48. Elise
Elise
Dos días después de nuestra comida en Little Tokyo, Mark me recoge en casa de Sam para acompañarme al estreno de la película.
Él nunca ha estado en un evento de Hollywood y yo quería a alguien de confianza con quien poder escaparme cuando el ruido y los flashes empiecen a incomodarme.
—Estás radiante —me dice cuando me ve llegar y me abre la puerta de su coche, metido en su papel de perfecto galán—. La gente no dejará de mirarme y pensar que soy un capullo con suerte.
—Eres tonto. —Me carcajeo.
Mark conduce con calma por la autopista de camino al teatro donde se proyectará la película mientras en la radio suena una canción de The Killers.
—Entonces, ¿de qué va la película? —me pregunta.
—De una chica que vuelve a casa tras muchos años para ir a la boda del amor de su vida, que se casa con otra mujer.
—¿Eso no es una película de los noventa en la que sale Julia Roberts?
—La historia no va de ellos. En la boda, ella se cruza con el hermano de él y acaban enamorándose.
—¡Oye! Eso es espóiler, ¿no?
—Aún no te he dicho con qué hermano acaba.
—No me lo digas. No quiero saberlo.
Accedemos a Hollywood Boulevard en cuestión de veinte minutos. Nada más llegar, un aparcacoches nos indica dónde debemos parar y coge las llaves de Mark para que nosotros podamos entrar en el recinto con calma.
He estado en unos cuantos estrenos de este tipo, sobre todo durante la época en la que salía con Jake, pero siempre hay unos segundos, al principio, durante los que me siento sobrecogida.
Tantas cámaras, tanta gente, tanta atención me parece algo irreal.
Una vez dentro del teatro, localizo a Martin, el asistente de Sam, y nos lleva por un pasillo para que pueda desearle suerte antes de su gran noche.
Mark, a mi lado, parece completamente deslumbrado por todo: el lujo, el protocolo, los rostros conocidos que nos vamos cruzando y también con mi amiga, cuando la tiene delante con su vestido dorado y su sonrisa luminosa.
—Encantado —le dice él y su voz vibra de manera intensa.
—Encantada —repite ella, mirándolo de arriba abajo.
Siento que rompo un momento entre los dos cuando retomo la palabra para desearle que todo salga como espera.
Tras abrazarla y decirle adiós, Martin nos conduce de nuevo hacia el hall de la entrada.
—¿Han saltado chispas o me lo ha parecido? —le pregunto a Mark con una sonrisita, refiriéndome a su encuentro con Sam.
—Han saltado. Suelo tener ese efecto.
Me echo a reír por esa actitud canalla tan típica de él.
Un rato más tarde, tomamos asiento en el patio de butacas y disfrutamos de la proyección de la película, en la que Sam ofrece una interpretación increíble de una de las hermanas de la protagonista.
Sé que no voy a poder verla en lo que queda de noche, así que le mando un mensaje para decirle lo orgullosa que estoy de ella.
Apenas tarda un minuto en responder.
Sam: Gracias por estar hoy. Por estar siempre.
Suspiro, agradecida por todo lo que nos une.
A mi lado, Mark carraspea, llamando mi atención.
Al volver a mirarlo, tengo la impresión de que su pose desenfadada ha sido reemplazada por otra un poco más seria y profunda.
—Te propongo un plan —dice—. Tú, yo, un paseo en coche.
—¿Insinúas que me pierda la fiesta con los actores del momento y un montón de gente entrometida? —le pregunto con las cejas alzadas.
—Eso insinúo, sí.
—Pues soy toda tuya.
Asiente, despacio, con una expresión casi solemne.
En cuanto tenemos oportunidad, nos escapamos del teatro, esquivando a periodistas y ojos curiosos.
Recuperamos las llaves de Mark y, antes de que me dé cuenta, avanzamos por la carretera.
La música suena y, aunque el ambiente en el interior del coche es cómodo, Mark no se muestra muy comunicativo, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos.
Por la ventanilla, la ciudad de Los Ángeles se extiende como un óleo de luces y sombras. Las estrellas no brillan, pero el cielo está despejado.
Cuando por fin nos detenemos, lo hacemos frente a un recinto iluminado, flanqueado por una carpa blanca plagada de bombillas y enredaderas. Dentro parece estar celebrándose una fiesta. Suena música y se ve a gente moviéndose, contenta, despreocupada.
La atmósfera que se percibe parece una invitación a formar parte de ello.
Me giro hacia Mark, que parece tenso de pronto.
—Guau. Este sitio es espectacular. ¿Lo conocías?
—Algo así.
Sonrío y poso la mano sobre el tirador.
—¿Vamos? —le pregunto.
—Espera, Elise. Antes de que salgas del coche... tenemos que hablar.
Hay algo en su tono que me pone alerta. Me giro hacia él y veo el movimiento indeciso de sus ojos, que se pasean por mi rostro con algo parecido a la culpabilidad.
—¿Qué pasa?
—Antes de nada, quiero que sepas que esto... ha sido idea mía.
—¿Qué? ¿El qué? Me estás asustando.
Mark toma aire y después, con ademán vacilante, retoma la palabra:
—Sé que has dicho que no querías hablar de Wes y que él intenta mantenerse alejado de ti desde que te fuiste de San Francisco. Para él, era importante cumplir con su palabra.
Frunzo el ceño mientras noto mi corazón cobrando vida en el pecho.
Es la mención de su nombre y también un presentimiento que me araña desde dentro.
—Lo ha hecho —le aseguro—. Ha cumplido.
—Sí. Pero soy un capullo entrometido y el otro día me pareció... eso. Que aún pensabas en él.
El mundo parece detenerse en el interior del coche.
—Mark... —Siento el pulso de pronto latiendo con furia en mi garganta.
—Él también piensa en ti. Piensa en todo lo que hizo mal y creo que... sería bueno para él... para los dos... que estuvierais nuevamente cara a cara.
Mark dirige la mirada hacia el recinto iluminado. A continuación, se queda callado y deja que el silencio que nos envuelve se convierta en un espacio de encuentro con mis propias dudas.
Siento que me empiezo a marear. Lo último que pensaba cuando Mark ha venido a recogerme es que algo así fuera a ocurrir.
Volver a ver a Wes es un escenario que no me he permitido contemplar en los últimos dos años. Y, de repente, la posibilidad está aquí, delante de mí, al alcance de mi mano.
—Mark, ¿me estás queriendo decir que si bajo del coche y entro en ese sitio... me encontraré con Wes?
—Sí. Pero es tu elección hacerlo o no.
Cierro los ojos y trato de no dejarme vencer por el remolino de sensaciones que ha despertado en mí. Es como si todo hubiera vuelto de golpe. La decepción, la tristeza y la rabia que sentí cuando lo nuestro alcanzó un punto de no retorno y yo tuve que tomar la decisión de marcharme.
Tardé meses en recuperarme de aquello y de separar todo lo que estaba sintiendo para identificar de dónde salía cada emoción: la tristeza, por lo que nunca llegaríamos a ser; la decepción, con él; la rabia, contra mí misma por haberme metido en aquello.
Cuando abro los ojos, miro a Mark.
—¿Él sabe que estoy aquí?
—Sí. Aunque tampoco ha sido fácil convencerlo de que viniera.
—Pero...
—Lo sabes, ¿verdad? Que nunca llegó a casarse con Laurie.
Asiento despacio. Lo supe por Molly, aunque no quise indagar en el tema. Laurie fue un obstáculo en nuestra historia, pero sé que en el fondo solo era la punta del iceberg.
—No sé si...
Me callo de nuevo y Mark me sonríe con ternura.
—Respira, Elise.
—¿Por qué? —le pregunto y supongo que Mark puede leer todas las preguntas que abarca ese «por qué». Por qué lo has hecho, por qué ahora, por qué crees que esto puede aportar algo bueno a dos personas que han intentado olvidarse.
—Ha tenido unos años difíciles —responde—. Ya no es la persona que era.
—¿Y eso qué quiere decir?
Mark hace un movimiento negativo con la cabeza.
—La decisión de bajar es solo tuya, Elise. Pero yo no puedo contestar a tus preguntas por él.
Trago saliva mientras dirijo la mirada hacia el otro lado de la carretera.
La luz que proviene de ahí se funde con los últimos colores del día.
Vuelvo a mirar a las personas cuyo movimiento se intuye en el interior. Y pienso que allí está él. Que una de esas siluetas que se recortan al trasluz es la suya.
Y los recuerdos vienen a mí: la primera noche, la espera lacerante de la que decidí escapar y todo a lo que renuncié por el camino.