El verano que fuimos libres 53. Wes
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53. Wes

Wes

La casa de Molly y Brian se encuentra a media hora de San Francisco.

El terreno, amplio y despejado, está decorado con motivo de la fiesta de su hijo.

Hay familiares, amigos, allegados con niños pequeños que han entrado en su círculo íntimo de manera reciente.

Al mirar a mi alrededor, pienso que esta fiesta tiene todo lo que esperas al pensar en un cumpleaños infantil.

Globos, más comida de la razonable y padres viendo disfrutar a sus hijos.

Y yo no hago más que mirar la puerta de entrada.

—Vendrá. Estoy segura —me susurra Molly para infundirme ánimo.

Al cabo de un rato, cuando Brian sale al jardín de nuevo con una bandeja de bocadillos, oímos un coche acercarse.

Se detiene frente a la puerta principal y, a continuación, aparece Elise, arrastrando miradas y murmullos de los invitados a la fiesta.

El nudo que llevo adherido al pecho desde hace cuarenta y ocho horas se desplaza hacia arriba unos centímetros, hasta ocupar mi garganta.

Es la propia Molly, con su hijo en brazos, la que cruza el jardín para ir a recibirla. Las veo a ambas saludarse con emoción mientras se funden en un abrazo cariñoso y sincero.

Elise besa la cabeza del pequeño y sonríe.

Después, ellas dos comparten una mirada y se dicen algo. No sé el qué y me doy cuenta al instante de que daría buena parte de lo que tengo por saberlo.

Tomo un discreto segundo plano cuando, apenas unos minutos más tarde, Elise pasa a formar parte de la fiesta, mezclándose entre los invitados. Saluda a Mark con esa cercanía que comparten entre los dos. Luego, a Brian y a Luke.

Es entonces cuando tomo la determinación de acercarme.

Me resulta algo violento hacerlo. Es la primera vez que estamos juntos delante de gente que está al tanto de la historia que nos une.

Cuando estoy lo suficientemente cerca de ella, son mis amigos los que se hacen a un lado, dejándonos algo de espacio.

Elise me sonríe con esa sonrisa que a veces fantaseo que guarda solo para mí.

Como si compartiéramos un secreto. Tal vez lo hacemos, pienso, mientras le echo un vistazo a la ropa que lleva, que nada tiene que ver con la que llevaba la otra noche, tan glamurosa.

Hoy luce una blusa sencilla y una falda que me hacen pensar en la chica con pantalones cortos y zapatillas que se escapó de un festival para estar conmigo, sin conocerme de nada.

—¿Por qué me miras así? —me pregunta cuando parece que tenemos la intimidad suficiente—. ¿Hoy también pensabas que no vendría?

—Esta vez sí lo sabía. —Le sonrío con toda la calma que puedo—. ¿Hasta cuándo te quedas?

—Me voy hoy, en el último vuelo.

Antes de que pueda decir nada, la hermana de Molly se cuela entre nosotros y se presenta.

Carraspeo y me hago a un lado cuando empiezan a hablar.

Las siguientes horas me resultan rápidas y lentas a la vez, entre regalos, niños jugando y conversaciones.

Mis ojos persiguen a Elise por todos los rincones de la fiesta. Pero algo dentro de mí me impide dar el paso para acercarme.

—¿No vas a hablar con ella? —me pregunta Luke, que parece atento a todos mis movimientos—. Porque sé que nos aprecia mucho a todos y que seguramente quería conocer al niño, pero... dudo mucho que sea la única razón por la que ha venido.

—No sé cómo acercarme —reconozco.

—Tú hazlo y ya está.

Asiento y, cuando al cabo de unos minutos, veo a Elise entrando en la casa, me decido a seguirla.

La encuentro frente a la nevera, buscando algo en su interior.

Da un respingo cuando mis pasos la alertan de mi llegada. Me echa un vistazo y luego me da la espalda de nuevo.

—¿Todo bien? —pregunto.

—Sí. Molly me ha pedido que la ayude con la bebida.

Carraspeo levemente mientras la veo ponerse de puntillas para alcanzar algunas botellas.

Saca una de agua, otra de cerveza y un par de refrescos, pero tiene dificultades para cargar con todo y cerrar de nuevo la nevera.

Sin pensarlo, me acerco a ella y me sitúo detrás para coger algunas de las bebidas y, al hacerlo, nuestros cuerpos se rozan y la electricidad crepita entre los dos.

—Gracias —dice, mientras lo colocamos todo sobre la isla de la cocina.

Nos quedamos mirándonos a los ojos. Solo un segundo. Después, otro más. Y otro. Hasta que todo eso que nos acompaña desde el primer día hace tanto ruido que no lo podemos ignorar.

Rompo yo el silencio, con un carraspeo.

—Elise, yo... me gustaría que pudiéramos hablar.

—Hablar... ¿de qué?

—De nosotros.

Aparta la mirada.

Es solo un instante, pero ocurre.

—No sé si es buena idea.

—¿Por qué?

—Porque en realidad... nada ha cambiado. Y porque me da miedo.

—¿El qué te da miedo?

—Tú. Esto. Nosotros. ¿Es que tú no lo sientes?

Trago saliva. La chispa. La conexión. La tormenta de verano.

—Claro que lo siento —reconozco.

Ella se permite mostrarse un poco más vulnerable cuando dice:

—Me da miedo no poder controlarlo.

—Elise, yo...

De pronto, la conversación se interrumpe. Un temblor sacude el suelo. Es repentino, desconcertante.

La vibración bajo nuestros pies crece en intensidad. Algunos objetos empiezan a moverse en las baldas.

Elise y yo miramos a nuestro alrededor y luego el uno al otro.

—¿Qué está pasando? —pregunta ella con su rostro crispándose en una expresión de alerta.

—Parece un terremoto.

—¿Cómo?

La vibración aumenta en cuestión de segundos y la cocina se llena con el sonido de vasos, tazas y platos sonando unos contra otros, cada vez con más urgencia.

Se empiezan a oír gritos procedentes desde fuera. A través de la ventana, veo a Molly y Brian dando indicaciones a los invitados para ponerse a cubierto justo en el mismo instante en que un jarrón se precipita desde una estantería y golpea a Elise en el pómulo izquierdo.

—¡Au!

Me acerco hasta ella.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Ven aquí —le pido y nos situamos bajo la isla de la cocina, que intuyo que es el lugar más seguro de toda la estancia.

Elise parece aturdida por la situación. La vibración continúa, aunque va perdiendo intensidad poco a poco.

Aquí abajo no hay casi espacio, por lo que su cuerpo y el mío están prácticamente pegados.

—Necesitas ponerte hielo —le digo, examinando la zona en la que su piel se ha enrojecido por el golpe.

Elise me mira como si de pronto le costase respirar. No sé si es miedo por el terremoto o por lo cerca que estamos. A esta distancia, puedo contar las pequeñas pecas que cubren su nariz y también sus pestañas rebeldes.

Siento como si todo a nuestro alrededor hubiera desaparecido.

Mis dedos se detienen sobre la piel de su rostro. Trago saliva con dificultad.

—¿Te encuentras bien? —le pregunto.

—No lo sé —responde con sinceridad, y de nuevo no sé si se refiere al terremoto o a lo nuestro.

—Creo que ya ha pasado.

—¿Qué? ¿El qué?

—Lo peor. Del terremoto.

Elise inspira con brusquedad y es como si de repente se diera cuenta de que el suelo ya no tiembla.

Sus ojos se funden con los míos solo un segundo antes de que mi mirada baje hacia su boca.

La electricidad que nos une centellea con intensidad.

Si las cosas no fueran como son, ya la habría besado.

Algo me dice que ella está pensando exactamente lo mismo que yo.

Parece que nos acercamos. Sin que medie la razón. Solo el instinto. Mi nariz roza su nariz.

Después, la puerta de la casa se abre y ella se separa. O, quizá, ocurre al contrario: ella se separa y la puerta de la casa se abre en una sincronía perfecta.

La voz de Mark resuena desde el recibidor.

—¡¿Wes?! ¡¿Elise?!

—En la cocina.

Mark entra, acompañado de Brian, y nos encuentran agachados en el suelo.

—¿Estáis bien?

—Sí. Aunque Elise se ha hecho daño.

Después, todo pasa demasiado rápido. Brian revisa los desperfectos que se han producido en la cocina, Mark busca algo de hielo para Elise y yo accedo a mi móvil para consultar a través de fuentes oficiales el alcance de lo ocurrido: lo poco que se sabe por ahora es que ha sido un terremoto de magnitud leve que ha afectado a los condados de San Francisco y San Mateo.

De momento, no se han reportado fallecidos, aunque sí una decena de heridos.

Fuera de la casa, en el jardín, parece haberse desatado el caos.

Los invitados están pegados al teléfono, tratando de contactar con sus seres queridos y de conocer el estado de las carreteras. La mayoría de los adornos, platos y vasos que había sobre la mesa yacen ahora en el suelo.

Entre todos empezamos a recoger.

Al cabo de una hora, cuando las autoridades ya se han pronunciado y han mandado un mensaje de tranquilidad a la población, la gente que vive más cerca se anima a conducir de nuevo hacia su casa.

Es entonces cuando Elise, que lleva un rato en un rincón consultando el móvil, toma la palabra:

—Chicos, me marcho —anuncia.

Parpadeo unos segundos, fuera de juego.

—¿Cómo que te marchas?

—Al aeropuerto. Mi avión sale en un par de horas.

—Elise, no es seguro que te subas a un coche ahora. El aeropuerto está a veinte minutos.

Sé que sueno más brusco de lo normal. También sé que no es asunto mío, pero, joder, no puede irse sin más.

—He consultado el estado de la carretera. No hay retenciones ni signos graves de deterioro.

—Quizá hayan cancelado tu vuelo —comenta Molly, mirándome de reojo—. A veces ocurre. Puedes quedarte aquí si quieres. Hay sitio de sobra.

—No pone nada en la aplicación de la aerolínea —confirma ella y, después, en un tono que suena bastante rotundo, añade—: Además, tengo... tengo que irme.

La observo en silencio y me pregunto si está huyendo; si el momento de cercanía que hemos compartido antes, en la cocina, la habrá perturbado lo suficiente como para irse sin mirar atrás.

Me froto los ojos.

—Deja al menos que te lleve —le pido.

—Ya he llamado a un Uber. Llega enseguida.

Se encoge de hombros de una manera que me confunde, como si se disculpase por su decisión, pero no hubiera forma de hacerla cambiar de opinión.

Se despide de todos y, en cuestión de minutos, vemos un coche detenerse en la puerta de entrada.

Entonces, Elise camina hacia él.

Abre la puerta y el conductor arranca. Y yo me quedo quieto, como un idiota, viéndola marchar otra vez.

—¿De verdad vas a dejar las cosas así? —me pregunta Mark. O quizá es Luke. O quizá es la voz de mi conciencia, que suena sospechosamente parecida a la de mi hermano Marcus. Y me doy cuenta enseguida: necesito un plan B.