50. Elise #2
Lo miro sorprendida por que haya hecho algo así, a espaldas de su familia.
Las palabras se me escapan solas:
—Mark tenía razón.
Sus ojos se entrecierran levemente.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—Ya no eres la misma persona.
—¿Y eso es bueno o malo?
Yo le respondo con una mirada cargada de significado.
Durante un segundo, estoy tentada de pedirle que me lo cuente todo.
Quiero saber adónde han ido todas esas capas de las que parece haberse desprendido.
Quiero saber qué es lo que pesa más para él hoy, en su día a día.
Quiero saber a cuántos pasos está del hombre que sé que puede ser.
Quiero... Quiero muchas cosas.
Y ninguna me parece tan peligrosa como procesar la manera en la que me está mirando ahora mismo.
—Esto... esto es increíble, Wes —digo, y finjo que examino un pequeño panel que hay en el centro de la sala para poner algo de distancia—. De verdad.
—Lo sé. Todo el proyecto lo he hecho solo, con ayuda puntual de Luke. Para él también era importante que algo así saliera adelante.
—¿Puedo preguntarte algo? Sobre Luke.
—Claro. Dime.
—¿Él y Marcus...? ¿Eran pareja?
Wes parpadea unos instantes, sorprendido de que haya llegado a esa conclusión cuando es algo de lo que él nunca me ha hablado.
—No sé si alguna vez se pusieron esa etiqueta en concreto. Pero sí, se querían. De una manera profunda y compleja, que venía de años atrás, desde que eran adolescentes. Quizá antes.
—¿Estaban juntos?
—Para lo importante, sí. Para todo lo demás... es complicado. Eran familia.
—Pero no de sangre, ¿no?
—Eso no importa. Las connotaciones que lo suyo tenía en nuestro entorno eran peligrosas de cualquier forma. —Suspira, con la mirada perdida—. Pero no he visto a dos personas quererse de una forma tan sincera jamás. Tener a Luke en mi vida... es como seguir teniendo al lado una parte de Marcus.
Asiento despacio. Durante el tiempo que viví en San Francisco, siempre sentí que el vínculo que unía a Wes con Luke era profundo y bello de un modo que no lograba descifrar con exactitud.
—¿Él no ha vuelto a salir con nadie? —indago y, para mi sorpresa, le toma algo más de tiempo contestar a esta pregunta.
—No. Pienso que algún día conocerá a alguien con quien le apetezca construir una vida en común.
Pero también pienso que nunca volverá a querer como quiso a mi hermano.
—Se encoge de hombros unos instantes y, de pronto, su mirada está completamente fija en la mía—.
Hay amores que se nos meten dentro y que lo cambian todo, como si alteraran la estructura de algo que te sucede a un nivel muy profundo.
Hay quien piensa que es una maldición. Yo creo que querer así a una persona. .. es un privilegio. Aunque duela.
La rotundidad de su declaración me pilla con la guardia baja.
Las últimas palabras parecen resonar en el espacio donde nos encontramos y se cuelan por todos los rincones de mi cuerpo: por mis oídos, cuando llegan hasta mí; por mi nariz, cuando inspiro; por mi boca, cuando cojo aire de nuevo.
Sé perfectamente de lo que habla porque lo que yo sentí por él desde el primer día encaja en esa definición. Pero no estoy de acuerdo con lo que ha dicho: para mí, es una condena.
Con sus ojos aún fijos en los míos, me doy cuenta de lo fácil que sería dejarme arrastrar por esta corriente que sigue existiendo entre nosotros.
Y me aterra que algo así ocurra. Porque en el fondo temo que nada haya cambiado.
Echo un vistazo a mi alrededor y siento la necesidad de salir de aquí para poder respirar mejor.
—Gracias por traerme, Wes. Ahora... me gustaría volver a casa de Sam.
—Elise, yo... —Se acerca levemente, pero doy un paso atrás.
—Por favor.
Wes no dice nada, solo suspira, y después cede.
—Está bien.
El trayecto de vuelta no es demasiado largo, aunque la densidad que se respira dentro del coche hace que se vuelva difícil.
Mientras nos deslizamos por las carreteras que cruzan la ciudad de Los Ángeles, no puedo evitar preguntarme qué sentido ha tenido este encuentro. Siento que hemos abierto de nuevo una herida que nunca ha dejado de sangrar, pero que no nos hemos atrevido a mirarla de verdad, a enfrentarnos a ella.
No hemos compartido ningún recuerdo porque ambos sabemos que no podemos permitírnoslo.
No me he atrevido a preguntarle qué pasó con Laurie.
Sentada aquí, junto a él, estoy más incómoda que todas las veces que me subí en la parte trasera de su coche, con otra persona al volante, ocultándonos de la realidad que nos envolvía.
Para el momento en que se detiene en la puerta de la casa de Sam, mi estómago está plagado de sensaciones que se han enredado entre ellas hasta que no sé dónde acaba una y dónde empieza la siguiente: la culpa, el anhelo, la rabia, la nostalgia, el deseo.
Lo miro cuando pone los intermitentes.
La atmósfera dentro del coche está cargada de una electricidad tensa que nos envuelve y no nos deja respirar.
Quiero alejarme de él. Quiero quedarme muy cerca. Y, de alguna manera, Wes encuentra el modo de colarse a través del vértice que une las dos cosas.
—Molly y Brian celebran el primer cumpleaños de su hijo pasado mañana. Les gustaría que vinieras.
—¿Cómo? —Parpadeo, algo aturdida.
—Es a las afueras de San Francisco, en su casa. Les dije que quizá te vería esta noche y... me pidieron que te invitara en su nombre.
—No sé qué decir...
—No quiero presionarte, pero... todos tienen ganas de verte. Molly y Brian están deseando que conozcas a su hijo.
—Eso es un golpe bajo —digo con una sonrisa tímida.
—Lo sé. Y también cobarde.
—¿Cobarde?
—Es una excusa para no decirte claramente que nadie tendrá más ganas de verte llegar que yo.
Deja escapar el aire en un suspiro prolongado y yo me quedo sin respiración durante unos instantes.
—No tienes que contestarme ahora —dice—. Solo... Piénsatelo.
Asiento lentamente.
No lo retraso más: abro la puerta y salgo del coche.
—Adiós, Wes —susurro.
Él solo suspira cuando dice:
—Buenas noches, Elise.