El verano que fuimos libres 49. Wes
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49. Wes

Wes

Aún no me puedo creer que esté aquí, haciendo esto.

Hace solo cuarenta y ocho horas, recibí una llamada que no esperaba. Era Mark. Me contaba que estaba en Los Ángeles. Que había viajado hacia allí de manera imprevista. Que había estado con Elise.

Fue como si dentro de mí explotara la granada invisible que llevaba atada a mi pecho sin saberlo.

«La he visto. No ha preguntado por ti. Pero tampoco ha hecho falta para saber que aún sigues metido en su cabeza. Ya sé que ha pasado mucho tiempo, pero... he tenido una idea».

Intenté permanecer impasible, fingir que no me afectaba lo que me estaba contando, pero no hubo manera de engañar a Mark.

Mis amigos siempre dicen: «Lo que más te importa es de lo que menos hablas. Es como si temieras que la gente conozca tu punto débil».

Y sé que es verdad. Igual que sabía que, si no aceptaba la oportunidad que Mark me estaba poniendo delante, iba a arrepentirme siempre.

Y ya cargo con demasiados arrepentimientos, muchos de ellos con el nombre de la persona a la que espero ver aparecer en los próximos minutos, como para sumar uno más.

Sin pensarlo mucho, metí cuatro cosas en una maleta y acabé conduciendo hasta Los Ángeles.

—¿Quiere tomar algo más, señor? —Un camarero se me acerca de pronto ofreciéndome champán.

Le digo que no con una sonrisa y le señalo el botellín de cerveza que sostengo entre los dedos.

Doy un trago. Me sudan el cuello y las manos.

Es una noche cálida y el nerviosismo acentúa esa sensación de calor que se expande por dentro de mí, como lava.

Miro a mi alrededor.

El lugar donde me encuentro se halla frente a una playa amplia y serena, rodeado de palmeras altas y vegetación tropical integrada en el espacio.

Todo aquí transmite exclusividad: terrazas abiertas al horizonte, camas balinesas mirando al mar y un paisaje costero limpio, despejado y bañado por una iluminación que realza todos los detalles.

La música es suave, en consonancia con el entorno.

No es el lugar que hubiera elegido yo para reencontrarme con Elise, pero quizá un terreno neutro, que no podamos asociar con ningún recuerdo, sea lo más indicado.

Echo un vistazo a mi móvil. Hace más de una hora que Mark me avisó de que subían al coche.

Durante un instante, pienso que ella se ha echado para atrás.

No podría culparla si lo hace. Han pasado dos malditos años.

Suspiro y pienso qué voy a hacer con todas las sensaciones que campan dentro de mí si no aparece.

Los nervios. La expectación. La tímida ilusión burbujeando en mi estómago.

Pierdo la vista en el océano que se extiende frente a mí durante un largo rato. Intento respirar despacio. Pido otra cerveza.

Cuando vuelvo a mirar el reloj, la esperanza empieza a diluirse.

Pero, entonces, el sillón que tengo enfrente es ocupado de pronto y mis costillas se encogen ante el ritmo frenético de mi corazón.

—Hola, Wes.

Miro hacia ahí, hacia el lugar de donde viene la voz, y siento que el mundo gira un poco más deprisa.

—Elise...

Mi voz vibra a duras penas sobre mis cuerdas vocales.

Elise está frente a mí después de dos años de ausencia que mi cerebro ha rellenado con ideas sobre cómo estaría, si sería feliz, si me habría olvidado...

Pero no estaba preparado para esto. Para tenerla delante y comprobar que es la misma persona, pero que, a la vez, es otra totalmente distinta. Una más curtida, más segura de sí misma, más sabia.

Su mirada de plata centellea como lo hace en mi memoria cada vez que cierro los ojos.

Lleva un vestido impresionante. Rojo. Brillante. Como ella. Está preciosa. Luce como una estrella de Hollywood y me hace pensar en lo lejos que me ha parecido siempre de mi alcance.

Mis palabras se han quedado suspendidas en algún lugar entre la garganta y el paladar, por lo que es ella la que finalmente habla:

—¿Por qué me miras así? —pregunta—. ¿Pensabas que no bajaría del coche?

—La verdad era que no sabía qué esperar... —reconozco, pasándome las manos por el pelo con rapidez.

—Ha sido un impulso. No me esperaba... esto. Igual si hubiera tenido tiempo para pensarlo...

—Ya. Claro. Lo entiendo.

Carraspeo, incómodo.

Hasta este momento no me permito asimilar lo que supone tenerla delante.

Creo que no había querido contemplarlo como una posibilidad real por miedo a no verla aparecer. Una parte de mí sabe que no habría sabido manejar la decepción si me hubiera quedado aquí, simplemente esperando.

Pero la realidad es que aquí está y, de pronto, un montón de detalles que guardaba en mi memoria empiezan a amontonarse en mi cabeza: la forma exacta de su nariz, el pequeño lunar en su mandíbula, la manera en la que deja escapar las palabras, como si las acompañara una melodía, el arco que forman sus cejas cuando parecen dispuestas a hablar por ella; como en este momento, que se alzan con cierta complicidad para señalar que llevo un rato mirándola en silencio, mucho más fijamente de lo adecuado.

—Perdona. —Me froto de nuevo la cara—. Es que aún no me lo creo.

—Ya... Yo tampoco.

—¿Cómo te trata la vida? —me animo a preguntar, solamente por decir algo y no seguir callado como un auténtico idiota.

Elise rompe en una carcajada en la que parece que suelta parte de la tensión que envuelve este instante.

Sin poder evitar contagiarme levemente de esa risa, le pregunto:

—¿De qué te ríes?

—Es una pregunta demasiado «rompamos el hielo».

—Es que hace dos años que no nos vemos. Romper el hielo es lo mínimo. —Sonrío.

—Supongo.

La observo unos segundos. Y recuerdo la primera noche que pasamos juntos y la manera en la que empezamos a conocernos, como si formara parte de un juego.

—¿Qué pregunta crees tú que es la adecuada en esta ocasión?

—No sé. Algo como: ¿qué has hecho hoy?

Se encoge de hombros y ese gesto tan inocente me hace sentir como si tuviera a la Elise de aquella noche de verano frente a mí.

—¿Qué he hecho...? Vale. Pues... hoy ha sido un día normal, ya sabes, algo de ejercicio, trabajo y esas cosas.

Solo que después he cogido el coche y he conducido seis horas hasta aquí y me he pasado un buen rato en mi habitación de hotel convenciéndome de que esto era una buena idea y no una manera de abrir de nuevo una herida que tardó mucho en dejar de doler.

Elise apenas pestañea mientras asimila todo: la parte de mi rutina y la otra, donde he dejado entrever el daño que me produjo verla marchar.

—¿Puedo preguntar yo ahora? —indago, con tiento; hay muchas cosas que quiero saber, pero no sé cuánto puedo gestionar en una sola noche.

—Vale.

Me mira en silencio, a la espera de que tome la iniciativa.

—Ahora que tienes el trabajo que siempre quisiste, ¿qué sueños te quedan por cumplir?

Elise sonríe al darse cuenta de que he seguido su trayectoria profesional. Después, vacila un instante antes de responder:

—Quiero echar raíces y construir mi propio hogar.

Asiento despacio, en un gesto parecido al que ella ha hecho antes, y todo vuelve, como una cascada de recuerdos en los que nos veo a Elise y a mí cuando pasábamos horas hablando mientras el resto del mundo permanecía ajeno a nuestros encuentros.

Siempre escondidos de la realidad, siempre con esa sensación de que lo que hacíamos no era correcto.

Hablamos hasta aprendernos por dentro. Quizá por eso dolió tanto cuando se terminó.

No solo porque perdí a alguien con quien podía hablar de cualquier cosa, sin miedo, sino porque la única persona que lo sabía todo de mí no se quedó a mi lado.

Saber que el único culpable de que lo que ocurrió fui yo mismo todavía hoy me quita el sueño.

Y, aunque respeto que se pusiera por delante a sí misma, no puedo negar que verla marchar abrió una herida que se sumó a la colección que me quita el sueño cada noche.

Quizá por ello estar frente a ella me hace sentir en carne viva en un sentido peligroso, y eso antes no estaba aquí, entre los dos.

Soy consciente de que no puedo dejar de mirarla. Ella también me mira a mí, con cautela y con algo más que se guarece al fondo, detrás de sus pupilas.

Siento que tenemos muchas cosas que hablar. Hay tanto que me gustaría explicarle...

Me paso las manos por los pantalones, en un intento de calmarme un poco.

Solo podemos empezar por el principio.

Por eso me armo de valor y acabo preguntando:

—¿Puedo invitarte a una copa?

Ella sonríe despacio al decir:

—Sí. Puedes.