50. Elise
Elise
Quisiera decir que todo se vuelve más fácil tras un par de tragos de vino, pero no es así. Sigo sin creerme que esto esté pasando. Sigo sin creerme que Wes esté delante de mí.
Dicen que cualquier cosa es posible cuando pones un pie en Los Ángeles...
Supongo que hay algo de verdad en eso, porque lo miro y me parece increíble que un día que empezó sin grandes expectativas haya culminado en este reencuentro.
Sus ojos, que me miran y me escuchan.
Los míos, que tiemblan y esperan.
—Perdona —me dice al cabo de un rato, algo avergonzado.
—¿Por qué?
—No sé. Siento que no paro de hacerte preguntas. Parece una entrevista. —Carraspea con una sonrisa—. Tú también puedes preguntar lo que quieras.
Desde que nos trajeron las bebidas, le he estado contando por encima lo que ha sido mi vida durante estos dos años.
Mi ritmo de trabajo, la decisión de especializarme en cultura y sociedad internacional, dando siempre un toque personal a las historias que cuento, las noticias que cubrí, los retos...
En este momento, me resulta mucho más fácil moverme en un nivel superficial que adentrarme en otro más profundo.
—No te preocupes —lo tranquilizo—. Lo prefiero así
—¿No hay nada que quieras saber?
Sus cejas se alzan y es entonces cuando la sensación escurridiza que nos sobrevuela desde hace unos minutos aterriza frente a mí.
Y es que Wes parece más ligero. Como si se hubiera deshecho de alguna de las capas que lo envolvían y que le limitaban la libertad de movimiento.
—No es eso. Es... complicado.
—Ya. Lo entiendo. Las cosas quedaron... en un punto extraño.
Asiente para sí mismo y sé lo que está pensando.
La última vez que nos vimos, las cartas, las de los dos, quedaron sobre la mesa.
Yo me había enamorado de él, aunque iba a casarse con otra.
Él decía que me quería, pero no se atrevía a poner lo que sentía en primer lugar.
La sensación que se me quedó al marcharme era que yo no era suficiente. Que, si Wes estaba cerca, siempre estaría en peligro.
Porque yo quería que él fuera mi casa. Pero ¿quién en su sano juicio construiría un hogar en un lugar lleno de grietas, con cimientos de papel, temiendo a cada segundo que todo fuese a venirse abajo?
Cuando volvemos a mirarnos, siento que Wes tiene acceso a mis pensamientos.
Que puede leer en mis ojos el dolor que se quedó pegado a mis huesos tras aceptar que lo nuestro no era posible.
Al instante, el ambiente entre los dos se enrarece y me doy cuenta de que no estaba preparada para esto.
Quizá si hubiera tenido algunas horas para hacerme a la idea sería más fácil controlar todas las sensaciones que van despertando poco a poco dentro de mí.
Y también para plantearme qué hago aquí realmente.
¿Qué espero conseguir estando frente a él de nuevo?
—¿Hasta cuándo te quedas? —pregunta Wes, desviando el tema.
—Unos días más. Hasta el fin de semana.
—¿Estás de vacaciones?
—Más bien, pausa entre proyectos.
—¿No vas a volver a Canadá? —Arruga la frente.
—No.
—¿No?
—Tengo... tengo un nuevo proyecto. En Nueva York.
Sus ojos vuelven a observarme y siento que hace un esfuerzo por contener todas las preguntas que le surgen.
Su mirada es clara mientras me mira y, por un momento, me siento vulnerable. Desnuda. Como si pudiera ver todo lo que guardo.
Entonces pregunta:
—¿Te apetecería acompañarme a un sitio?
La mirada que me dedica me pone nerviosa. Y aunque trato de que mi tono suene ligero, las palabras se me escapan con más brusquedad de la esperada cuando le respondo.
—¿A qué sitio?
Un camarero se acerca justo en ese instante y se ofrece a reponer nuestras bebidas.
Wes declina el ofrecimiento y yo hago lo mismo. Lo último que necesito es seguir bebiendo.
A nuestro alrededor la música continúa sonando con intensidad y cada vez hay más personas que se animan a sumarse a la pista de baile.
—Aún no me has dicho a qué sitio quieres que te acompañe.
—Era solo una sugerencia. No estás obligada a nada.
—No estarás pensando... —Guardo silencio, abrumada de pronto.
—¿En qué?
—En llevarme a tu casa.
Wes alza de nuevo las cejas, sorprendido.
—No tengo casa en Los Ángeles. Estoy en un hotel. Pero no, no era eso lo que tenía en mente.
No parece molesto. Pero me doy cuenta de que mi comentario ha estado fuera de lugar.
—Lo siento —digo—. Esto es tan raro... Sigo un poco nerviosa.
Él continúa mirándome, sin mostrar ninguna expresión concreta, solo... como si estuviera tratando de descifrarme.
—Me gustaría que vinieras conmigo a la universidad.
—¿A la universidad? ¿Por qué?
—Quiero enseñarte el proyecto más importante al que me he dedicado estos años.
Y quizá sea la manera en la que lo dice, un poco tenso, un poco vulnerable.
O tal vez la forma en la que sus ojos se han iluminado.
O que hay algo en su expresión que me ha recordado al chico que conocí.
No hace dos años, en San Francisco, sino al auténtico, con el que me crucé una noche en la playa de Santa Mónica y que después desapareció del mapa.
No sé exactamente por qué sucede, pero antes de pararme a pensar si es una buena idea, me encuentro a mí misma asintiendo.
—De acuerdo —susurro.
En cuestión de segundos, Wes y yo pagamos la cuenta y nos dirigimos hacia la salida del recinto.
Una vez fuera, me indica con un gesto que me suba a su coche; un modelo deportivo, de color azul marino, que nunca habría asociado con él.
Mientras se incorpora al tráfico, le pregunto por Kellan; y él, con una sonrisa sincera, me cuenta que se ha tomado unas semanas de vacaciones para disfrutar de sus nietos.
Hay muchas más cosas que quiero preguntarle. Quiero saber cómo está Luke, qué tal van las cosas con sus hermanos, si ha conseguido perdonarse a sí mismo..., pero no lo hago. Lo complicaría todo.
—Entraremos por aquí —anuncia después de veinte minutos de trayecto, en los que hemos estado prácticamente sumidos en nuestros propios pensamientos.
Podría decir que me sorprende verlo introducir una tarjeta para cruzar la barrera que da acceso a un garaje privado de la Universidad de California, campus de Los Ángeles, pero no es así.
Es Wesley James y, a veces, parece que cualquier cosa está a su alcance.
Cuando bajamos del coche, me quedo unos segundos sobrecogida por la inmensidad del campus, que en realidad es una especie de ciudad universitaria, amplia y verde.
A pesar de que estamos cerca de la medianoche, se ven grupos de estudiantes deambulando por los espacios comunes.
A nuestro alrededor, se vislumbran zonas ajardinadas, instalaciones deportivas y edificios imponentes que acogen las diferentes disciplinas que se imparten aquí.
—Nunca había estado —digo—. No me esperaba que fuera tan grande.
Mientras avanzamos por un sendero iluminado, Wes me cuenta que actualmente el recinto consta de más de ciento sesenta edificios y que este es uno de los campus que más se usa como escenario de películas.
—Mira. Aquí. Ya hemos llegado.
Después de un trayecto de más de diez minutos, nos detenemos frente a un edificio que se alza frente a un pequeño lago.
Wes mira en su interior, como si quisiera comprobar algo.
A continuación, saca una tarjeta del bolsillo de su pantalón y la pasa frente a un lector.
—¿Estás seguro de que podemos...? —Dejo la pregunta a medias cuando me recuerdo de nuevo que este hombre reservó el planetario de San Francisco un día cualquiera, solo para pasar un rato a solas conmigo.
—Ven. Por aquí.
Lo sigo por el interior del edificio, observando los pósteres que cubren las paredes y los letreros que cuelgan de las puertas cerradas.
L ABORATORIO.
A ULA DE INFORMÁTICA.
B IBLIOTECA.
S ALA POLIVALENTE .
Finalmente, Wes se para frente a una puerta cerrada situada al final de un largo pasillo.
Cuando la abre, tarda unos segundos en encontrar el interruptor para darle a la luz.
En el momento en el que el tubo fluorescente ilumina la estancia, veo un rótulo sobre la pizarra en el que puede leerse: P ROGRAMA M ARCUS J AMES .
Siento como si un puño invisible me apretara los pulmones.
Me muevo por todo este espacio, tratando de asimilar lo que veo.
Mesas redondas para albergar grupos de trabajo. Una cabina en la que pone : Z ONA EXPERIMENTAL. Taquillas. Algo que parece un pequeño invernadero.
—Wes, ¿qué...? —empiezo a preguntar.
Él toma aire y durante unos segundos me parece que luce más vulnerable de lo que nunca lo he visto.
—Mi hermano estudió en esta universidad.
Estaba muy comprometido con el medioambiente y el planeta.
Ya lo sabes. Uno de los sueños que tenía era hacer algo como eso: potenciar a nivel académico a aquellas personas que tuvieran un interés real por mejorar las cosas, sin importar los recursos de los que dispusiesen.
Quiero hacer realidad ese sueño. Por él.
Por su recuerdo. Aún estamos trabajando en ello.
Mi idea es poder lanzar el programa el año que viene.
Comparte conmigo los detalles: los criterios de inclusión, los medios que se destinarían a la investigación, el plan de incluir proyectos de sostenibilidad y la posibilidad de presentarlos a empresas a la espera de que alguna de ellas quiera implementarlos dentro de su política medioambiental.
Lo escucho mientras habla. Lo hace con algo de timidez al principio y con una pasión que va en aumento a medida que habla y habla.
Es un proyecto ambicioso pero bonito, que puede tener un impacto real.
—¿Quién lo finanza? —pregunto—. ¿Allensyr?
—La universidad. Y yo.
—¿Tú?
—Sí. Los fondos iniciales salen de mi propio capital. Meterme en esto supone problemas con mi familia, especialmente con mi padre y con Damien.
—El nuevo director general —apunto, para hacerle saber que estoy al tanto de ciertos aspectos de la compañía.
—Eso. —Suspira un segundo, pero su atención vuelve a mí de nuevo—. Ya sabes que la muerte de Marcus fue muy controvertida. Este movimiento también lo es. De momento he conseguido ocultárselo, pero no sé cómo reaccionarán el día que se enteren.