56. Elise
Elise
Pasamos la tarde de lluvia enredados el uno en el otro.
Sin hablar, solo nosotros, solo la piel.
Es sencillo descifrar a una persona en un momento de intimidad, solo hace falta saber dónde mirar, aprender a leer las señales.
Wes es alguien que explora, que centra toda su atención en memorizarte, que se pone a tu disposición para hacerte sentir segura.
También, alguien que baja la guardia cuando se siente a salvo a tu lado, y por fin se deja llevar y desata todo lo que siente dentro de él, suelta el control, y reclama aquello que anhela sin temor a ser rechazado y después se ofrece a él mismo en bandeja para demostrarte la devoción que siente cuando te mira.
Así es el sexo entre nosotros en esta noche que no parece tener fin.
Un duelo de lealtad del uno al otro.
Una intensidad que desborda y que quema, pero que también cuida y protege.
Y una vulnerabilidad compartida después, con las sábanas aún calientes, la mirada turbia y la respiración acelerada.
Ese tipo de vulnerabilidad tierna, honesta, que no necesitas tapar porque te sientes a salvo y que acompaña a la sensación de que no hay ningún otro sitio donde quisieras estar si el mundo fuese a terminar mañana.
Wes y yo solo nos besamos, nos tocamos y, entre una cosa y otra, nos hacemos preguntas absurdas que buscan llenar todos los huecos que quedan en blanco de la imagen que tenemos del otro:
«¿Cómo te gusta la pasta? ¿Cuánto hace que no lloras? ¿Qué libro desearías olvidar para leerlo como si fuera la primera vez?».
Pasamos horas así, la tarde entera, toda la noche y, cuando estoy a punto de quedarme dormida, su voz interrumpe la llegada del sueño:
—Elise, ¿tú qué crees que es el amor?
A pesar de la penumbra, puedo distinguir sus ojos completamente fijos en los míos.
—No lo sé. Imagino que para cada persona significará una cosa.
—En ese caso, ¿qué es para ti el amor?
—Estar presente —respondo, tras meditarlo un par de segundos—. Acompañar de verdad. Cuidar.
—¿No crees que se puede querer a alguien de quien te encuentras muy lejos?
—Creo que el sentimiento existe, pero ¿sirve de algo el amor si la otra persona no se siente amada por ti?
—Supongo que tienes razón.
Pocos minutos después, ambos nos quedamos dormidos, soñando con un imposible.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el sol se cuela por la cristalera, iluminándolo todo.
Wes no está en la cama, pero huelo a café.
Bajo por las escaleras y veo que la mesa del salón está llena de papeles, junto al ordenador y la tablet de Wes.
Siento una punzada de culpa por si estos días juntos han causado que se le acumule trabajo.
Camino lentamente hacia la cocina y entonces escucho la voz de Wes, algo alterada, mientras mantiene una conversación telefónica con alguien.
—He dicho que lo siento, mamá. Me olvidé por completo. Sí. Estoy en mi casa. Llevo todo el fin de semana en mi casa, ¿tan difícil resulta de creer? Un amigo tuvo un problema con su vuelo por el terremoto y le estoy echando una mano. No te preocupes. En cuanto se marche me pondré al día.
No sé si son sus palabras o el tono frío como el hielo que utiliza, pero pienso al instante que este Wes no es el que pasea conmigo, el que me mira a los ojos, el que me toca el corazón.
Algo incómodo se agita dentro de mí; la realidad de que, por mucho que me haya dejado llevar las últimas horas, existen dos caras dentro de la misma persona y que a veces se funden hasta hacer desaparecer a una de ellas.
Sacudo la cabeza, algo confusa, y subo de nuevo a la habitación.
Recupero mi móvil, que olvidé en algún momento de la tarde de ayer, y veo que tengo varias llamadas de mi hermana.
Marco su número y espero hasta que escucho su voz.
—¿Els?
—Hola, Emily. Perdona. Ayer pasé bastante del teléfono...
—No te preocupes. Solo quería asegurarme de la hora a la que llegaba tu vuelo esta noche.
—¿Esta noche...? —repito, algo desorientada.
—Llegabas hoy, ¿no? Dijiste que estarías en casa el domingo. Yo tengo el evento ese del trabajo y tú ibas a quedarte con Evie. ¿Lo has olvidado?
—No, no es eso. Yo... creo que he perdido la noción del tiempo. Han pasado muchas cosas.
La voz de mi hermana se agita, temiéndose lo peor.
—¿Qué cosas?
—No, nada malo. Es solo...
—¿Qué?
Suelto un suspiro y trato de resumirle todo lo que ha pasado en los últimos días: el reencuentro con Wes, mi viaje a San Francisco, el terremoto, la decisión de quedarme aquí el fin de semana, con él, en una burbuja.
—¿No vas a decir nada? —le pregunto cuando termino de contárselo todo y el silencio llena la línea telefónica.
—Es que... Yo... Elise, ¿qué estás haciendo?
—¿Cómo?
—Sé que... bueno, sé que hacer algo así es típico de ti, que te gusta vivir el momento y eso, pero... ¿no crees que Wes es una línea roja?
—Yo...
—Acabaste destrozada.
—Lo sé.
—Eligió otra cosa.
—También lo sé —respondo tensa.
—No quiero hacerte daño, cariño, es solo.
.. Creo que te estás engañando a ti misma.
Puede que haya cambiado estos años, pero.
.. no lo suficiente, Elise. Es la misma persona que te dejó marchar sin mover un dedo.
Con él cerca corres peligro porque pierdes la perspectiva.
Te quedas atrapada en lo que crees que podría ser.
Trago saliva con tanta dificultad que me duele.
—Solo quiero que cuides de ti —susurra Emily con delicadeza.
—Lo sé. Y no te preocupes por el evento del trabajo. Estaré ahí a tiempo para quedarme con Evie.
Corto la llamada y me siento en la cama, algo aturdida.
No sé si es la dureza de las palabras de mi hermana o la manera en la que se impone la realidad que he tratado de olvidar estos días, pero de pronto empiezo a quedarme sin aire.
Me pongo de pie y me meto en el baño.
Me lavo la cara, me recojo el pelo y, después, pienso.
Pienso, pienso, pienso.
Quizá ese haya sido el problema. Que llevo los últimos días centrándome en lo que siento, sin dar cabida a mis pensamientos en la ecuación.
Pero, de repente, todo vuelve.
La tristeza, la decepción y la rabia.
La tristeza, de nuevo por lo que no pudo ser.
La decepción con él, por elegir la vida que tenía, porque sigue siendo incapaz de dar carpetazo a esa vida.
La rabia conmigo misma, por no priorizarme, por rebasar las señales de peligro, por dejarme arrastrar sin medir las consecuencias.
Me estoy engañando a mí misma. Me dije que me quedaba estos días solo para sentirme yo, para sentirlo a él, pero creo que en el fondo esperaba acercarme lo suficiente como para conocer el alcance de los cambios que Wes ha atravesado.
Para saber si esta vez sería suficiente.
Si ahora sería capaz de elegirme.
Pero no. Nada ha cambiado en realidad.
Yo tengo que sobrevivir y buscar mi propia felicidad.
Y él seguirá con su camino, ligado a su mundo, como ha hecho siempre.
He sido una idiota.
Cuando salgo del baño y miro las sábanas en las que hemos pasado las últimas horas, me recuerdo a mí misma por qué tengo que protegerme de Wes.
Porque me gusta la contradicción que existe dentro de él.
Me gusta la lucha que libra en su interior, porque eso lo convierte en la persona más fascinante que he conocido.
Me gusta que a su lado pueda sentirme segura siendo quien soy; aceptada.
Me gusta el aura que desprende y cómo me mira y cómo me toca, como si tuviera lo más valioso del mundo entre las manos y no terminara de creérselo.
Es sensible, generoso y vulnerable hasta el punto de que, a veces, me pierdo a mí misma en la necesidad visceral que siento por salvarlo.
Y es en ese momento cuando me doy cuenta de que esto es peligroso, que hacer crecer algo así puede llegar a ser un problema.
Por eso, sin ni siquiera darme la opción de hablar con él, cojo mi móvil y abro la página de la aerolínea.
Miro vuelos directos a Nueva York y después le pido a Sam que me haga llegar por mensajería todo lo que me dejé en su casa.
Sam: Pero ¿qué ha pasado?
Elise: Ahora no puedo hablar, pero te prometo que te lo contaré todo.
Cuando regreso al salón un rato más tarde, Wes parece enfrascado en la lectura de algún documento.
La huella de la conversación telefónica de antes sigue tensando de manera leve sus facciones.
Al verme aparecer, sonríe con ternura y se pone en pie.
Nos besamos. Y, durante un instante, me permito imaginar cómo sería la vida dentro de este beso.
Al separarnos, él parece leer algo en mi expresión, porque su gesto muestra preocupación. Roza mi mejilla con los nudillos y pregunta:
—¿Qué pasa?
—Ya tengo el billete de vuelta a Nueva York.
—¿Cómo? ¿A Nueva York?
—El avión sale en unas horas.
Lo veo tragar saliva con dificultad. Parece triste, decepcionado, confuso. Todo a la vez.
—Pero... ¿ha pasado algo? ¿He hecho algo mal?
Se me contrae el pecho por su tendencia automática a culparse a sí mismo por todo.
—No, es solo... es la hora. Todo esto, tú y yo, está siendo...
—¿Demasiado?
—Demasiado.
Sus ojos se cuelan en los míos. Después, solo asiente.
—Pero... ¿vas a irte así, sin más?
—Tenemos que volver a la vida real.
—Nada me parece más real que estar contigo.
—Necesito volver a casa, Wes. Pensaba que podría con esto, pero mi cerebro se confunde si estamos mucho tiempo juntos. Y no quiero volver a pasarlo mal. Ya tuve suficiente la última vez.
Aunque intento evitarlo, los ojos se me llenan de lágrimas.
Parpadeo para ahuyentarlas cuanto antes, pero Wes es capaz de percibirlas.
Y, quizá esté loca, pero creo que logra ver todas las que derramé en su ausencia, las noches sin dormir, todas las veces que me sentí sola, insuficiente para él, para mí misma, para el mundo.
Pude atravesar aquel dolor y salí fortalecida, pero una sola noche más abrazada a él lanzará por los aires todo lo que he conseguido en estos años.
—Elise, yo...
—No. —Doy un paso atrás cuando siento que se acerca.
—Escúchame, por favor. Sé que dijiste que lo nuestro es imposible. Pero... creo que podríamos buscar una manera.
Cierro los ojos. No esperaba oírlo decir algo así. Y durante unos instantes todo mi mundo se tambalea.
—Eso... eso no es una opción, Wes.
No le digo todas las razones por las que no creo en su palabra, aunque todas ellas nos acompañan, nos zarandean, nos llenan.
—Sé que no estuve a la altura, pero si me dejaras intentarlo...
—Wes, no, para.
—Pero ¿por qué?
—¡Porque nada ha cambiado! Porque, aunque estos días me haya permitido fantasear con que por fin eres el hombre que siempre deseé que fueras, la realidad es que no lo eres. No lo eres, Wes. Puede que estés cerca. Pero también puede que nunca lo consigas.
Se queda mirándome de una manera que me desgarra por dentro.
Como si hubiera sabido leer su mayor miedo y lo estuviera utilizando para protegerme de él.
Como si, en este momento, fuese él el que necesitara protegerse de mí.
—Está bien.
Wes da un paso atrás, me deja espacio y, cuando bajo un rato después con mi bolso en la mano, insiste en llevarme él mismo al aeropuerto.
Yo le pido encarecidamente que no lo haga.
Para el momento en que el Uber aparece en la entrada de su casa, creo que voy a vomitar el corazón.
La tristeza me encoge por dentro. La nostalgia de nuevo.
Sus ojos parecen dos tormentas a punto de derramarse.
Me abraza con fuerza. Huelo su pecho. El nudo de lágrimas en mi garganta me impide respirar.
—¿Cómo crees que sería? —pregunta, susurrando en mi oído.
Me quedo mirándolo porque sé a qué se refiere.
Él. Yo. En el mundo real.
—No lo sé, Wes. No sé si hay una respuesta.
Me trago la pena durante todo el trayecto mientras trato de ahuyentar de mi mente la imagen de Wes, en la puerta de su casa, viéndome marchar una vez más.
Intento no derrumbarme cuando llego al aeropuerto, ni cuando paso el control, ni cuando busco la puerta de embarque.
Antes de subir al avión, reviso mi móvil y me sorprendo al encontrar un mensaje suyo que resume una realidad que no parece estar a nuestro alcance:
Wes: Creo que sí hay una respuesta: tú cuidarías de mí, yo cuidaría de ti y, entonces, simplemente, funcionaría.