El verano que fuimos libres 45. Wes
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45. Wes

Wes

La luz de principios de junio se cuela por la cristalera de mi despacho, en una de las últimas plantas de las oficinas centrales de Allensyr, justo en el momento en el que la puerta se abre.

—Helena, ¿a qué debo el honor?

Mi hermana, que trabaja en la «planta noble del edificio» junto con el resto de los directivos, se deja caer en el sofá y suelta un suspiro de forma dramática.

—No lo soporto —declara, y sé perfectamente a quién se refiere: a nuestro hermano Damien, que, desde hace unos meses, es el director general de Allensyr.

—Ah. Ya. —Retiro la mirada y Helena parece avergonzada durante un instante.

De un tiempo a esta parte, las cosas aquí son diferentes. Mi situación es diferente. En cuanto Gus metió la cabeza de manera definitiva en política, se organizó un plan de sucesión que culminó con Damien al frente de todo y con Helena destrozada.

Ella sabe, con solo mirarme, que la conversación que le ronda en la cabeza está fuera de los límites que he marcado de forma reciente: salirme del entramado directivo, no tener contacto con la junta y centrarme exclusivamente en lo único que me gusta de verdad de este negocio, que es el área de innovación y desarrollo.

—Solo vengo aquí como hermana, que conste. Como una hermana que necesita hablar del ególatra de su jefe.

Dejo escapar un suspiro. Y Helena lo interpreta como una grieta en mi barrera y trata de colarse por ahí, como una maldita filtración de agua en un techo envejecido.

Durante aproximadamente un cuarto de hora, se desahoga respecto a la actitud prepotente de nuestro hermano y de ciertos asuntos turbios que ella parece entrever en su gestión.

—Hay algo que no encaja, Wes, te lo digo en serio. La comercialización de algunos productos está siendo demasiado rápida. Los plazos no cuadran.

—Tienes que dejar de darle tantas vueltas a todo lo que hace Damien. Céntrate en tu trabajo.

—¡No puedo! Es un cabrón y un mentiroso. Esconde algo. Estoy segura. —Hace una pausa y me mira en silencio—. ¿Tú no podrías...? Imagino que, como estuviste en su equipo durante mucho tiempo, quizá aún tengas acceso a...

—No —respondo tajante—. Sabes que no quiero meterme en nada de eso.

Y tú también deberías bajar un poco el ritmo.

¿Desde cuándo no duermes, Helena? ¿Cuánto tiempo hace que no te sientas veinte minutos a disfrutar de un buen plato de comida?

Tienes muy mal aspecto. Parece... parece que estés enferma.

—Ya lo sé, joder.

Se lleva las manos a la cara y se queda así, un rato, con la cabeza recostada en el sofá.

A veces se me olvida que mi hermana es un ser humano de carne y hueso.

Desde que empezó en la compañía, con poco más de veinte años, ha hecho un esfuerzo muy grande no solo por formarse, sino por ganarse el respeto de clientes y directivos en un entorno claramente dominado por hombres.

Lo ha sacrificado todo para consolidar el estatus corporativo que tiene y por demostrar que es una profesional implacable y dedicada, cuya valía va más allá de llevar el apellido James.

—¿Por qué no te coges unos días? —le sugiero—. Necesitas desconectar.

—¿Y qué me dices de ti? —Arquea una ceja, señalando el desorden que luce en mi escritorio.

—Yo estoy bien.

—Pasas mucho tiempo aquí metido. ¿Te crees que no me he dado cuenta?

—No tengo nada mejor que hacer.

—Eso es triste, Wes.

—No lo es. Esto me gusta.

Y, mientras la veo regresar de nuevo a la «planta noble», pienso que la decisión de centrarme solo en mi trabajo y salirme de la carrera directiva de la compañía es, posiblemente, la mejor que he tomado en años. Aunque mi camino siga ligado a este lugar.