54. Elise
Elise
El aeropuerto de San Francisco es un caos.
Al parecer, el temblor de hace un par de horas ha causado desperfectos en la pista de aterrizaje, lo cual ha llevado a una serie de retrasos que han desatado la locura dentro de la terminal.
Los mostradores de facturación y de atención al cliente tienen colas interminables y hay decenas de pasajeros indignados, sin saber adónde dirigirse.
La pantalla en la que se anuncian las salidas indica que mi vuelo a Los Ángeles lleva tres horas de retraso. Según lo que estoy escuchando por aquí, lo más probable es que acabe cancelado.
Tomo aire y me pregunto a mí misma qué es lo que puedo hacer.
Realmente, no tengo ninguna prisa en regresar a Los Ángeles. Si he salido corriendo de casa de Molly y Brian ha sido porque me sentía sobrepasada por todo. El terremoto. La posibilidad de quedarme atrapada en San Francisco. Wes. El casi beso en la cocina.
Aún me tiemblan las piernas solo de pensarlo.
Llamo a Sam mientras decido qué hacer.
—¿Estás bien? —pregunta nada más descolgar—. He visto lo del terremoto en las noticias.
—Estoy bien. Pero es posible que no pueda volar esta noche.
—Claro. Lo entiendo. ¿Dónde vas a quedarte?
—No lo sé. Buscaré un hotel. —Dejo escapar un suspiro.
—¿Todo bien con Wes?
Sonrío para mí. Sam siempre está al acecho.
—Casi nos besamos.
—¡¿Qué?!
—Los nervios del terremoto.
—¿Y qué ha pasado?
—Nos han interrumpido.
—¿Y después?
—He salido corriendo —reconozco—. Tenías razón, Sam. Me da miedo que se haya convertido en la persona que siempre he esperado que fuera. Pero también pensar que todo es una ilusión, que a la hora de la verdad...
—Volverá a decepcionarte. ¿No es eso?
—Algo así.
Suspiro de nuevo. El personal del aeropuerto está informando de más cancelaciones a través de megafonía. A mi alrededor, la gente empieza a impacientarse.
—Sam, tengo que dejarte. Te mando un mensaje cuando sepa cuándo vuelvo.
—Ve con cuidado —me pide, y después cortamos la llamada.
Me acerco a la pantalla de información y veo que acaban de cancelar oficialmente mi vuelo.
Resignada, intento encontrar algún asiento libre desde el que pueda buscar un lugar para pasar la noche.
Doy una vuelta por la terminal y es entonces cuando lo veo aparecer.
Me obligo a parpadear varias veces para asegurarme de que no me lo estoy imaginando. Pero no. Es Wes, con su camisa blanca y su pantalón vaquero y esa expresión que utiliza para enmascarar lo que siente.
Se detiene delante de mí y yo me obligo a tomar aire más despacio.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto.
—¿Qué crees que hago aquí? —responde él.
Abro la boca para hablar, pero ni siquiera sé qué decir.
¿Cómo sabía en qué terminal encontrarme? ¿Cómo sabía que mi vuelo no iba a salir?
La respuesta es la misma de siempre: se trata de Wesley James y la rotundidad de ese hecho —tan simple y tan complicado al mismo tiempo— hace que me entren ganas de llorar.
La megafonía del aeropuerto hace un nuevo anuncio que no logro entender, pero que causa que un montón de pasajeros enfurecidos vuelvan a protestar.
Wes y yo nos vemos sumergidos de pronto en una marea de gente que corretea de un lado a otro, tanto es así que lo pierdo de vista unos segundos, hasta que su brazo tira de mí con suavidad en dirección a la salida.
Fuera de la terminal, el caos es similar al que bulle dentro. Caminamos unos metros hasta llegar a su coche, que está parado cerca de una zona de taxis donde los letreros señalizan con claridad P ROHIBIDO APARCAR .
Me giro hacia él, con actitud derrotada, sobrepasada por la manera en la que me mira, por el simple hecho de tenerlo delante.
—¿Por qué has venido, Wes?
—¿La verdad?
—Sí.
—No puedes volver hoy a Los Ángeles, así que iba a ofrecerte mi casa para pasar la noche.
Se encoge de hombros y mi corazón se acelera. Por todo: por lo que dice, por la naturalidad con la que lo hace.
—Es una idea terrible.
—Está hacia el norte, esa zona no ha sido afectada por el terremoto y las carreteras están en buen estado.
—No lo decía por eso.
Hace un gesto breve de asentimiento.
—También puedo llevarte a un hotel, pero... en mi casa hay sitio de sobra. Te dejaré todo el espacio que necesites.
Una burbuja parece aislarnos del exterior de pronto. Aquí dentro no se oye nada, salvo el modo en el que respiramos y todos los asuntos pendientes que nos acompañan.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Wes? —pregunto, a bocajarro.
Él no parece sorprendido por mi pregunta. Solo me mira muy dentro, muy hondo, y deja escapar el aire.
—Quiero pedirte perdón.
—¿Por qué?
—Por haberte dejado marchar.
Lo miro, con el corazón retumbando en mi garganta, mientras él deja escapar un suspiro.
El claxon de un coche suena cerca de nosotros, la mirada de Wes me atraviesa mientras espera y yo.
.. yo decido dejar de luchar contra lo que siento, contra lo que sé que ambos tenemos pendiente.
Recuerdo las palabras de Sam. Y sé que tiene razón.
No soy de las que se quedan con la duda.
Porque sobre la duda, dicen, no se puede construir.
—No tengo nada de ropa —le digo.
—Ya se nos ocurrirá algo.
—Está bien —digo—. Vamos a tu casa.
Wes intenta esconder una sonrisa de alivio y abre rápidamente el coche, como si temiera que fuese a cambiar de opinión.
El tráfico para salir del aeropuerto e incorporarnos a la autopista es bastante peor de lo que pensaba.
Wes pone la radio para informarnos del estado de las carreteras y de las consecuencias del terremoto y yo aprovecho para mandarle un mensaje a Sam informándola de mis planes.
Ella responde casi al instante:
Sam: No pienses demasiado, Elise. No estás haciendo nada malo. Limítate a sentir y vivir el presente. Es tu especialidad, ¿recuerdas?
Suelto un suspiro y después bloqueo el móvil. Tengo muy poca batería. Echo un vistazo dentro de mi bolso y compruebo que llevo mi kit de emergencia: un neceser, ropa interior de repuesto y el cargador.
—¿Todo bien? —pregunta Wes y yo me limito a contestar que sí.
Lo observo de reojo. Conduce tranquilo, seguro de cada movimiento, y me pregunto si por dentro se sentirá también de ese modo.
Yo no lo estoy, en absoluto. No sé qué estoy haciendo. No sé cómo es posible que en solo cuarenta y ocho horas mi vida haya dado un giro como este.
Intento relativizar y seguir el consejo de Sam. Vivir el presente; sentir... y eso hago: intento concentrarme en lo que siento.
En el aroma de Wes, que se percibe dentro del coche; en el cosquilleo que me produce tenerlo tan cerca; en el vértigo que me da pensar que nos dirigimos a un lugar que quizá para nosotros ya no existe.
No hablamos mucho durante el trayecto. Al principio vamos escuchando la radio, y luego Wes pone algo de música.
Suena una canción de L. A. en el momento en que rebasamos un cartel que anuncia que hemos llegado a Belvedere.
—Ya queda poco —anuncia él y, apenas unos minutos después, el coche se adentra en un sendero que se dirige a una propiedad privada.
Cuando entramos, me quedo bastante sorprendida.
Un jardín precioso rodea una casa de piedra blanca, no demasiado alta.
—¿Vives aquí? —le pregunto.
Wes me mira con cautela mientras detiene el coche.
—Sí.
—¿Siempre?
—Sí.
—¿Y tu piso de la ciudad?
—No lo necesito. —Se encoge de hombros.
Caminamos por el jardín hasta acceder a la vivienda, que se abre con una cerradura inteligente.
Wes enciende la luz y una estancia diáfana se ilumina ante nuestros ojos. Al fondo, hay una cristalera desde donde se puede ver el mar.
Todo parece brillante, moderno, pero, al mismo tiempo, tiene algo familiar que transmite calidez.
Sobrecogida, lo sigo por las escaleras que conducen al piso de arriba.
La planta parece dividida en dos ambientes. Wes gira a la derecha, donde se encuentran las habitaciones que se distribuyen a lo largo de un pequeño pasillo.
—Puedes quedarte aquí —dice cuando abre la puerta de una de ellas—. Tiene baño propio. Puedes bajar a la cocina y coger lo que quieras. Puedes... ir a cualquier parte de la casa, en realidad. No tengo nada que esconder.
Nos adentramos en la estancia, decorada con tonos tierra. Es bastante amplia. Al fondo hay una pequeña terraza desde la que también se ve el mar.
Me giro hacia él, que parece algo nervioso por la situación.
—¿Y tú? —le pregunto—. ¿Dónde estarás tú?
—En mi habitación. Al otro lado del pasillo. —Carraspea levemente y, después, se dirige hacia un armario. —Ahí dentro hay toallas. Ahora te traeré algo de ropa, por si acaso. ¿Quieres cenar?
—La verdad es que no.
—Vale. Ponte cómoda. Vuelvo enseguida.
Wes sale de la habitación y regresa al cabo de unos minutos con una botella de agua, un vaso y un paquete de frutos secos, además de un par de camisetas.
Lo deja todo sobre el aparador y se gira hacia mí. Es entonces cuando el peso de la situación cae sobre los dos.
Voy a pasar la noche en su casa.
Hemos estado a punto de besarnos hace menos de cuatro horas.
Él quería hablar de nosotros. Yo trato de actuar con despreocupación, cuando es obvio que todo esto... me supera.
Al final es Wes el que rompe la tensión diciendo:
—Te dejo descansar. Si necesitas cualquier cosa...
—Gracias.
A continuación, me deja sola en esta habitación tan grande.
La confusión se extiende sobre mi pecho, recorre mi vientre y luego baja hasta mis piernas, que se vuelven de gelatina.
Me dejo caer en la cama pensando, una vez más, qué hago aquí, cómo he acabado aquí, para qué estoy aquí.
Un rato más tarde, me doy una ducha, me cambio la ropa interior y me pongo una de las camisetas de Wes.
Huele tanto a él que me duele y, cuando por fin me tumbo en la cama, un sinfín de sensaciones se han colado por los surcos de mi cerebro y lo llenan todo.
Los recuerdos aparecen ante mis ojos como una imagen de alta definición.
La primera noche y la magia. El reencuentro y la distancia. El acercamiento y la señal de peligro. El amor y la decepción.