El verano que fuimos libres 46. Elise
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46. Elise

Elise

Los primeros días de vuelta en Los Ángeles los paso haciéndome de nuevo al clima, al ritmo vibrante de la ciudad y a la inmensidad de sus calles y carreteras.

Todo es igual, aunque distinto, o quizá sea yo la que ha cambiado en este tiempo.

Arrastro a Sam a los restaurantes a los que nos gustaba ir con frecuencia cuando yo vivía aquí y paseamos por la playa, hablando de todo a ratos y disfrutando del silencio de vez en cuando.

El cuarto día, me animo a hacer una llamada.

—¿Mark?

—¿Elise? ¡Hola! ¿A qué debo este honor?

Sonrío. Desde que me fui de San Francisco, he mantenido el contacto con Mark y también con Molly, que fue madre junto a Brian el año pasado.

—Bueno, me dijiste que te llamara si alguna vez volvía a California. Y aquí estoy, en Los Ángeles.

—Pero ¿vas a quedarte?

—No, solo he venido a pasar unos días. Estoy invitada al estreno de una película; mi mejor amiga sale haciendo de hermana de la protagonista.

—¿Un estreno de cine? ¡Cuánto glamur!

—¿Te apetecería acompañarme? No tengo pareja.

—Sí. Sí me apetece. Aunque mejor quedamos antes y nos ponemos al día, ¿no?

Casi oigo su sonrisa canalla a través del teléfono.

Al día siguiente, lo tengo frente a mí, en un pequeño local de Little Tokyo, compartiendo una bandeja de sushi y una jarra de cerveza.

—Solo has tardado dos años en acceder a tener una cita conmigo —bromea después de nuestro reencuentro.

—¿Acceder? —Me río—. ¡Si te lo he pedido yo! Además, esto no es una cita.

Me dedica una sonrisa que me recuerda a la que lucía en el pasado, cuando nos conocimos en esa ciudad cuya niebla aún me inunda la cabeza las noches que no puedo dormir.

Mark no ha cambiado en absoluto desde entonces. Es el mismo hombre transparente que me abrazó mi última noche en San Francisco y me prometió que el dolor que estaba sintiendo acabaría pasando.

—¿Cómo es ser reportera internacional? —me pregunta mientras comemos.

—Bueno, es... intenso. Muchos viajes, mucho trabajo de investigación, mucha preparación física y mental... Aunque al final te acostumbras a abrir los ojos y no saber qué hora es ni en qué país te encuentras.

Asiente, mirándome con una sonrisa.

—¿Y ahora? ¿Nueva York, entonces?

—Sí.

—¿De forma definitiva?

—Eso creo. —Sonrío—. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?

—Bien. No me puedo quejar.

—Entonces ¿qué pasó con el restaurante? ¿De verdad lo vendiste?

—Sí. Ya sabes. Empezó a funcionar muy bien, llenábamos casi todos los servicios... y surgió un comprador. Lo dejé en lo más alto.

—Así te quedas con la sensación de éxito y no dejas espacio al fracaso. Me gusta tu enfoque.

Sonrío y, mientras seguimos comiendo, me doy cuenta de que Mark lleva un rato mirándome sin apenas parpadear.

—¿Qué pasa?

—¿No vas a preguntarme por él?

Pestañeo y siento que mi estómago se cierra, como si hubiera caído al vacío de golpe.

Quizá he sido muy ingenua al pensar que Mark no iba a sacar el tema que nos sobrevuela cada vez que hablamos o que sabemos el uno del otro.

Carraspeo despacio.

—No.

—¿Porque no quieres saber o porque te apetece demasiado?

Me muerdo el labio, incapaz de decir nada. Supongo que la respuesta es obvia.

Han pasado dos años, pero aún duele. No solo Wes, no solo el adiós, sino la nostalgia por todo lo que nunca fuimos.

Aparto la vista. Tantas cosas que quiero saber... Tanto miedo a acercarme lo suficiente como para quemarme de nuevo...

—Ya veo —dice, mirándome con atención.

—¿Está...? ¿Está bien? —me atrevo a preguntar.

—Está en ello —me asegura él.

Con un asentimiento rotundo, desvío la conversación hacia un lugar más seguro, pero una sombra parece acompañarnos durante el resto de la comida. Y Mark también se da cuenta.