55. Wes
Wes
Cuando abro los ojos, tardo unos segundos en comprender que no ha sido un sueño.
La luz se cuela a través de las cortinas de mi habitación. El reloj marca las siete y media de la mañana y Elise duerme profundamente al otro lado de la cama.
Me concentro en respirar y ordenar mis pensamientos y emociones.
Todo está revuelto, enmarañado, pero si aparto las dudas con los dedos sé que debajo de eso hay un mar en calma. Y esa es la sensación a la que decido aferrarme.
Sin hacer ruido, bajo hasta la cocina. El sol atraviesa las cristaleras, iluminando hasta el último rincón de la estancia.
Después, hago café, consulto el correo y el periódico. Mando un par de mensajes a los miembros de mi equipo que están de guardia y trato de no volverme loco pensando en todo lo que pasó anoche.
En su significado, si es que lo tiene.
Cuando Elise entra en la cocina un rato más tarde, la magnitud de todo lo ocurrido en las últimas setenta y dos horas lo hace con ella.
Nuestras miradas se encuentran y mi corazón se acelera.
Tiene el pelo revuelto y solo lleva puesta la camiseta que le dejé ayer cuando nos vimos envueltos en la locura de compartir casa por una noche. Me pregunto si ella esperaba el acercamiento que tuvo lugar anoche; si realmente lo deseaba o si fue un impulso y ahora se arrepiente.
—Buenos días —dice y luego se sitúa junto a mí.
Sus ojos no reflejan incomodidad ni remordimientos. Recuerdo de nuevo a la Elise de Santa Mónica. La que aceptaba lo que ocurría a su alrededor. La que cogía lo que quería sin pedir perdón ni permiso. Para la que solo existía el presente.
—Buenos días. ¿Has descansado bien?
Asiente despacio. Su mirada no abandona la mía.
Con la luz del día, el arañazo que se hizo ayer en el pómulo durante el terremoto parece más irritado. Lo rozo con mis dedos y ella contiene el aliento.
—¿Te duele? —pregunto.
—No mucho —contesta, mirándome la boca.
Mis nudillos siguen acariciando su mejilla. Estamos muy cerca. Tanto que, antes de procesar este instante, ya nos estamos besando de nuevo.
Como si, una vez superada la barrera inicial, no pudiéramos hacer otra cosa.
Mi boca reclama la suya en un beso brusco, ansioso, aunque también tierno.
La cojo en brazos y la siento en uno de los taburetes de la cocina. Desde esta posición, el beso se vuelve más profundo, más descontrolado. Pero también más peligroso, más inalcanzable.
—Elise... —me obligo un momento a parar, a coger aire—, ¿qué estamos haciendo?
—No lo sé.
—Esto no es solo sexo —le digo con toda la delicadeza que soy capaz—. Lo sabes.
Elise se separa levemente. Después, su frente se junta con la mía y el beso se queda contenido en el aire que respiramos.
—Lo que quiero decir es que... no sé qué significa esto para ti —expongo, dubitativo—. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero... lo que sentía antes aún lo siento, y... No te estoy pidiendo nada, es solo... No quiero confundirme pensando que esto es algo que no es.
Sus ojos me miran compasivos, aunque también llenos de dolor, de miedo.
—¿Y qué crees que puede ser?
—La oportunidad que no pensé que tendría.
—Wes...
La manera en la que pronuncia mi nombre, despacio, con algo parecido a la tristeza, la forma en la que me mira, su respiración entrecortada... todo ello logra que el momento de intimidad que compartíamos se volatilice en cuestión de un instante.
—¿Qué?
—Yo... no creo que una segunda oportunidad sea posible entre nosotros.
Carraspeo, algo aturdido.
Miro a mi alrededor y siento como si la estancia se encogiera por momentos.
—Está bien. Vale. Necesito un minuto.
Me alejo un poco de ella y salgo al jardín trasero.
Respiro hondo intentando recordar las indicaciones de Caroline: lo más importante es soltar el aire de manera lenta.
Cuando encuentro un ritmo pausado, fijo la vista en el mar, tratando de reconocer lo que siento: decepción, conmigo mismo, por haber trazado expectativas; vergüenza, por estar reaccionando de esta manera.
Vuelvo a respirar profundo. Después me siento en el borde de la piscina, con los pies dentro del agua. A pesar de ser temprano, el sol de junio ya brilla con fuerza.
Minutos más tarde, Elise sale de la casa y mi mirada se cruza con la suya, que me observa con cautela.
—¿Estás bien? —pregunta, mientras se sienta a mi lado y sumerge las piernas con delicadeza.
—Sí. Siento haberme puesto así. A veces, necesito algo de espacio para procesar las cosas.
—Yo también lo siento. Quizá debería haber sido más clara antes de colarme en tu habitación —dice con algo parecido a la culpabilidad—. Es que contigo... no sé. Todo me confunde, siento que pierdo el control y...
—Elise, tranquila. Teníamos mucho pendiente y... te dejaste llevar. Lo entiendo.
—No es eso. Yo... Lo que has dicho antes... a mí también me pasa. Lo que sentía por ti no se ha ido, sigue aquí, quizá algo escondido, agazapado, pero...
La miro, agradecido por esa honestidad con la que Elise abraza la vida.
—¿Pero...? —la animo a continuar.
—Lo nuestro es imposible, Wes. Los dos lo sabemos.
—¿Imposible? —repito.
—Tu vida está aquí, en San Francisco, y yo... he comprado una casa en Brooklyn —dice, con tiento—. Lo de Nueva York no es solo un trabajo, es... un plan de vida. Es allí donde quiero estar a partir de ahora, con mi hermana y mi sobrina. Esa es la vida que quiero construir.
Parpadeo despacio, mientras asimilo lo que me está queriendo decir.
Volver a reunirse con su familia es lo que siempre ha querido.
«¿Qué sueños te quedan por cumplir?», le pregunté el otro día, a lo que ella contestó:
«Quiero echar raíces. Construir mi propio hogar».
Siento un nudo en el estómago que se desplaza hasta dejarme sin aire.
La esperanza que me había atrevido a cultivar se desploma definitivamente justo en este instante. Pero atravieso todas esas capas de frustración hasta llegar a la parte de mí que se alegra de manera genuina por ella. Porque realmente lo hago. Quiero que Elise tenga todas las cosas que desea.
—Enhorabuena —consigo decir—. ¿Estás contenta?
—La verdad es que sí, mucho.
—Me alegro por ti.
—Gracias.
Los dos nos quedamos en silencio, mirando el mar que se extiende frente a nosotros.
Y yo pienso en todo: en su vida, en la mía, en mis decisiones, en las suyas. Y en esa palabra: «imposible».
¿Qué significa realmente?
El término «imposible» hace referencia a algo que no puede suceder, realizarse o existir, ya sea porque contradice las leyes de la lógica, las leyes de la naturaleza o porque no hay forma real de lograrlo en ciertas condiciones. Sin embargo, nosotros existimos.
Hemos sido dos desconocidos que se eligieron entre la multitud.
Y luego una chica rota y un chico comprometido que no podían evitar buscarse.
Y ahora somos dos personas que por fin han aceptado las mochilas que cargan.
Ya no tratamos de deshacernos de ellas, solo estamos aprendiendo a vivir con ese peso extra en la espalda mientras levantamos la vida que queremos.
Nunca podría pedirle que renunciase a la vida que quiere construir en Nueva York. Ni mucho menos que espere a que mi situación sea... ¿cuál? ¿Cuándo me liberaré de mi vida actual, de las obligaciones con mi familia de las que no soy capaz de desprenderme?
No puedo atarla a mi indecisión cuando el coste son sus propios sueños.
Ni siquiera estoy seguro de que ella estuviera dispuesta, de darse el caso. Porque a veces, al mirarla a los ojos, encuentro barreras que antes no estaban ahí.
Hay una parte de Elise que siente la necesidad de protegerse de mí y no puedo culparla por ello.
Con la mirada aún fija en el mar, dejo escapar una exhalación profunda.
Luego me giro a mirarla.
—Supongo que tienes razón —susurro.
—¿Sí?
—Has construido la vida que querías. Y yo... aún no soy libre. Antes me encontraba metido dentro de una cárcel. Ahora puedo ir un poco más a mi aire, pero... sigo llevando grilletes.
Ella me mira, pero no dice nada. Se limita a dejar la cabeza en mi hombro. Yo dejo un beso en su pelo y algo me duele muy dentro, muy hondo, en el centro del pecho.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunto.
—¿Cómo?
—¿Quieres volver a Los Ángeles? —tanteo—. Si no hay vuelos disponibles, podemos ir en coche.
Elise asiente y, después, mira a su alrededor como si buscara algo.
A continuación, clava sus ojos en los míos de nuevo.
—¿Puedo quedarme unos días?
Hace la pregunta con aire dubitativo, como si temiese una negativa por mi parte. Quizá por eso es por lo que le respondo:
—Ya lo sabes: puedes quedarte toda la vida, si es lo que quieres.
—Un fin de semana es lo único que tenemos. Como aquella vez que tuvimos solo una noche.
Sonrío con nostalgia al recordarnos a los dos en aquella playa, dándonos permiso el uno al otro para ser libres unas horas sin esperar nada del mañana.
—¿Estás segura?
—Sin expectativas, sin planes, sin disfraces. Solo tú y yo.
Y aunque sé que debería decir que no, que debería protegerme, cuidarme de esta Elise que me hace sentir en carne viva, acabo diciendo:
—Me parece el mejor plan del mundo. —Y dejo otro beso sobre su pelo.
Un rato más tarde, nos subimos al coche y damos una vuelta por la zona para que Elise compre algo de ropa y otras cosas que quizá necesite para estos días que va a pasar aquí.
De camino al centro comercial más cercano, nos ponemos al día de los desperfectos causados por el terremoto a través de un programa de radio.
Durante el resto del trayecto, Elise pierde la mirada por la ventanilla del coche, que refleja el paisaje de la costa de Belvedere.
Las rocas, la bruma, las casitas bajas que se ven junto al mar.
Se gira hacia mí y me pregunta cómo he acabado viviendo aquí.
—Después de que Laurie se marchara, necesitaba un cambio de aires.
Me deshice de la casa de Sausalito, donde pasábamos los fines de semana, y el piso de la ciudad empezó a agobiarme.
Busqué algo que estuviera relativamente cerca de San Francisco para poder ir y venir sin problema todos los días, pero que al mismo tiempo me otorgara algo de intimidad.
Ella asiente y parece archivar esta información en la carpeta de «el nuevo Wes».
Para cuando salimos del centro comercial un par de horas más tarde, el sol está en su punto más alto y hace un calor de mil demonios.
—¿Te apetece comer cerca de la playa? —le pregunto.
Elise acepta la propuesta y buscamos un restaurante por la zona que tenga terraza con vistas al mar.
Cuando conseguimos mesa, pedimos una botella de vino blanco y marisco y yo me limito a mirar fijamente a Elise, que está preciosa bajo la luz del sol de junio, con el pelo algo revuelto por la brisa y los ojos brillantes.
Hablamos de temas cotidianos y de su nuevo trabajo, como colaboradora en un morning show . Dice que su puesto como corresponsal internacional especializada en cultura y sociedad le ha abierto más puertas de las que esperaba en un primer momento.
Yo le cuento cómo es mi día a día. Comparto con ella detalles acerca de los proyectos en los que estoy trabajando, de mi interés cada vez mayor por las áreas de aplicación de la robótica, de las cosas que me motivan, de mis sesiones de terapia.
Nuestra conversación es superficial, no profundizamos en exceso, pero entiendo que esto es lo único que podemos tener en este momento.
Cuando nos queremos dar cuenta, llevamos horas aquí.
Le propongo estirar las piernas y acabamos pidiendo dos granizados, que nos tomamos mientras paseamos por la orilla.
Esta playa está bastante retirada de la principal zona turística de Belvedere, por lo que el paseo es tranquilo.
Solo Elise, yo, las olas del mar mojándonos las pantorrillas y el sol cada vez más bajo.
La miro de reojo un instante y contengo el aliento. Está cerca. Mis dedos rozan cada dos por tres los suyos y en el vacío que se crea cada vez que se separan se me pierde la cabeza.
Ella dirige la mirada hacia mí un segundo. Después, como si llevara un tiempo pensando la pregunta, dice:
—Wes, ¿tú qué quieres de la vida?
—¿Cómo?
—¿Cómo te ves de aquí a diez años?
Cierro los ojos un instante. Esta pregunta es muy típica de Elise y sé que espera una respuesta sincera y que se tomará en serio lo que me atreva a decirle.
—Supongo que no veo... No sé. Son solo cosas sencillas. Un buen libro bajo el sol. Desayunar con calma. Un baño en la playa al atardecer. Solo eso, momentos.
—¿Quieres ser padre?
Se me escapa una carcajada.
—Madre mía. Menuda pregunta.
—¿Quieres o no?
—Eh... No lo sé. No me considero una persona muy familiar. La palabra hogar para mí tiene connotaciones complicadas. Podría no ser padre nunca y no llegar a sentir que me estoy perdiendo algo. Pero en ese futuro ideal de desayunos sin prisas, paseos... la idea de familia sí que me encaja.
Las imágenes de mi cabeza empiezan a cobrar vida en este momento. Y donde antes había solo destellos, ahora empiezo a percibir movimiento, color, formas y rostros cada vez más nítidos.
Es abrumador. Tanto que parpadeo para ahuyentarlos.
—¿Y tú? ¿Quieres tener hijos? —Le devuelvo la pregunta y ella me observa con un halo brillante en su mirada.
—Sí. Creo que sí —reconoce—. No es que sea una meta en sí misma, pero mi sueño siempre ha sido ese, construir un hogar. Si encontrara a la persona y lográramos hacerlo funcionar... sí me gustaría traer niños al mundo; acompañarnos, criarlos, cuidar de ellos...
Mientras habla, esa escena que se había alzado en mi mente segundos atrás vuelve a encenderse de nuevo. Y lo veo todo con tal claridad que Elise es capaz de percibirlo en mis pupilas.
—No me mires así —me pide con una sonrisa.
—¿Así cómo?
—Ya lo sabes...
—No lo sé. Dilo.
Ella toma una bocanada de aire. Al contestar, lo hace de manera solemne, mirándome a los ojos.
—Como si esos niños pudieran ser tuyos.
Un nudo tenso me coloniza la garganta y, aunque intento deshacerlo, acaba llenándolo todo de esa nostalgia amarga que nos visita al pensar en algo que nunca sucederá.
¿Por qué no puede suceder? ¿Qué pieza exacta habría que mover para que el engranaje que sostiene nuestras vidas nos hiciera encajar en el camino?
Antes de poder dar una respuesta, el cielo se abre con un relámpago que anuncia una tormenta de verano.
Con las primeras gotas de lluvia, decidimos volver a casa, a esa burbuja irreal que nos protege de todo lo que ocurrirá mañana.
Pero el interrogante permanece agarrado a mi pecho, a la espera de que lo desmonte hasta dar con la solución correcta.