54. Elise #2
He pasado dos años intentando olvidarme de este hombre y de pronto la necesidad de estar más cerca de él inunda mi interior y me confunde hasta el punto de rebasar mi instinto de supervivencia.
Es en lo único que puedo pensar.
Y, cuando me quiero dar cuenta, estoy abandonando la cama y saliendo de la habitación, sin cuestionarme el porqué, solo sintiendo.
El pasillo está a oscuras, pero en cuanto empiezo a avanzar por él una hilera de leds se ilumina en el suelo.
Hay tres habitaciones en este lado de la planta, dos de ellas tienen las puertas entornadas y la tercera, la que permanece cerrada, es la que me aventuro a abrir una vez reúno el valor suficiente.
El contacto con una alfombra de hilo es lo primero que registra mi cuerpo cuando pongo mis pies descalzos dentro.
Después, las gotas de lluvia que emite algún sistema de sonido.
Lo último, la luz de la luna que se filtra a través de las cortinas y que me permite distinguir la imagen de Wes, que se incorpora lentamente sobre su cama.
Cuando comprende que soy yo, se queda quieto, mirándome con cautela, pero no dice nada. Yo también soy incapaz de hablar porque no creo que existan palabras que expliquen la razón por la que me he atrevido a hacer esto.
Es una cuestión del instinto, no de la mente.
Cuando me tumbo a su lado en la cama, lo escucho inhalar aire con fuerza para dejarlo escapar segundos después.
Mi cuerpo se acomoda junto al suyo, que desprende calor y algo eléctrico.
Percibo la tensión de sus manos. Parece que hace un serio esfuerzo por no tocarme en esta penumbra silenciosa.
Cuando ya llevamos varios minutos en esta posición, en silencio, mi voz retumba en la habitación.
—Wes.
—Dime.
—¿Qué pasó con Laurie?
El suspiro que deja escapar me pone el vello de punta.
—¿La versión larga o la corta? —pregunta.
—La que prefieras.
—Que no la quería como ella se merecía; no la quería como alguien debe querer a la persona con la que se supone que va a pasar el resto de su vida. Y, además..., ya sabes... —Hace una pausa, en la que solo me mira—. Estaba enamorado de otra persona.
Cierro los ojos despacio, para asimilar lo que está diciendo.
Cuando los abro, soy consciente de que estamos cara a cara, buceando entre las sombras para alcanzar la mirada del otro.
—¿Y la larga? —me atrevo preguntar, a sabiendas de que hacerlo es una manera de asomarme a su interior, donde puedo encontrar cosas que quizá no esté preparada para conocer.
Wes solo duda un segundo antes de tomar algo de aire y empezar a hablar con voz profunda:
—No era consciente de lo jodido que estaba, Elise.
No solo por ti y por todo lo que pasó entre nosotros.
Estaba mal desde antes, posiblemente incluso antes del accidente de mi hermano.
Solo que, cuando te fuiste, todo explotó.
Yo exploté, por dentro. Empecé a tener ataques de pánico, a no levantarme de la cama.
.. Volví a un punto similar al que estaba cuando murió Marcus.
Pensé que esa vez no me salvaba. Que había tocado fondo para siempre.
Una mano invisible me oprime la garganta mientras sus palabras dibujan en mi mente imágenes de él hundido, solo, vulnerable.
—Lo siento —susurro.
—No lo sientas. No fue por ti. Bueno, quizá fuiste algo así como un desencadenante en ese momento, pero con quien estaba realmente enfadado era conmigo mismo.
Por no ser capaz de controlar mi propia vida.
Por dejarme enterrar bajo los deseos de otros.
Por no luchar por las cosas que quería: mi libertad. Tú.
Trago saliva y aprieto los puños. Quiero tocarlo. Lo deseo como hacía tiempo que no deseaba nada. Pero sé que este momento no va de eso, sino de escuchar su historia.
—¿Y qué pasó? —lo animo a continuar.
—Laurie me obligó a buscar ayuda. Cuando solo llevaba un mes de terapia, cancelé nuestro compromiso.
Abro los ojos, sorprendida.
—¿Así, sin más?
—Mi terapeuta me explicó lo que me pasaba de tal manera que lo vi muy claro: los síntomas que tenía no eran el problema, era mi propio cuerpo tratando de protegerme.
Como cuando tenemos fiebre y creemos que es algo malo, cuando es solo un intento de nuestro organismo por combatir la infección.
Ella me dijo que podíamos centrarnos en tratar mi ansiedad, pero que lo único que la eliminaría a largo plazo era ir hasta la causa.
Y ese se convirtió en nuestro plan. —Deja escapar un suspiro y desvía la mirada al techo unos segundos—.
Poco tiempo después, hablé con Laurie. Le dije que no podía seguir con ella.
Asiento despacio.
—¿Se lo tomó muy mal?
—Bastante peor de lo que esperaba. Llevábamos distanciados mucho tiempo, pensé que... No sé. —Se frota la cara—. Igual fui muy ingenuo; ella fue muy comprensiva la otra vez, un gran apoyo, pero... no era lo mismo.
—¿Por qué?
—Ella... sabía que había alguien. Que tú eras ese alguien. Y, como es lógico, no lo tomó bien; estaba muy dolida.
—¿Sabía que era yo? ¿Cómo?
—Es una larga historia. Te la contaré en otro momento, si quieres. El caso es que... no lo negué y ella desapareció esa misma noche. Se fue a vivir con su hermana a Australia. Y ahí terminó todo.
Wes guarda silencio después de decir esto último. Y yo me quedo quieta, tratando de asimilar el dolor oculto en sus palabras, que han caído sobre mí fulminándome como un rayo.
Cuando consigo hablar, mi voz suena densa, cargada de todas las sensaciones que su relato ha despertado en mí.
—¿Y cómo es tu vida ahora? ¿Eres libre?
Un silencio repentino se adueña de la habitación.
Wes tarda tanto tiempo en darme una respuesta que parte de mí piensa que no me ha oído.
—Me encantaría decirte que sí —dice finalmente, con tono serio—, pero, aunque hay cosas de las que he conseguido desprenderme con los años, hay otras que son más difíciles de dejar atrás.
»Supongo que sabes que mi hermano Gus está metido en política.
Su plan es presentarse como senador en las próximas elecciones primarias del partido.
Para que él pudiera hacer eso tuvimos que reestructurar muchas cosas dentro de Allensyr y, cuando llegó el momento, planteé la posibilidad de salirme de la empresa.
Vuelve a hacer una pausa significativa que dura hasta que pregunto:
—¿Qué pasó?
—Que no pude hacerlo. Podría justificarme contándote todas las llamadas, reuniones y reproches que recibí de mi familia durante esa época, pero la realidad es que no me veía capaz de gestionar la culpa si alguno de sus vaticinios llegaba a cumplirse.
—¿Vaticinios?
—Ya sabes. Arruinar la carrera política de mi hermano, hundir la empresa, perder la confianza de los accionistas.
.. No mostrar unión familiar tras el nombramiento de mi hermano Damien era muy peligroso a todos los niveles, pero yo no me veía capaz de aguantar en medio de la tormenta que iba a producirse a nivel directivo, así que llegué a un acuerdo.
—¿Qué tipo de acuerdo?
—Firmé un documento que me excluye de la parte directiva de la empresa y me vincula de manera exclusiva al área de innovación y desarrollo, que es lo que siempre me ha gustado.
—Su postura cambia levemente sobre el colchón, pero sus ojos no abandonan los míos—.
Las cosas siguen sin ser fáciles. Mi relación con mis padres y mis hermanos está más tensa que nunca.
Salvo por Luke y mi hermana Helena, me siento totalmente alejado de mi propia familia.
Reclamar algo de espacio está teniendo un precio demasiado alto, pero. .. creo que este es el camino correcto.
Asiento lentamente, sobre la almohada que compartimos, sin dejar de mirarlo.
—Siento que tuvieras que pasar por eso.
—Y yo siento no haber tomado las riendas de mi vida mucho antes.
Lo que te he dicho antes iba en serio, Elise.
Siento mucho no haber sido quien esperabas.
Siento haber dejado pasar nuestro momento.
Te merecías a alguien que se enfrentara al mundo entero, si hacía falta, por estar a tu lado.
Creo que me arrepentiré el resto de mi vida de no haber estado a la altura.
Me muevo, despacio, demasiado abrumada por todo lo que hay aquí, entre los dos, dentro de esta habitación.
—Wes...
—Tranquila, no hace falta que digas nada. Solo... habértelo podido contar ya es mucho para mí. Tenía miedo de no poder hacerlo, ¿sabes? Temía que no me dieras la oportunidad, y lo habría entendido, es solo que... estoy intentando ser mejor.
Vuelvo a quedarme sin palabras. Su cuerpo y el mío siguen tocándose. Ninguno hace el amago de recuperar el espacio, aunque tampoco de cubrir la ínfima distancia que nos separa.
Nuestros ojos, que ya se han acostumbrado a la oscuridad, se encuentran en medio de la penumbra. Y algo dentro de mi pecho tiembla como resultado de la lucha entre las dos Elise: la que no quiere quedarse con la duda y la que teme al hombre en el que se está convirtiendo Wes.
No sabría decir cuál de las dos gana la batalla cuando me escucho decir en voz alta:
—¿Puedo quedarme?
—La verdad es que... lo daba por hecho.
Su mirada sigue sobre la mía mientras una leve sonrisa toma forma en su boca al observar la manera en la que me cubro con la sábana.
Finalmente, sus ojos se cierran y los míos hacen lo mismo, aunque sé que no voy a poder dormir.
El tiempo parece transcurrir lento en esta habitación. Pasan los minutos. Quizá horas. Y, en algún punto, sus dedos y los míos se encuentran sin previo aviso. Siento una descarga en el vientre y el impulso de abrazarme a su pecho bajo la sábana que compartimos.
Y lo hago. Lo hago porque esta noche va de eso, de sentir, del presente.
—¿Estás despierto? —le pregunto en medio de la oscuridad cuando noto que su brazo trata de acomodarse bajo mi cuerpo, acercándome más a él.
—Sí.
—Te va muy rápido el corazón.
—Lo sé.
—¿En qué estás pensando?
Su mirada busca la mía y se queda ahí, como si quisiera trazar una línea invisible entre los dos.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Estoy pensando en que hace cinco años que nos besamos por última vez. Y que me muero de ganas de volver a hacerlo. Pero no sé cómo pedírtelo porque no sé si piensas que lo que hubo entre nosotros solo forma parte del pasado...
Mi corazón late con más fuerza cuando interpreta que estoy delante de un momento decisivo.
La realidad me golpea al darme cuenta de que no sé dónde ubicarme en ese continuo imaginario que somos nosotros.
En un extremo se encuentra él, un futuro, un salto al vacío.
En el otro, darme la vuelta y no mirar atrás.
Y, aunque no tengo una respuesta, aunque no sé qué pasará mañana, aunque sé que lo nuestro sigue siendo imposible, no soy capaz de sujetar mi propia voz para soltar la única verdad de la que estoy segura:
—¿Puede formar parte del pasado algo en lo que no has dejado de pensar ni un solo día?
El mundo entero se detiene y lo siguiente que ocurre es mi boca encontrándose con su boca. Y la suya abriéndose para mí. Y el recuerdo de la única noche que pasamos juntos fundiéndose con el ahora, en este momento, en este lugar.
Casi huelo en su pelo el salitre de la playa de Santa Mónica.
Al tocar su piel, siento que el agua del mar se me escurre entre los dedos.
Pero entonces Wes profundiza el beso y aterrizo en el presente.
En su cama, en su habitación, en la vida real.
Tras años de recuerdos y de anhelo y de una distancia imposible de derribar.
El gemido de alivio que suelta se enreda con el mío y, durante un instante, parece que soy yo la que desata la situación, la que baja las barreras, la que lo toma todo de él sin pensar en las consecuencias.
Pero después, algo cambia y es Wes el que se libera, el que me desnuda sin dejar de besarme, el que se atreve a ir más allá.
Pasea su boca por mi cuerpo desnudo y yo me dejo llevar.
Lo siento en todas partes, en cada rincón, en mi pecho, en mi vientre, dentro de mi alma.
Me besa casi con devoción, suplicando, y sé que esta conversación es más significativa que cualquiera que hayamos podido tener con palabras.
Hablamos de amor, de perdón, de rabia y de decepción.
Nos reencontramos en un plano que trasciende el aquí y el ahora, en una realidad donde el pasado no existe y solo somos dos cuerpos que se buscan y se aman.
Todo sucede a cámara lenta al principio y con un ritmo frenético después, cuando mi piel cede, su cuerpo se funde con el mío y el mundo parece desaparecer ahí fuera.
Nos movemos como si se nos acabara el tiempo.
Con la urgencia de quienes hacen algo que está prohibido.
Con la furia de aquellos que culpan al destino de no tener lo que desean.
Con la ternura de dos cuerpos que se han echado de menos durante años.
Con el anhelo de quienes tienen al alcance de la mano un imposible.
Y cuando ambos explotamos, cuando regresamos a la realidad, me siento inexplicablemente en casa, pero también más a la deriva que nunca, viendo temblar las paredes de mi hogar.