47. Wes
Wes
Nada más tomar asiento, empiezo a hablar.
La consulta de Caroline huele como siempre, a lavanda, y ese detalle me reconforta.
—He tenido un sueño —le digo—. De esos... asfixiantes.
—¿De qué iba el sueño?
—Estaba encerrado en una casa. En una casa abandonada, sin ventanas, sin luz.
Ella asiente, observándome.
—¿Y qué hacías?
—Estaba tumbado sobre la madera fría del suelo. Y miraba al techo. Había una lámpara de esas que cuelgan y no dejaba de dar vueltas y vueltas.
—¿Como una noria?
Mi mente se queda en blanco unos segundos.
Como si algunos cables hubieran conectado de pronto y se hubiera producido una sobrecarga en mi red neuronal.
En el destello resultante, lo veo: la noria que gira sin cesar en la feria junto a la playa de Santa Mónica.
—Exacto —digo finalmente, pero el tiempo que me lleva dar una respuesta llama la atención de Caroline.
—¿Por qué te has quedado callado? ¿Tiene algún significado para ti?
Asiento despacio.
—Uno muy lejano.
No quiero ahondar en el tema y ella lo percibe. No me presiona. Eso es algo que me gusta de la relación que tenemos. Respeta mis tiempos, mi proceso, mis resistencias.
Con esa habilidad para redirigir la conversación que la caracteriza, continúa con su exploración.
—Quitando el sueño de la otra noche, ¿qué tal estás durmiendo, Wes?
—Va a rachas. Pero, en general, bastante mejor que en los últimos dos años.
—¿Has tenido más ataques de pánico?
—No. No desde...
—Desde la pelea con tus padres.
Asiento. Hace ya varios meses de eso.
Cuando Gus decidió entrar en política, hubo una reorganización de la dirección de la empresa.
Fueron tiempos oscuros, en los que explotaron todas las tensiones entre Damien y Helena hasta un punto de no retorno y yo supe que no quería formar parte de ello.
Lo tenía tan claro que fue la primera vez en mucho tiempo que dije «no» a algo con Allensyr.
Mis padres intervinieron, recordándome que no mostrar un frente familiar unido podía acabar con todo lo que había logrado nuestra familia, mientras hacían hincapié en que apoyar la nueva estructura de la compañía y la carrera política de mi hermano era crucial para el futuro de todos.
Nuestra relación se vio afectada cuando me mantuve firme en mi postura: si me quedaba en la empresa, tendría que ser bajo mis propios términos.
Mis padres vivieron mi decisión como una traición. Aún lo hacen. Desde aquel suceso, no hemos recuperado la normalidad.
—Sé que está siendo difícil, pero lo estás haciendo bien.
—A veces pienso que no lo suficiente —reconozco.
—Comprendo que esa sea tu percepción, pero no deberías ser tan duro contigo mismo. En el último año has tomado muchas decisiones difíciles que implicaban contradecir al Wes que otros esperan que seas.
—Lo sé.
Caroline sonríe de manera conciliadora y la tensión en mi pecho se afloja.
Sé que estoy avanzando en la dirección correcta, pero aún siento que el camino que recorro y el que me gustaría alcanzar están a demasiada distancia.
La sesión continúa. Caroline confirma que sigo tomando la medicación, tal y como la pautamos en sesiones anteriores, y va realizando preguntas que parecen no estar relacionadas entre sí, pero que acaban llevándome a un punto clave como por arte de magia.
—¿Y qué tal con tus hermanos?
—Distante con Gus y Damien, salvo por temas concretos de trabajo.
—¿Y tu hermana Helena?
—Creo que está perdiendo la cabeza con todo el tema de Damien. Acude a mí de vez en cuando para desahogarse, pero intento mantener la conversación a raya todo lo que puedo.
—Eso es genial.
—Sí, sí. Estoy en ello.
—Sé que te cuesta, Wes. Pero recuerda lo que hemos hablado: el Wes complaciente, que no da problemas, que acata todo sin rechistar, no es un «buen chico».
Es una parte de ti que se creó durante tu infancia y que toma el mando para protegerte.
Como niños, necesitamos preservar la relación con nuestros cuidadores primarios, que son los encargados de nuestro bienestar.
Si vemos peligrar el vínculo con ellos, empleamos estrategias como la represión emocional o lo que se entiende como «no dar problemas»; es la única manera que conocemos para que la relación no corra peligro.
—Sí. Lo hemos hablado —respondo evasivo.
—La complacencia solo es un modo de supervivencia, Wes, no lo olvides.
Me remuevo incómodo en mi asiento y ella sonríe de nuevo.
Echa un vistazo al reloj y suspira.
—Vale. Es suficiente por hoy. Nos vemos en unas semanas.
Salgo de la sesión aturdido, como de costumbre, y necesito unos minutos para recolocarlo todo en mi interior.
Al cabo de un rato, cuando entro en el coche, recibo un mensaje que no esperaba. Y, de pronto, la distancia entre mi camino actual y aquel otro al que aspiro me parece más fácil de sortear que nunca.