El verano que fuimos libres 51. Wes
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51. Wes

Wes

Después de dejar a Elise en casa de su amiga, reanudo la marcha del coche. Lo hago rápido, para evitar la tentación de quedarme ahí parado viendo cómo se va.

Suspiro mientras avanzo, no sé bien hacia dónde.

No quiero volver al hotel. Me conozco lo suficiente como para saber que esta noche no voy a poder dormir. Ni siquiera tengo sueño. Tengo el estómago lleno de dudas y el pulso recreando el ritmo de nuestra conversación.

Sin pensar mucho en lo que hago, introduzco la dirección de Santa Mónica en el navegador del coche.

A estas horas de la madrugada no hay mucho tráfico, por lo que tardo menos de media hora en llegar.

Dejo el coche en una zona donde no está permitido aparcar durante el día y después echo a andar, con un nudo en el pecho.

La temperatura es cálida y la brisa huele al principio del verano, al estallido de vida que emerge bajo las horas de sol y mar, y también a los recuerdos.

La feria de Santa Mónica se alza al final del paseo y siento que los detalles de aquellas horas se reproducen dentro de mi memoria, girando una y otra vez.

He pensado muy a menudo en este lugar y en todo lo que vivimos.

Pero estar aquí de nuevo me hace sentir como si estuviera viviéndolo otra vez.

O como si lo estuviera viendo desde fuera.

Veo a ese Wes y esa Elise que se cruzaron una noche de verano cinco años atrás.

Los veo a las afueras del recinto donde se celebraba el festival.

Dos desconocidos que se habían acercado el uno al otro, envueltos en una atracción que ni siquiera entendían.

Los veo hablando, conociéndose, sonriéndose.

Veo la magia, las estrellas en los ojos de Elise.

Veo a ese Wes respirar, siendo libre.

Elise me regaló unas horas para ser quien era de verdad.

«¿Por qué yo?», le pregunté. Y ahora, estando aquí, creo que por fin lo entiendo: porque solo con ella me permito ser.

Me froto los ojos y sigo caminando.

Acabo quitándome los zapatos y adentrándome en la arena. Me siento frente al mar y respiro, pero el nudo de nervios que se mueve en el espacio entre mi pecho y mi estómago no se calma.

Solo puedo pensar en aquellos meses que Elise pasó en San Francisco.

Pienso en todo lo que hice mal. En la manera en la que las raíces de lo nuestro se hundieron más y más en la tierra, a pesar de que la atmósfera que nos rodeaba impedía que la primavera brotara a nuestro alrededor.

Pienso en todo lo que ha ocurrido en estos dos años de distancia.

Pienso en esta noche: en su crecimiento personal y profesional. En la forma en la que me miraba: suave, cercana en la superficie; asustada, en modo alerta un poco más abajo.

Pierdo la vista en las olas oscuras que se balancean en el mar y, cuando el alba despunta en el horizonte, vuelvo al coche.

El reloj marca las seis de la mañana cuando estoy de regreso en Los Ángeles.

Recuerdo que Mark me dijo que volvería a casa temprano, así que me animo a llamarlo antes de volver al hotel.

—¿Estás despierto? —le pregunto cuando descuelga el teléfono.

—Me acabo de levantar.

—Te invito a desayunar.

Unos minutos después, me encuentro sentado frente a mi amigo, que da sorbos largos a una taza de café americano.

Yo tengo delante un plato de fruta, pero no he conseguido probar bocado.

—¿Cómo ha ido? —pregunta Mark, sin rodeos, refiriéndose a mi encuentro con Elise.

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—No ha ido mal, solo... —Me callo porque no sé cómo poner en palabras la sensación a medio camino entre la decepción y la euforia que siento dentro mí.

—Solo... que no has acabado la noche con ella.

—No era lo que pretendía. —Pongo los ojos en blanco.

—Ah, claro.

Parece que Mark no me cree. No es que no estuviera interesado en lo que él insinúa, sino que no me he atrevido a pensar más allá de lo prioritario.

Y, para mí, la prioridad era simplemente volver a verla.

Tan complejo y tan sencillo como eso.

—Ha crecido —digo en voz alta.

—Me he dado cuenta.

La sonrisilla canalla de Mark me hace poner los ojos en blanco de nuevo.

Sé a lo que se refiere: toda la sabiduría, la ligereza y la belleza que caracterizaban a Elise han cristalizado en una mujer de veintisiete años brillante, valiente e imponente.

—No me refería a eso, capullo. La veo... más ella. Más quien siempre ha sido. En San Francisco estaba gris, apagada. Ahora... ya no. No sé.

Me llevo una uva a la boca y los ojos de Mark se abren bajo el movimiento de sus dos cejas arqueadas.

—Sigues estando enamorado de ella hasta las trancas —sentencia y yo no tengo fuerzas para rebatir ni confirmar algo que, por otra parte, es evidente.

—Lo nuestro acabó. En realidad, ni siquiera empezó.

—¿Crees que vendrá al cumpleaños?

Lo pienso durante un segundo y una chispa prende mi pecho.

Recuerdo la expresión de sus ojos cuando la he invitado. Recuerdo ver en ellos ecos de aquella Elise que cogía lo que quería, que construía los recuerdos que deseaba guardar para siempre.

—Sí. Creo que sí.

—Entonces, el final aún no se ha escrito.