pregunto, dubitativo, retomando el tema.
—No. No creo que le tengas miedo a Elise como tal. Creo que tienes miedo al Wes que surge a su lado. Estar con ella te confronta con el Wes real: es a él a quien de verdad temes.
Agacho la cabeza un momento.
Después alargo la mano para coger el vaso de agua que Caroline prepara siempre al inicio de la sesión. Doy un trago largo para deshacer el nudo que se me ha instalado en la garganta.
—Vale. Eso... eso tiene sentido.
Ella asiente, sin dejar de estudiarme.
—La pregunta que te tienes que hacer es: ¿hasta cuándo vas a huir?
La miro un instante.
—¿De ella?
—No. No de ella. De él. Es decir, de ti mismo.