El verano que fuimos libres 44. Elise
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44. Elise

Elise

—Cuento las horas, ¿sabes? —me dice Sam al otro lado del teléfono.

—Yo también.

Sonrío y cierro la maleta. El sonido de la cremallera resuena en mi habitación. En mi nueva casa. En Brooklyn, Nueva York.

Hace pocas semanas que llegué.

Después de dos años labrándome una carrera como reportera internacional, la oportunidad que llevaba tanto tiempo soñando llamó a mi puerta.

Uno de los programas de entretenimiento y actualidad más importantes del país se interesó por mi perfil para conducir el espacio de cultura y sociedad que había quedado sin presentadora de manera reciente.

Sentí que era el momento de volver. Mi autoestima profesional se había consolidado tras muchas batallas, todo el asunto de Jake había quedado en el olvido, el trabajo era justo lo que estaba esperando, en el lugar donde, además, se encontraban mi sobrina y mi hermana.

Acepté en un corto espacio de tiempo y... aquí estoy.

—Esta es la vez que más tiempo hemos estado sin vernos —comenta Sam.

—Más de un año. Increíble.

—Es lo que tiene que ahora seas una periodista de éxito... —bromea.

—O tú una actriz con una nominación a los Globos de Oro...

La noto sonreír a través del teléfono y, durante un instante, recuerdo a las chicas de veintidós años que llegaron a Los Ángeles solo con un puñado de sueños.

Mientras hablamos, pongo el altavoz y me meto en la aplicación de la aerolínea para comprobar que mis tarjetas de embarque están correctamente descargadas.

Le confirmo mi horario de llegada a Sam.

—Mandaré a alguien a recogerte al aeropuerto —dice.

—Eso suena tan a actriz de Hollywood...

—¡No! —exclama, algo avergonzada—. Es que tu llegada coincide con una sesión de fotos. Te traerán directa aquí. Si quieres podemos buscar algún trapito para la noche del estreno.

—Trapito... —repito con ironía, imaginando el dress code exigido para el estreno de la que promete ser «la comedia romántica del verano».

—Por cierto, desde la organización necesitan saber si vendrás sola o con acompañante.

—En principio sola, aunque... ¿puedo confirmártelo más adelante?

—Claro.

En menos de seis horas, estaré aterrizando en el aeropuerto de esa ciudad que supuso un antes y un después en mi vida.

El lugar que elegí para empezar de cero y que me vi obligada a abandonar para poder sobrevivir.

A pesar de nuestro final, muchos de los recuerdos que guardo de allí son bonitos, de los que te hacen sonreír, a los que acudo a veces cuando quiero sentirme reconfortada.

—No puedo creer que vaya a volver a pisar Los Ángeles... —digo, en medio de un suspiro.

—Yo tampoco. ¿Cuánto ha pasado? ¿Dos años?

—Sí..., dos años.

Una nueva mudanza. Una nueva ciudad. Un nuevo reto.

Volver a empezar, estudiar y prepararme sin descanso para estar a la altura, para demostrar que valgo para esto —para demostrármelo a mí.

Equivocarme, caer, levantarme.

—Dos años —repito y luego añado—: Y toda una vida.