52. Elise
Elise
El pequeño jardín que hay en casa de Sam parece aislarnos del ruido de la ciudad.
Hablamos de todo lo sucedido la noche anterior. Del éxito de la película. De su maravillosa interpretación. De los cotilleos de la fiesta de después.
También hablamos de lo que me ocurrió a mí, del reencuentro con Wes que puso mi vida del revés sin previo aviso.
Aquí, en compañía de mi mejor amiga, me siento con la libertad suficiente como para elaborar mis ideas, ordenarlas, dejarlas salir sin miedo a ser juzgada.
Le cuento lo que sentí cuando Mark me dijo que Wes me esperaba. Lo que sentí al verlo. Lo que sentí cuando me bajé del coche.
—¿Vas a ir? —me pregunta Sam, refiriéndose a la fiesta del hijo de Molly y Brian, que tendrá lugar mañana por la tarde
—No lo sé.
—Venga ya. ¿No lo sabes? Porque yo sí.
—¿Ah, sí?
Estamos sentadas una frente a la otra bajo una sombrilla, con una limonada en la mano que nos ayuda a combatir el calor húmedo de Los Ángeles.
Miro a Sam, esperando a que dé una respuesta.
—Te lo vas a pensar hasta el último momento, pero irás.
Dejo escapar un suspiro.
No soy capaz de pensar en otra cosa que no sea en Wes desde que me despedí de él anoche.
En estos dos años no he dejado de hacerlo, pero había alcanzado un punto, tal vez algo nostálgico, en el que había aprendido a mirar nuestra historia como algo imposible; algo que nunca ocurrirá.
La posibilidad de que Wes se esté acercando al hombre que sé que puede llegar a ser hace que se tambaleen los muros que construí para protegerme de él.
—No es una buena idea —expreso en voz alta.
—¿Por qué? ¿Qué sentiste al verlo?
—Sigue ahí. Todo. Sin excepción. Lo bueno. Pero también lo malo.
—Ya.
Sam me mira en silencio, mientras tamborilea sus uñas contra el vaso.
Ella sabe lo que supuso Wes para mí: la sensación de encontrar un hogar, la decepción, lo que me costó resurgir de mis cenizas.
Pero también la ilusión, la magia, el sentir lo que es enamorarte de alguien que te atraviesa los cimientos.
—¿Dices que ha cambiado? —pregunta.
—Sí. Hay algo en él... diferente.
—¿Eso es lo que te da miedo? ¿Que por fin se esté convirtiendo en la persona que esperabas que fuera?
—No lo sé. Supongo. —Me froto la cara—. No debería haber bajado del coche de Mark.
—Pero bajaste. Y lo has visto. Y no lo puedes deshacer. —Ella me mira con ternura y añade—: Te conozco y no te quedarás con la duda.
—¿La duda de qué?
—De saber todo lo que os queda por deciros.