El verano que fuimos libres 40. Wes
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40. Wes

Wes

Cuando la prensa local emite el comunicado de que Réquiem , el programa de Elise, ha cambiado de presentadora, me preocupo.

Lo primero que pienso es en Damien, así que intento averiguar qué ha pasado y tardo poco en enterarme de que ha sido la propia Elise la que ha renunciado al puesto.

Aunque sé que no es buena idea, trato de ponerme en contacto con ella, pero no responde al teléfono. No devuelve mis llamadas ni mis mensajes y, con el paso de los días, empiezo a ponerme nervioso.

—¿Qué esperabas? —me dice Luke cuando comparto con él mis inquietudes—. Está priorizando su salud mental. Le haces daño.

—Pero estoy preocupado —le digo—. ¿Sabes si ha tenido algún problema?

—Yo no sé nada, Wes.

Algo en mi interior me dice que no está siendo sincero. Y, aunque me repatea, a una parte de mí le alegra que Elise se haya ganado la confianza de un amigo que mire por ella.

Decido no presionar a Luke más de la cuenta y hacer una serie de averiguaciones utilizando los privilegios que me otorga llevar el apellido James.

Aunque no estoy orgulloso, accedo a información acerca de fechas de rodaje del programa y del día que finaliza el contrato de Elise con la cadena.

Todo apunta a que va a dejar la ciudad y creo que es ese detalle el que hace que pierda del todo la cabeza.

Elise se marcha y yo me enfado conmigo mismo por ser incapaz de dar la cara, de ser honesto con Laurie, de plantarme ante mi familia, de pedirle que se quede. O de tener el valor de coger una maleta e irme con ella.

Una de las últimas jornadas que tiene programadas con Réquiem , cruzo una línea que sé que no debo cruzar.

No solo por Elise o por la posibilidad de que Damien descubra mis pasos y todo se complique más, sino porque sé que no es una decisión racional, meditada y consecuente con lo que siento; es una decisión tomada desde la desesperación de un hombre confundido y atormentado por su propia cobardía.

Pido un taxi en plena madrugada y me presento en el set de grabación, en el barrio hippie , mientras Elise entrevista a los propietarios de uno de los pubs más emblemáticos de la zona.

Cuando me ve, su expresión se contrae en algo a medio camino entre el anhelo y la rabia.

Pide un receso a sus compañeros, y me lleva al interior de un local que el equipo ha alquilado para la producción del episodio.

Nos quedamos allí, en silencio, mientras nos miramos.

Está preciosa. Y furiosa. Y ambas cosas me parecen un castigo que merezco.

—¿Qué estás haciendo aquí, Wes?

—Estás ignorando mis llamadas.

—¿Y no se te ha ocurrido captar la indirecta?

—Quiero hablar contigo, por favor.

—Estás invadiendo mi espacio de trabajo.

—Terminas en una hora. Esperaré hasta entonces.

Sus ojos me atraviesan cuando comprende todos los hilos que he tenido que mover para conocer su ubicación y sus horarios.

Y se indigna. Y sé que tiene razón. Pero también que, a estas alturas, me queda poco que perder.

—¿Hasta dónde llegan tus influencias? ¿Hay algo que no puedas conseguir? Las cosas no funcionan así.

—Lo siento.

—Una vez me dijiste que Jake no respetó mi trabajo durante aquella entrevista. Y tenías razón. Pero he madurado desde esa época y tengo la perspectiva suficiente para apreciar que tú tampoco me estás respetando ahora mismo.

—Lo siento. Perdóname. Tienes razón. Voy a marcharme. Sé que no quieres hablar conmigo, y merezco que no quieras escucharme. Pero... estaré en Ruffina’s Bakery por si cambias de opinión.

Abandono el local y emprendo el paso hasta la cafetería, que está a cuarenta y cinco minutos caminando.

El frío de esta madrugada de principios de septiembre me hace pensar en el final del verano, en todas las cosas que acaban y aquellas que dejamos marchar.

Cuando llego, tomo asiento en nuestro lugar de siempre. El que ocupábamos antes de que todo se viniera abajo.

Paso allí una hora, sentado, esperando. Después, otra hora. Y otra más. Hasta que por fin la puerta se abre y aparece Elise.

Recuerdo la vez que acudió a ese mismo lugar después de que le entregara una nota invitándola a desayunar. A veces pienso qué habría pasado si no hubiera venido. O si yo no me hubiese animado a dársela. Mi vida sería algo más tranquila, menos confusa. Pero también mucho más vacía y asfixiante.

—Tú dirás —dice Elise al tomar asiento frente a mí.

Su mirada y la mía se encuentran y decido que no tengo tiempo que perder.

—Quiero pedirte perdón por la fiesta de Mark —empiezo diciendo—. No sabía que Laurie iba a venir.

—Es tu prometida. Es normal que te acompañe a los sitios.

—Pero no debería haber permitido que coincidierais. Días antes tú... nosotros...

—Yo te había dicho que creía que me había enamorado de ti y luego conocí a tu prometida. Tampoco es que no supiera desde el principio que existía.

Su tono de voz retumba en mis costillas.

—No quería que estuvieras incómoda —insisto—. Ni tampoco hacerte daño.

—Me he metido sola en esta situación.

—Yo te he metido.

—No, Wes. Tú fuiste inteligente al principio, cuando vine a vivir aquí. Mantuviste las distancias. Luego las cosas se complicaron y ahí yo debería haberme dado la vuelta. Y no lo hice.

—Yo no he sido justo —reconozco, porque es la verdad más grande de todas.

—No. Pero eso es cosa tuya, no mía.

—He estado pensando bastante estas semanas.

—¿En qué?

—En ti. En mí. En Laurie. En todo.

Su mirada tiembla unos instantes antes de enfrentarse a la mía de nuevo.

—¿Y has llegado a alguna conclusión?

—Solo a una. Que lo que siento por ti no lo siento por ella.

Nunca lo he sentido por ella. Ni por nadie.

Ya sabes. Esa sensación de sentirte casi físicamente enfermo, medio obsesionado, de no poder pensar en otra puta cosa.

.. Lo supe el día que te conocí. Que esa conexión que surgió entre nosotros iba a quedarse conmigo para siempre.

Que el día que me muera, será en ti en quien piense, en aquellas horas en la playa de Santa Mónica.

Mi voz titubea y la expresión de Elise se resquebraja.

Durante un instante, parece tan perdida como me siento yo.

—Wes, espera —me pide—. ¿Adónde quieres ir a parar con esto?

—Ese es el problema. Que me bloqueo. Necesito... necesito pensar. Porque no puedo romper con todo, así, de la nada. Pero, quizá..., ¿es lo que tú quieres? ¿Quieres que deje a Laurie?

Sus ojos se abren con sorpresa y con algo parecido al miedo.

—Wes..., no. No quiero que dejes a Laurie.

—¿No?

—No.

—Pero pensaba... dijiste... —La miro, descolocado, y ella hace un movimiento negativo con la cabeza.

—Wes, lo que creo es que tú tienes que tomar tus decisiones por ti y yo tengo que tomar las mías por mí.

Y ojalá coincidiéramos en el momento y el lugar porque cuando miro dentro de ti siento que he encontrado mi sitio en el mundo.

Pero esa no es la manera. Yo no voy a pedirte que dejes nada ni a nadie.

La observo con cautela. Recuerdo su renuncia al programa. Y, de pronto, lo entiendo.

—¿Tú has tomado una decisión?

—Sí, Wes. Me marcho de San Francisco.

—Te marchas...

—Sí. He aceptado un trabajo en Toronto.

—¿En Canadá?

—Es de reportera internacional. Cubriré noticias por todo el mundo. Es lo que necesito. Encontrarme de nuevo. Y no lo haré mientras siga atada a un lugar al que no pertenezco. Y no hablo solo de San Francisco. También hablo de ti. ¿Lo entiendes?

Y aunque mi mundo se viene abajo, aunque siento que la ilusión de algo que nunca fue mío se diluye del todo, me veo a mí mismo asintiendo.

Porque en el fondo de su mirada veo a la chica que conocí hace años, tan libre y salvaje, tan sabia a pesar de su edad, saliendo adelante. Una vez. Y otra y otra y otra.

—No me mires así, por favor —me suplica.

—No puedo evitarlo.

—Wes...

—Te quiero.

Pone una mano entre ambos. Siento que me ahogo.

—¿Cómo?

—Te quiero. Yo...

Me detengo de forma abrupta, porque ¿qué gana ella escuchando esto?

Pero es la propia Elise la que me pide que continúe.

—Dilo, por favor.

—Te quiero —digo de nuevo—. Te quiero desde el primer día, aunque parezca una locura.

Te he querido durante todos los años que no he sabido nada de ti y cada uno de los días desde que volviste a mi vida.

Sé que te tengo que dejar marchar. Sé que te mereces a alguien mucho mejor que yo.

Alguien que sea capaz de afrontar la culpa de romper con todo su mundo.

Alguien que no tenga tanto miedo de ser él mismo que vive escondido dentro de un disfraz.

Elise toma aire despacio, asiente y, después, se pone en pie.

En sus ojos veo una tristeza profunda que acompaña sus siguientes palabras y que se queda conmigo cuando se marcha sin mirar atrás.

—Yo también te quiero, Wes. Pero estoy enamorada del hombre que vive dentro del disfraz y que a ratos me pregunto si de verdad existe. Y el problema con el otro Wes es que me quiere de la peor manera posible: sin atreverse a hacerlo de verdad. Así que te lo pido por favor: no me busques más.

Sus pasos resuenan dentro del refugio que ha sido Ruffina’s Bakery durante estos meses.

Mi mirada la sigue hasta que desaparece por la puerta sabiendo que será la última vez.